La arquitectura de la forma: Gaudí según Teshigahara

Esteban Ponce Tarré

Quito, Ecuador

«Todo sale del gran libro de la Naturaleza; las obras de los hombres son ya un libro impreso».

Antoni Gaudí.

En 2026, año en el que se conmemora el centenario del fallecimiento de Antoni Gaudí, la mirada del cineasta japonés Hiroshi Teshigahara cobra una vigencia renovada. Su famoso documental de 1984 sobre este genio no es una biografía filmada; es un diálogo profundo entre dos sensibilidades estéticas que, pese a la distancia geográfica, trascienden fronteras.

Teshigahara, cuya filmografía pertenece a la nueva ola del cine japonés de los 60, construye en sus filmes una exploración constante de la identidad y la plasticidad de la materia; basta recordar la asfixiante relación entre el hombre y el entorno en La mujer de la arena (1964) o la desintegración del yo en El rostro ajeno (1966).

De ahí que aborde a Gaudí no como un objeto de estudio, sino como una extensión de su propia inquietud artística. Por ello en su película el modernismo catalán y la contemplación oriental se funden en un solo lenguaje: el de la forma pura.

La tesis central de este filme, el cual es un referente en los estudios sobre Gaudi, reside en cómo presentar la genialidad del catalán sin reducirla a tecnicismos. Así el director japonés opta por una inmersión sensorial donde la arquitectura no se percibe como un objeto inerte, sino como un organismo que respira. A través de su lente, los edificios dejan de ser estructuras de piedra para revelarse como entidades vivas que vibran bajo la luz del Mediterráneo.

Su análisis comienza con las bases más elementales: el fluir del agua, las fuentes y las puertas. Para el realizador, estos no son accesorios, sino el paso hacia un mundo donde la materia cobra movimiento. El agua que corre por las estructuras gaudinianas actúa como la sangre del edificio, narrando una historia de vitalidad. Una especial atención merecen las puertas, retratadas como transiciones simbólicas que separan lo mundano de lo sagrado.

La Moreneta y la teología de la materia

En la película, un hito espiritual necesario será la incursión en el Monasterio de Montserrat, donde el documental aborda la figura de la Virgen de este santuario: la Moreneta. Gaudí, ferviente peregrino de este enclave, encontraba en la Virgen morena no solo un consuelo espiritual, sino una encarnación estética de los versículos del Cantar de los Cantares: “…una negra soy, pero grata a la vista…”. Esta dualidad —la belleza que reside en la oscuridad y en la tierra— permea profundamente el espíritu de la basílica de la Sagrada Familia.

El catalán comprendía que la devoción no debía estar aislada del mundo, sino integrada en la naturaleza. Los monolitos de Montserrat, esculpidos por la erosión durante  millones de años, se convirtieron en el mapa genético de su obra maestra. Teshigahara logra plasmar visualmente cómo el genial arquitecto trasladó esas formas geológicas a sus torres.

Bajo este prisma, en el minuto 56 del filme, la premisa del director ya está clara para la audiencia: la arquitectura no intenta imitar el paisaje, es el paisaje. Desde este punto de vista, la Sagrada Familia, bajo la lente del japonés, deja de ser una iglesia convencional para transformarse en una especie de nave orgánica de otro planeta, una estructura que parece a la vez prehistórica y futurista, sustentada por una fe que peregrina constantemente entre la piedra y el espíritu.

La arquitectura como expresión orgánica

Más adelante, el cineasta asiático, en un despliegue de agudeza visual, establece una analogía biológica sorprendente: a mitad del metraje, las formas arquitectónicas se funden con la estructura de crustáceos, como las langostas que se observan en los mercados barceloneses. Esta comparación no es gratuita; revela la obsesión de Gaudí por la ingeniería natural.  En tal sentido,  el director contrapone esta vida terrenal—la calidez de las cocinas y los sabores de Barcelona— con la introspección mística de la Colonia Güell, donde la arquitectura tiende a la cueva y al refugio.

En tal virtud, la cámara asiática transita entre lo cotidiano y lo trascendental, sugiriendo que la fe de Gaudí era algo enraizado en la textura del mundo. El nipón comprende que el arquitecto catalán no es un genio aislado, sino el fruto de toda una cultura. La inclusión de los bailes tradicionales, como la Sardana, funciona como un poema visual en movimiento; su estructura circular y comunitaria se refleja en la organización espacial de las obras gaudianas.

En virtud de lo cual el modernismo cumple aquí su utopía: meter la belleza del bosque en la ciudad. El documental destaca esta arquitectura orgánica donde las columnas se transforman en troncos y las bóvedas en frondosas copas, una búsqueda honesta de imitar al arquitecto supremo: la naturaleza.

A pesar de su misticismo, Gaudí nunca dio la espalda al progreso. El filme muestra cómo el maestro experimentó con el vidrio y el acero, integrando la Revolución Industrial no como un elemento frío, sino como una herramienta para materializar el amor a Dios. La paradoja entre el artesano medieval y el ingeniero moderno es capturada por Teshigahara como una búsqueda incansable por dotar de espíritu a la materia industrial.

Un aspecto fundamental de la cinta es la audaz decisión de evitar la voz en off. Al optar por una narrativa puramente visual reforzada por la música y el diseño sonoro, el tokiota obliga a la audiencia a participar activamente. Por tanto, la intensidad sensorial se eleva, permitiendo que sea la propia obra del reusense la que hable, evitando que las explicaciones académicas empañen la percepción directa de la belleza.

Más allá de su valor testimonial, esta pieza audiovisual se erige como una experiencia estética que trasciende el formato informativo. Hiroshi Teshigahara no solo filmó edificios; capturó el alma de un hombre que buscó encarnar el misticismo en la materia.

Por ende, este largometraje se convierte en una obra de arte obligatoria al recordar que la arquitectura, cuando alcanza su cumbre, deja de ser mera construcción para convertirse en un camino directo hacia lo sagrado.

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