Guayaquil, Ecuador
Empecemos por sostener que es contrario a la naturaleza del ser humano, pues nuestra naturaleza requiere necesariamente del respeto a la vida, la libertad y la propiedad. Tratemos de imaginar siquiera una charla con alguien que te puede quitar la vida, acabar con tu libertad o robarte lo que es tuyo. No es posible, ¿verdad? Pues el socialismo, incumple según la intensidad con la que se aplique, esta condición en estricto necesaria, no solo para la conversación, sino también para la convivencia.
Pero de tu libertad —y del uso de tu tiempo— se desprenden aquellas cosas que llegas a poseer, es decir, lo que comúnmente se conoce como propiedad. De tal manera que, cuando se te quita lo que posees, te conviertes, sin saberlo, en un esclavo, pues tu propiedad es resultado directo de lo que has hecho con tu tiempo. Y si otro tomó “tu tiempo” sin una contraparte acordada voluntariamente, entonces siempre fuiste su esclavo sin siquiera saberlo.
Ahora bien, el fracaso del socialismo se explica por la forma en que trastorna el sistema de incentivos. ¿De qué sirve esforzarse o trabajar más si me han de quitar el fruto de ese esfuerzo? ¿O para qué esforzarme si, haciendo entre nada y casi nada, le han de quitar a otro —al que se esfuerza— para darme a mí? Esto en el lenguaje cotidiano es la famosa “redistribución de la riqueza” que conduce a las sociedades que lo apliquen, siempre en relación directa a la intensidad con la que se haga uso de esta “pseudo política”, al estancamiento o directamente a la destrucción.
En los regímenes socialistas, cualquiera que sea su intensidad, desdela variante más virulenta —la comunista— hasta la más descafeinada —la socialdemócrata—, todas, en mayor o menor grado, toman de tu tiempo lo que les viene en gana, pues hacen uso de tu propiedad para aquello que el líder, el partido o la camarilla establecen como mejor para todos.
A tal punto llega esta lógica que puede sostenerse, derivado de esas premisas, que incluso en un Estado de derecho, con límites claramente establecidos y bajo una democracia liberal, sigues siendo parte del combustible que alimenta al sistema y, en ese sentido, una suerte de esclavo a tiempo parcial.
Es por ello que, junto con otras innumerables medidas, todas hijas de la ideología socialista-totalitaria, se termina logrando lo siguiente: que se le quite más al que más tiene, que se le cobre más al que más gana y que se le cargue con más impuestos al que más produce. Al cabo de un tiempo, todo el sistema se desalienta y, en lugar de mejorar las condiciones de vida de quienes tienen la desgracia de vivir bajo regímenes con esta visión, hay más desempleo, pobreza e inseguridad.
No importa ni el tiempo ni el lugar en que se apliquen las variantes socialistas. Fracasó en la URSS, en la Alemania Oriental tras el Muro, en la Cuba de Castro y de Díaz-Canel, en la Venezuela de Chávez y Maduro, y en Corea del Norte.
Tampoco funcionó en el siglo XX ni en el XXI; ni con alemanes ni con venezolanos. Eso demuestra, de forma fehaciente, que, sin importar el lugar, el momento o quienes lo aplican, el destino ha sido siempre el mismo: fabricar miseria.
Ahora bien, alguno me dirá ¿y China? Tranquilo, mijo. En China hay capitalismo en lo económico, y comunismo en lo político. Libertad económica, por un lado, y dictadura en lo político.

En pocas palabras, fracasa porque es contrario a la creación de las condiciones que dan lugar a la convivencia, al progreso y a la prosperidad, por ello, es contrario a nuestra esencia.
Seguimos conversando.
