Ecuador, martes 24 de abril de 2018

Hedonismo y placeres ‘hipster’ en Coachella

Indio (EE.UU.)(EFE).- La gastronomía, el arte y todo tipo de placeres “hipster” y experiencias VIP encuentran un marco ideal en el Festival de Coachella (EE.UU.), un evento musical con unas cifras de negocio descomunales en el que los conciertos son el ingrediente principal, pero no el único.


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Beyoncé, The Weeknd y Eminem encabezan la edición de este año, que se celebra en dos fines de semana consecutivos (del 13 al 15 y del 20 al 22 de abril) en Indio (California, EE.UU.) y que aspira a superar las cuentas del festival de 2017 cuando Lady Gaga, Radiohead y Kendrick Lamar fueron los máximos reclamos del cartel.

Según Billboard, Coachella logró unos ingresos de 114,6 millones de dólares en 2017, lo que situó a este festival, según la revista, en el segundo puesto histórico de los eventos musicales más lucrativos, solo por detrás del Desert Trip que en 2016 reunió un cartel de leyenda: Bob Dylan, The Rolling Stones, Neil Young, Paul McCartney, The Who y Roger Waters.

Detrás de Desert Trip y de Coachella está la misma promotora musical, la poderosa Goldenvoice.

Las entradas para esta nueva edición de Coachella, cuyo precio para el abono sencillo con acceso a los tres días era de 429 dólares, se agotaron prácticamente en cuanto se pusieron a la venta el pasado enero.

Este jueves, un día antes del comienzo de los conciertos, los pases para los tres días superaban los 900 dólares en el portal de reventa de tickets StubHub.

Pero Coachella no es un festival solo para jóvenes alternativos dispuestos a acampar bajo el duro sol del desierto: su hedonismo californiano remite más al lujo y el “glamour” de Malibú o Beverly Hills que al movimiento hippie surgido en San Francisco.

El abono VIP para el Coachella costaba 999 dólares, con acceso a zonas reservadas en el recinto del Empire Polo Club, y a partir de ahí la exclusividad de la experiencia de los asistentes depende de los ceros de su cuenta bancaria que estén dispuestos a sacrificar.

Si uno se quiere alojar en la lujosa y cercana zona de Lake Eldorado tiene que pagar al menos 2.458 dólares por un “tipi” para dos personas o 3.316 por una tienda para cuatro huéspedes.

Y aunque la gastronomía en todo el recinto es un atractivo en sí mismo, con puestos como Trejo’s Tacos (del actor Danny Trejo) o Afters Ice Cream con helados veganos, la apacible área ajardinada de Rose Gardens ofrece cenas “gourmet” a 225 dólares el cubierto.

El transporte también puede ser motivo de distinción: el parking VIP se contrata al margen de las entradas por 150 dólares y hay compañías que ofertan desplazamiento en helicóptero desde Los Ángeles.

Pese a que decenas de miles de personas entran cada día al festival, el ambiente en Coachella es relativamente relajado, más allá de los atascos habituales en la entrada, con muchos de sus asistentes tumbados en el césped bajo las palmeras.

Entre concierto y concierto el público puede beber cerveza artesanal en una terraza alejada de los grandes escenarios, comprar música en una tienda en la que solo venden vinilos, o personalizar sus camisetas y pañuelos en un establecimiento donde con una máquina de coser permite colocar tu nombre en cualquier prenda.

El arte también tiene su cuota de protagonismo y en el primer día de Coachella triunfaron en Instagram, más allá de la famosa noria del festival, las enormes instalaciones y esculturas con forma de supernova o torre multicolor firmadas por artistas y colectivos como Edoardo Tresoldi, Randy Polumbo, Simón Vega, Newsubstante o R&R Studios.

Tampoco las grandes compañías son ajenas a las posibilidades que encierra un evento de la magnitud de Coachella y en esta edición están presentes, con diferentes atracciones o propuestas, empresas como Google, HP, American Express, Sephora o Marriott.

Cuatro fans llegados desde Tijuana (México) hablaron con Efe sobre qué tiene de especial Coachella: desde Sonia, que se estrenaba en el festival, a Maritza, que vino por decimoquinta vez.

Esta veterana del Coachella destacó que lo singular de esta celebración es “el ambiente y la vibra” que permiten “desconectar del mundo” y que hacen que sea un festival “muy padre”.

“Llegué para vivir la experiencia Coachella: la música, la comida, ver a la gente, cómo se visten, el arte…”, consideró Sonia, mientras que Carlos fue más allá: “Venir a Coachella, independientemente de quién toque, es la experiencia de estar en el desierto, el calorcito, el airecito que pega: te transporta y se convierte en un lugar como mágico”. EFE (I)

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