Joaquín Hernández Landázuri
Madrid, España.
Un día sonará una canción en una discoteca que usted no conocerá. Todos los demás sí. La cantarán a gritos, como si la hubieran estado esperando toda la noche. Unas amigas se señalarán entre risas y levantarán todavía más la voz justo en esa frase que solo ellas entienden. Alguna le arrebatará el celular a otra para mandarle un audio a los amigos que se quedaron en casa: escuchen esto, ¿cómo se van a perder esta canción?
En algún rincón, un chico tomará a una chica de la cintura y, mientras suena el estribillo, intentará convertir esa canción en el comienzo de algo.
Y entre el humo, las luces y esos minutos de la noche en los que nacen las mejores fantasías, habrá alguien que no tenga la menor idea de qué está sonando.
Ese alguien será usted.
De pronto, la cámara se abre.
Y ahora es usted quien sostiene el celular, mirando la fiesta desde esa pequeña pantalla que le pone un vidrio al mundo.
Lo ve todo.
El humo suspendido bajo las luces. Los carteles de emergencia. La fila que serpentea hasta la puerta. Cuántas personas hay delante. Cuántas detrás. Cuánto falta para que termine la noche.
Y, sin darse cuenta, empieza a tener conciencia del tiempo.
Que es un poco peor que tener conciencia de la muerte.
Una cosa es saber que algún día va a morir. Otra, mucho más incómoda, es descubrir que ya lleva un tiempo viviendo.
Que hay cosas que no están comenzando: están terminando.
Que esta es la primera vez que usted mira hacia atrás y encuentra una puerta cerrándose.
Desde entonces, ningún final volverá a parecerle completamente invisible.
Así que pasará el resto de la noche bailando un poco más abajo, comprobando que las articulaciones todavía responden, como quien prueba una máquina vieja antes de guardarla. Se prometerá que jamás, bajo ninguna circunstancia, volverá a utilizar el verbo perrear en voz alta.
Pero no se preocupe.
Estos chicos están bien.

Alguna noche, mucho después de esta, sonará una canción que todos conocerán menos ellos.
Y entonces serán ellos quienes miren alrededor sin entender qué está pasando.
Serán ellos quienes descubran, por un instante, que la fiesta también puede seguir adelante sin uno.
