Ante el lleno de «no hay billetes» en la Monumental de Pamplona, el diestro peruano Andrés Roca Rey firmó una tarde apoteósica frente a los astados de Victoriano del Río, demostrando su inquebrantable valor y llevando a los tendidos al delirio absoluto.
La tarde de gloria en la Monumental
Toda la feria bullía en expectación ante la segunda comparecencia del astro peruano en el abono sanferminero. Frente a un lote de Victoriano del Río, Roca Rey impuso su ley desde el primer momento en que pisó el albero navarro. Con su primer oponente, un toro noble pero de escasa transmisión, se mostró paciente y dominador, templando cada embestida hasta inventarse una faena de poder.
El momento cumbre de la tarde llegó con las peñas entonando la célebre ranchera «El Rey». Roca Rey se plantó en el centro del ruedo y, de hinojos, comenzó la faena con pases cambiados por la espalda que congelaron los corazones de los asistentes. Su valor inquebrantable, rayando en lo temerario, se hizo presente al instrumentar quite por saltilleras ajustadísimas, cambiando el viaje del animal y metiéndose siempre en terrenos de cercanía.
Puerta Grande y comunión con el público
El diestro peruano cerró su faena con una estocada certera y efectiva, lo que desató una marea de pañuelos blancos en los tendidos. Aunque el rigor de la presidencia le dejó sin el máximo trofeo en su segundo turno, el peso de su primera labor le bastó para cortar dos orejas y asegurar una nueva salida a hombros por la Puerta Grande, consolidándose una vez más como el ídolo absoluto de San Fermín. (I)
