Le dedico mi silencio

Emilio H. Morocho Abad

Guayaquil, Ecuador

Los tiempos que vive el país actualmente resultan, en sobremanera, desmotivantes para quienes nos definimos abiertamente como demócratas. No se trata de una simple incomodidad ideológica ni de una discrepancia política menor; se trata de la progresiva normalización de prácticas que erosionan el Estado de derecho, sustituyéndolo por una lógica peligrosa: la aplicación -bajo un cierto velo de legitimidad- de la ley del más fuerte. Y eso, más que preocupante, es profundamente alarmante.

La democracia no se debilita de un solo golpe. No cae en un día. Se desgasta en silencios, en concesiones, en miedos justificados. Se desfigura cuando el poder empieza a incomodarse con la crítica, y peor aún, cuando decide castigarla.

Somos idealistas, sí. Creyentes de corrientes filosóficas que no nacen del capricho ni del resentimiento, sino del análisis técnico, del estudio riguroso y de la reflexión constante. Defendemos ideas, no personas. Argumentamos, no gritamos. Y, sin embargo, hoy cabe hacerse una pregunta incómoda pero necesaria: ¿es todo ello suficiente para convertirnos en objetivos? ¿Desde cuándo el pensamiento crítico se volvió sospechoso? ¿Desde cuándo disentir implica delinquir?

Las dictaduras, en cualquier rincón del mundo y en cualquier momento de la historia, comparten un mismo patrón: el desprecio absoluto por la opinión diferente. Pero no cualquier diferencia; la más perseguida siempre ha sido la que incomoda porque está fundamentada, porque cuestiona con argumentos, porque desnuda contradicciones. La del intelectual, la del académico, la del ciudadano que no se somete.

En el caso ecuatoriano, el relato ha ido mutando según la necesidad del poder. Primero se dijo que quienes opinaban distinto eran simples afines al pasado, etiquetados como correístas sin mayor análisis. Luego, al comprobar que la crítica trascendía ideologías y venía de múltiples sectores, el discurso se endureció: se habló de terrorismo, de vínculos con el narcotráfico. Hoy, el calificativo ha mutado nuevamente: ahora somos corruptos o defensores de corruptos quienes nos atrevemos a opinar.

Nunca se admite la existencia legítima del opositor. Nunca se concede el derecho a disentir con dignidad.  No hay detractores. No hay críticos. Solo enemigos.

Y al enemigo no se le debate: se le deslegitima, se le persigue, se le silencia.

Ese es el verdadero riesgo que enfrentamos hoy bajo el gobierno actual: no una confrontación de ideas, sino la construcción de un ambiente donde pensar distinto se vuelve un acto de valentía innecesaria, casi imprudente.

Este artículo lo escribo con una mezcla de convicción y resignación. Convicción porque las ideas que defiendo siguen intactas, firmes, inquebrantables. Resignación porque, siendo honesto, podría ser el prefacio de un silencio literario en lo que respecta a la coyuntura nacional, de la que tanto amo opinar, y la que tanto merece ser opinada.

Y es que antes que intelectual, soy humano. Vivo en este país. Camino sus calles. Comparto sus riesgos. Y como muchos, debo admitir que existe un peligro real cuando el pensamiento deja de ser privado y empieza a trascender.

Y siguiendo en la línea de esa verdad que se debe confesar, debo admitir cuánto quisiera ser como el escritor que tanto he admirado, Mario Vargas Llosa, y poder ser un detractor frontal, porque mi defensa de las ideas de la libertad así me lo exige. Pero recuerdo entonces que aquel referente mío tenía como barrera de protección el océano Atlántico, un muro natural que lo separaba de las consecuencias inmediatas de aquello que denunciaba. Desde esa distancia, cualquier persecución recaía sobre él en términos distintos, menos inmediatos, menos tangibles que los que hoy enfrentamos quienes pensamos y escribimos desde dentro.

Aquí, esa distancia no existe. Aquí, las consecuencias serán inmediatas. Cercanas. Reales.

Por eso, en un acto que no nace de la falta de ideas, sino del entendimiento del contexto, adopto el nombre de su última obra para titular este editorial de pausa: Le dedico mi silencio. No como rendición, sino como estrategia. No como olvido, sino como espera.

Porque el silencio, cuando es impuesto, es opresión, pero cuando es elegido, puede ser resistencia.

Mis editoriales seguirán existiendo. Seguirán abordando la política internacional, la promoción de las ideas liberales, el análisis profundo de los sistemas que sí respetan la libertad. Pero esa necesidad —casi instintiva— de aterrizar esas ideas a la realidad nacional, por ahora, tendrá que esperar.

No porque no deba hacerse, sino porque hoy, hacerlo tiene un costo que no todos estamos obligados a pagar. Y porque, al final, defender la libertad también implica saber cuándo preservarla.

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