Rochester, Estados Unidos
Escribo desde la tristeza y la decepción cotidiana. Porque la nuestra es una sociedad cargada de odios y resentimientos. Juzgadores, autosuficientes, implacables e ignorantes. Somos dueños de la verdad y prevalidos de esta, aplaudimos a quienes actúan de acuerdo a nuestros inapelables deseos y criterios y estigmatizamos a quienes difieren.
Nos apoderamos y escudamos en la opinión de la mayoría y la utilizamos para dorar nuestros instintos y darles alguna pátina similar a un razonamiento. Porque si la mayoría dice algo, debe ser porque nosotros lo dijimos antes y tenemos la razón. O tenemos que apurarnos a tenerla. Para estar bien ubicados. Aunque en el fondo, solo exista resentimiento, amargura y frustración en nuestros asertos.
Somos incapaces de otorgar espacios, de respetar plazos, de aceptar errores. Desde la crítica, somos los únicos perfectos y dueños absolutos de las soluciones. Porque las damos en base a lugares comunes. No entendemos sino nuestros argumentos y no nos tomamos ni un minuto de tiempo para escuchar y entender el de otros.
Nos molesta reconocer el mérito ajeno. No se diga su capacidad. Si existe dinero disponible en algún sitio, decidimos en qué y cómo debe gastarse para nuestro beneficio. No importa que las cuentas no cuadren o que ese dinero ya haya sido destinado para otra cosa. O que sea ajeno. Siempre será más sencillo anteponer nuestra solución a cualquier otra.
Miramos las votaciones como una obligación y no como un privilegio y un medio de cambiar las cosas. Elegimos sin análisis, por oídas, sin criterio formado, porque no nos interesa sino la superficie. Buscamos las soluciones fáciles, las que caben en una frase de efecto, y aborrecemos todas las que implican dedicación, esfuerzo y comprensión de las circunstancias.
Desechamos pensadores y aplaudimos demagogos, buscamos líderes con desesperación para que nos rescaten sin ningún esfuerzo, porque somos incapaces de aportar para ser parte de las soluciones.
Nuestro deporte favorito consiste en acomodarnos en una poltrona para criticar cualquier esfuerzo, intento o medida que proponga cualquier grupo que no sea el de nuestras simpatías, al que por supuesto también criticamos.
Nos comparamos y aplaudimos a los países desarrollados cuando nos conviene, pero no asumimos nuestra condición de tercer mundo por culpa de nuestra falta de interés, recursos propios y apertura a las nuevas prácticas laborales.
Exigimos resultados inmediatos aunque sabemos lo complicado que resulta lograrlos. Aplaudimos las historias de éxito de nuestros migrantes, pero jamás investigamos la historia de sacrificio, organización y esfuerzo que está detrás. Clamamos por disciplina y orden, y no somos capaces de respetar ni siquiera una fila sin vivezas.
Reclamamos la falta de oportunidades, pero somos incapaces de ceder nuestros privilegios para beneficiar al resto. Vociferamos por controles de precio, sin entender cómo funcionan la oferta y la demanda. Lamentamos lo exiguo de nuestro salario, pero no buscamos formas de aumentar nuestros ingresos.
No nos interesa ubicar responsabilidades y presionar para que terminen prácticas caducas. Vivimos para hoy, y no pensamos en el mañana y sus requiebros. No somos todos por supuesto, pero si los suficientes como para haber impedido aperturas, desarrollo y progreso a través del esfuerzo conjunto. Estamos profundamente fraccionados.
La élite juega únicamente a lo que le conviene, consciente del poder del Estado y la importancia de vivir bajo su manto. Lo importante es controlar los resortes del poder, aunque la corrupción sea palpable. Lo comprobamos a diario. Y nos preguntamos luego porque no salimos adelante.
Y también tenemos la respuesta simple para ello : ¡Es culpa del Gobierno! Hay que cambiarlo y poner a otros, aunque sean peores que los anteriores. Pero quizás son de la argolla, y eso nos tranquiliza, porque vamos siempre primeros a felicitarlos para ubicarnos cerca. Por si acaso….
