Recuperemos la política

Asamblea Nacional aprobó por unanimidad la Ley Orgánica para la Atención Integral del Cáncer. Foto: Asamblea Nacional.

Emilio H. Morocho Abad

Guayaquil, Ecuador

Igual que el mosquito más ingenuo del enjambre, los jóvenes idealistas seguimos persiguiendo ese sueño casi terco de algún día llegar a una curul en la Asamblea. Soñamos con estar ahí, no por el poder, sino por la posibilidad de decir lo que pensamos, de defender lo que creemos y de construir reformas que cambien —de verdad— la vida de la mayoría.

Quizá ese anhelo habría sido lógico en el Ecuador de 1980. Hoy, en cambio, suena a ingenuidad. A ese tipo de ideas que un niño dice con brillo en los ojos, mientras los adultos a su alrededor sonríen con condescendencia, convencidos de que el mundo real ya se encargará de apagar esa ilusión. Pero, ¿y si no? La política con corazón no es un mito romántico: es, o debería ser, una vocación de servicio. Bien entendida, es la llave para resolver los grandes problemas; pensada con seriedad, es el camino hacia el consenso nacional. Y el consenso —ese tan escaso hoy— es el que construye tiempos mejores para todos.

Sin embargo, esa política parece haberse extraviado. No murió de golpe, se fue apagando poco a poco, cuando el interés particular empezó a pesar más que el colectivo. Y no, esto no es un discurso ideológico ni una consigna vacía. Es una constatación simple: cuando se legisla pensando en el bien común, inevitablemente se protege también el bien individual. Cuando se invierte ese orden, todo se rompe.

Entonces, ¿cómo recuperamos la política? La respuesta no es compleja, pero sí exigente: recuperando los partidos políticos. No como maquinarias electorales, sino como verdaderas escuelas de liderazgo. Espacios donde se compita con ideas, donde el mejor —el más preparado, el más capaz— llegue a la nominación. Donde quienes no lo logran no destruyen, sino que se preparan, trabajan y esperan su momento. Donde nadie pone el pie al otro, porque entienden que pertenecen a algo más grande que ellos mismos.

La política se recupera cuando la meritocracia vence a la influencia, cuando el conocimiento supera al poder, cuando se elige por capacidad y no por cercanía. Se recupera cuando los cuadros se ven obligados a mejorar, cuando los políticos vuelven a los libros, al estudio, al debate interno serio. Porque es ahí —en la confrontación de ideas— donde nacen los verdaderos líderes.

Así se gana una posición. Así se honra una candidatura. Así se reconstruye la política.

Hoy, en cambio, vemos una Asamblea Nacional empobrecida en su nivel. No por falta de voces, sino por exceso de ruido. Sus debates, muchas veces, no son más que intercambios de reproches: “si tú lo hiciste, yo también puedo hacerlo” o “no critiques lo mío porque tú hiciste lo mismo”. Y en ese círculo vicioso, hemos perdido más de lo que creemos.

Pero no todo está perdido. Si volvemos la mirada hacia partidos organizados —de derecha o de izquierda, no importa— que prioricen la formación, el debate y la selección rigurosa de sus cuadros, esos partidos inevitablemente se volverán superiores. No por ideología, sino por calidad. Y en política, la calidad siempre termina imponiéndose sobre el ruido.

Porque la política, cuando se entiende bien, no es solo una actividad: es una carrera, una vocación, un estilo de vida. Es, sobre todo, una convicción que se sostiene incluso en los momentos más difíciles.

Una convicción que, como bien dijo un notable expresidente, se resume en una frase que hoy debería volver a estremecernos: “Por la democracia, hasta la vida.”

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