Guayaquil, Ecuador
El título contiene una verdad neurocientífica: somos lo que nos contamos, pues, créanlo o no, “nuestro cerebro” no sabe distinguir entre una verdad y una mentira. Su único objetivo (muy primitivo, por cierto) es mantenernos vivos, no felices. De ahí el temor y el miedo a cosas que, en realidad, no representan peligro alguno.
Dato: el 94,1 % de las cosas por las que nos preocupamos jamás suceden. De hecho, nuestro cerebro es el resultado evolutivo de una realidad que ya no existe y de desafíos que hoy ya no son tales.
Hasta ahí la nota cultural o informativa que sirve de antecedente para explicar cómo nuestras “cosmovisiones” nos ayudan a entender el mundo que nos rodea, aunque estas, muchas veces, poco tengan que ver con la realidad. ¡Eureka! Creo que ahora empiezas a darte cuenta de hacia dónde voy. Al fin y al cabo, me fascina escribir sobre política y economía.
De manera general, las hipótesis y teorías que nos damos a nosotros mismos explican (o nos explican) los fenómenos que tenemos por delante, aunque muchas veces estas ideas nada tengan que ver con lo que sucede “ahí afuera”. Sin embargo, aquí viene la magia: nuestro cerebro no sabe distinguir y, por tanto, termina creyendo aquello que “nos contamos a nosotros mismos”.
Esto último nos suele llevar a sustituir, con mitos, falsedades o creencias sin fundamento alguno, aquello que debería ocupar el espacio natural de la evidencia científica: lo que hasta ahora sabemos (como especie) sobre determinado tema o, sencillamente, aquello que va más allá de lo que podríamos suponer a primera vista.
De ahí el terrible papel que pueden llegar a jugar las ideologías, suplantando el espacio que debería tener una explicación sobria, razonablemente objetiva y desapasionada.
Pongamos un ejemplo: “un izquierdista” cree que, en ausencia de un Estado fuerte, coercitivo y altamente regulador, el empleado sería una víctima fácil de la voracidad empresarial. Aceptada “la teoría” a nivel cognitivo, esa explicación errónea de la realidad le impulsará a actuar en consecuencia, votando y demandando un Estado más intervencionista y “justiciero”, pues en su cabecita (sin mirar por la evidencia científica) eso se ha convertido en la “realidad”.
Aunque tanto la premisa, como lo que se sigue de ella, sea intrínseca y empíricamente erróneo.
De ahí la importancia trascendental de la famosa frase: “Las ideas importan”, pues movilizan y, por tanto, nos llevan a actuar en función de lo que nos contamos. Llegados a este punto, solo queda algo por hacer: revisar nuestras ideas, someterlas al duro filtro de la crítica y, sobre todo, al aún más duro filtro de la realidad.
Caso contrario, seguiremos viendo, en la segunda vuelta de nuestras elecciones en América Latina, a gente que aún defiende el comunismo, aunque este no haya funcionado en ningún lugar del mundo; o a quienes todavía creen en la revolución cubana, más allá de toda la miseria que ha generado durante décadas en la isla; o, por último, en otra teoría de izquierda: “somos pobres porque otros son ricos”.

P. D.: Si se te está pasando por la cabeza contra toda evidencia que China siendo comunista tiene éxito, déjame decirte que tiene libertad en lo económico (capitalismo) y dictadura en lo político (comunismo). Así que no, compadre: el socialismo no funciona. Repite conmigo: ni el socialismo, ni el comunismo funcionan. Tal vez, según lo comentado, puedas por fin llegar a creértelo.
Seguimos conversando.
