Nolan y La Odisea: la reescritura visual del mito

Un fotograma del filme La Odisea, dirigido por Christopher Nolan (2026).

Esteban Ponce Tarré

Quito, Ecuador

“Háblame, Musa, de aquel varón de multiforme ingenio que, después de destruir la sacra ciudad de Troya, anduvo peregrinando larguísimo tiempo…”

La Odisea, Canto I

Recuerdo que, en la época en que dictaba clases de redacción en la universidad, solía preguntar a mis alumnos qué libros habían leído o cuáles eran aquellos que mayormente resonaban de su infancia y juventud. Las respuestas variaban, aunque entre los estudiantes más atentos solía escuchar referencias a Sandokán, de Emilio Salgari, o El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas.

Tras escuchar varias intervenciones, yo mencionaba dos grandes clásicos fundacionales de la literatura occidental— La Ilíada y La Odisea, de Homero— para tantear si alguien los conocía. Algunos sabían a qué me refería y mencionaban a Aquiles (sospecho que más en referencia a Troya, la película protagonizada por Brad Pitt en 2004, que por la lectura directa del texto), aunque se perdían rápidamente entre un sinfín de héroes griegos hasta que el relato que intentaban evocar se difuminaba.

Algo parecido también experimenté en mi juventud. Al rememorar la lectura de aquellas dos grandes obras, reconozco que La Ilíada me resultaba algo dispersa y confusa por la abrumadora cantidad de guerreros y personajes. Por el contrario, en La Odisea el hilo conductor era transparente: Ulises como eje absoluto de la epopeya y la travesía interminable que debió afrontar para reencontrarse con Penélope y su pueblo.

Resumir La Ilíada para mí, en suma, era abordar la historia de sociedades nómadas y bélicas centradas en la fuerza de Aquiles. La Odisea, por el contrario, representaba el triunfo de la conciencia sobre la fuerza bruta, donde Ulises alcanza el equilibrio para dar paso al asentamiento de la civilización logrando una cultura de paz junto a la organización del matrimonio y la familia.

Por ello, pienso que la adaptación cinematográfica de este poema épico a manos de Christopher Nolan reconstruye su espíritu filosófico y moral con gran destreza. El director británico suele utilizar la estructura narrativa y la percepción del tiempo como motores dramáticos de sus largometrajes.

En Memento (2000) invierte la línea temporal para simular la amnesia del protagonista, al tiempo que en The Dark Knight (2008) orquesta tensiones simultáneas con un montaje paralelo y un reloj en marcha. La narración en Interstellar (2014) convierte la relatividad física en conflicto emocional, mientras en Dunkirk (2017) entrelaza tres escalas temporales —semana, día y hora— en un único clímax. Posteriormente en Oppenheimer (2023) el londinense opondrá la subjetividad en color contra la objetividad en blanco y negro en una frenética reacción en cadena.

La arquitectura narrativa y el contexto histórico de Nolan

En La Odisea (2026) Nolan aplica esta maestría narrativa tomando las tres etapas de la obra homérica: inicia con la Telemaquia (cantos I al IV) mostrando la perspectiva de Telémaco en Ítaca, rompe la linealidad mediante flashbacks para representar el viaje de Odiseo (cantos V al XII) donde el propio héroe relata sus peripecias náuticas, y finalmente hace converger ambas líneas en la venganza y restitución del hogar (cantos XIII al XXIV), logrando sintetizar los 24 cantos de la epopeya literaria para que en su película fluyan simultáneamente hacia un clímax definitivo.

Además, esta arquitectura  narrativa se despliega en el marco del colapso de la Edad del Bronce y la decadencia de la civilización micénica en el Mediterráneo.

De ahí que el director sitúe su historia en un momento de transición y caos haciendo una analogía con el presente, tal como apunta el filósofo esloveno Slavoj Zizek. Dentro de esta perspectiva, el director entiende que para que la travesía de su protagonista tenga peso, debe ocurrir en un mundo al borde del cambio de era (del bronce al hierro en Homero; de un orden antiguo a uno nuevo en el cine de Nolan y la actualidad), donde los antiguos héroes guerreros ya no bastan y se necesita un nuevo tipo de líder dotado de gran sabiduría.

