Guayaquil, Ecuador
Desde llegar a la primera rueda de prensa como si hubiera ganado el Oscar, pasando por atender un “Puesto de Mando Unificado” rodeado de guardaespaldas pese a ser un lugar cerrado, hasta ir al terreno del desastre como una caravana monárquica a lanzar balones a los damnificados, como si eso fuera a curar la gran herida que deja un terremoto. No hay que ser politólogo para entenderlo, ni un gran estadista con muchos doctorados honoris causa; se trata simplemente de tener honor y no ser causa de la vergüenza de un país que yace sumido en la incertidumbre y la preocupación después de la tragedia.
Queridos lectores, con ustedes mi regreso a las columnas, esta vez analizando de forma humana las heridas que deja el poder cuando se gobierna desde el ego y no desde la coherencia.
Por ahí vi una justificación al comportamiento del presidente colombiano. Era distante de la realidad, como solo se puede ser para apoyar a un perfil como él. Decía algo como: “Dar balones es dar esperanza, diversión y paz en la mente de un niño”. Primero, qué risa de comentario. Esperen, ¿no había que reírse? Pensé que era una broma. Después comprendí que lo decía en serio y ahí dejó de causarme gracia.
Segundo, ¿en serio creen que un balón da paz y diversión a un niño que lo acaba de perder todo? Dios, se nota que a esta gente hay que explicarles todo. Vamos a ello: ese niño damnificado, que acaba de perder su casa —y esperemos que solo eso y no a su padre, madre, abuelo o hermano—, créanme, pero así, desde el fondo del alma, le importa un carajo ese balón.
A ese niño, como a todos los damnificados, le importan la comida, la salud y, sobre todo, la vida. Y resulta incluso más doloroso pensar que muchos, a su corta edad, intentan entender por qué todavía están vivos; más aún cuando no encuentran a un familiar o quizás cuando se enteren de que a su amiguito del colegio, ese que les alcahueteaba todas las “vueltas”, probablemente no lo vuelvan a ver.
Créanme que a ese niño el balón no le solucionará nada. Porque cuando alguien acaba de perder su casa, quizás su escuela y tal vez incluso a alguien que ama, lo último que necesita del poder es espectáculo: necesita que el Estado funcione.
Porque las decisiones del Gobierno no deben tomarse para incrementar la popularidad del gobernante, sino para solucionar los problemas de la gente, especialmente los de los más vulnerables.
Pero el problema no empezó con los balones. No, señores: aquello fue apenas la gota que derramó el vaso de la vergüenza.
Sería injusto afirmar que el Gobierno no ha hecho nada; se han anunciado medidas económicas, subsidios y mecanismos de reconstrucción. Precisamente por eso resulta todavía más incomprensible que, en medio de una actuación estatal que necesita transmitir competencia y sobriedad, el propio presidente termine desplazando la conversación hacia un espectáculo de balones con insignias políticas.
Primero estuvo la llegada del rockstar a la rueda de prensa: “¡Con ustedes el ganador del Oscar… el señor presidente!”. Creo que eso fue lo que pasó por la mente del mandatario cuando salió a comunicarle al país que los muertos ya se contaban por centenares y que cientos de personas continuaban desaparecidas.
Con una gran sonrisa, saludando al público y haciendo un saludo militar acompañado de un “firmes por la patria”, el mandatario pareció considerar que aquella era la mejor manera de comunicarle al país los resultados de una tragedia nacional. Una pena total. Por lo menos da algo de esperanza ver que la expresión del vicepresidente parecía reflejar cierta incomodidad con lo que estaba viendo. Al menos hay alguien sensato en la Casa de Nariño… ¡cierto!, ahora la Presidencia también tiene una sede en Barranquilla, una cuya estética le ganó rápidamente comparaciones con la Casa Blanca —comparación que, por cierto, el propio presidente se apresuró a negar—. Que se noten las prioridades.
Luego de este momento, que podemos definir como su primera puesta en escena, uno esperaría que los asesores advirtieran la falla y recomendaran los correctivos necesarios. Bueno, parece que el mensaje no llegó; y si llegó, no fue acatado.
Segundo acto: la sobreprotección en salón cerrado.
Resulta impactante cómo las ansias de mostrar poderío y diferencia de estatus llegan al punto de poner a unos seis tipos con armas y chalecos detrás del presidente mientras está “liderando” el llamado Puesto de Mando Unificado. Creo que en política todo comunica, y esto lo hizo clarísimo. ¿Acaso necesita tener guardaespaldas para reunirse con los suyos? Vaya usted a saber.
Finalmente, el tema de los balones, pero ya hablamos de eso al inicio.
Queridos lectores, este tipo de críticas no nacen para desprestigiar a un Gobierno que recién empieza, sino para recordar algo mucho más elemental: el poder no se mide por la cantidad de escoltas, por la puesta en escena ni por la capacidad de convertir cada momento en espectáculo. Se mide, sobre todo, por la forma en que responde cuando la gente más lo necesita.

Ante una tragedia no hacen falta gestos para la fotografía, sino prudencia, responsabilidad, humildad, conciencia social y profundo humanismo. Porque cuando un país está recogiendo sus muertos, buscando a sus desaparecidos y tratando de reconstruir lo poco que le queda, gobernar no consiste en lanzar balones.
Consiste en estar a la altura de la tragedia.
