Artículos por Carlos Jijón
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Apocalipsis y terciopelo
Asunción, Paraguay
Lo tenía todo preparado ya para escribir sobre Vaclav Havel, que acaba de morir en Praga, lugar donde nació en 1936, cuando llegó la noticia de que había muerto en Corea del Norte el tirano Kim Jong-il, a quien sucederá su hijo Kim Jong-un, amante de la juerga, mujeriego, alcohólico, que destina unos 100.000 euros anuales a la compra de coñac, sin experiencia política, sin ninguna experiencia en campo alguno, pues en sus veintisiete años de vida ni siquiera ha dado de palos al agua. No sería relevante la noticia de la asunción al poder del tercero de la dinastía de tiranos estalinistas que inició su abuelo, Kim Il-sung, si no fuera porque este “niñato”, como dicen en España, hereda no solo el poder, sino también el maletín atómico.
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Kim Jong-il y los llorones
Por Andrés López Rivera
¡Kim Jong-il ha muerto! ¡Que viva Kim Jong-un! La dinastía comunista norcoreana muda de piel; pero continúa. La perennidad del régimen se funda en la eternidad de Kim Il-sung, institutor del linaje dinástico. No obstante, al parecer los norcoreanos difieren de los europeos que al morir el rey exclamaban para simbolizar la continuidad del Estado, à la française: “Le roi est mort, vive le roi” o the english way: “The King is dead, long live the King”. La sucesión en Corea del Norte no es así de simple. Los súbditos de Kim Jong-il no pueden entronizar a un nuevo monarca sin antes haber llorado a moco tendido y gemido lastimeramente. Enlutados, se prosternan frente a la imagen del difunto y sufren ataques de histeria; se jalan de los pelos y golpean el asfalto a puño cerrado.