El viaje interior: alegoría, filosofía y paz

Pero sin duda, el filme —al igual que el poema épico— traza un viaje introspectivo mucho más profundo que el mero espectáculo hollywoodiense. Cargada de metáforas, la cinta de Nolan explora dilemas tan complejos como la pérdida de identidad individual y colectiva.

En ambas obras, la ingesta de la flor de loto y el cautiverio de Ulises con Calipso encarnan el olvido, el confort y la tentación de no regresar al hogar. Estas amenazas psicológicas se extienden al resto de los personajes, quienes, acosados por la apatía y el aislamiento, no combaten contra monstruos externos, sino contra la pérdida de su propia esencia y el deseo de rendirse.

También los peligros del viaje homérico —el Cíclope, Circe, las Sirenas, Escila y Caribdis— son obstáculos que forjan la inteligencia  y madurez del protagonista.

Un claro ejemplo ético de esto ocurre en la isla de Trinacia, donde la tripulación de Ulises quiebra su juramento por pura desesperación. El trágico destino de los marineros demuestra que el consenso no exime de la responsabilidad individual y que ceder a la conveniencia destruye el carácter. En cambio, mientras su grupo cae por falta de autocontrol, Ulises se salva gracias a su integridad y fortaleza moral.

En otro escenario, el desplazamiento de Ulises al Inframundo para encontrarse con los muertos y los veteranos de guerra —como Sinón o Aquiles— funciona como una metáfora de la confrontación con sus propios fantasmas del pasado.

Sin embargo, este suceso también simboliza el descenso a los infiernos que realiza todo ser humano al encarar su conciencia y sus malas decisiones. En este espacio, al evocar los recuerdos de la guerra de Troya y a sus caídos, el director reflexiona sobre la tragedia de los conflictos bélicos actuales: un escenario donde ningún bando resulta realmente ganador  y que invita a tomar conciencia sobre la devastación de las guerras en el mundo.

No se debe olvidar que La Odisea es, en realidad, un poema con una profunda carga filosófica. Por esta razón, la diosa Atenea —deidad vinculada a la sabiduría— guía a Ulises durante toda su travesía, así como a Telémaco, a quien acompaña bajo la apariencia de Mentor en su propia búsqueda de identidad.

En este ámbito, la obra del director londinense sostiene una premisa clara: mientras la fuerza bruta termina por destruir a la humanidad, solo la estrategia y la luz de la razón —encarnadas en Atenea— permiten sobrevivir y superar las pruebas más complejas.

Hacia el final del filme, Nolan entrelaza la línea argumental de Telémaco con la venganza de Ulises en Ítaca. En la obra de Homero, la Telemaquia expone la búsqueda que emprende el hijo para reencontrarse con su padre y definir su propio carácter, a la vez que Ulises regresa de forma humilde disfrazado de mendigo —símbolo de que el paladín al fin ha vencido su ego y alcanzado el conocimiento—.

Finalmente, la resolución de la prueba de las doce hachas que exige Penélope funciona como una alegoría del restablecimiento del orden para recuperar el hogar y la familia, así como de la instauración de la paz tras el período de caos, guerra y matanzas de la guerra de Troya descrito en el poema épico de La Ilíada.

La  versión de La Odisea dirigida por Christopher Nolan trasciende el mero ejercicio de una adaptación cinematográfica para consolidarse además como una síntesis monumental de toda su filmografía en diálogo directo con el legado de Homero. Al igual que la epopeya clásica, su obra demuestra que la verdadera encrucijada humana no reside en la vorágine de la vanidad y la guerra, sino en el convulso camino de regreso al hogar y la paz interior.

En este sentido el cineasta londinense reafirma una premisa atemporal: tanto en la gran pantalla como en la literatura inmortal, el triunfo supremo siempre pertenecerá a quienes logran hacer prevalecer la luz de la sabiduría sobre las sombras del ego y la barbarie.

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