Las artes liberales y el liberalismo

Sebastián Raza
Cambridge, Reino Unido

The present function of the liberal arts college, in my belief, is to use the resources put at our disposal alike by humane literature, by science, by subjects that have a vocational bearing, so as to secure ability to appraise the needs and issues of the world in which we live.

John Dewey. The Problem of Liberal Arts College.

Desde hace ya dos decenios o más, la idea de artes liberales ha entrado en la educación superior de Ecuador y América Latina con la misma suerte que lo han hecho muchas de las ideas importadas en sus inicios: deformadas, sin contextualización alguna y sin más reflexión. Así como el primer marxismo (el ortodoxo) entró en América Latina como algo universal que se suponía que explicaba cabalmente nuestra realidad político-económica, las artes liberales han entrado como una doctrina pedagógica que desconoce cualquier pasado y se presenta como la solución a todo problema educativo. No solo se desconoce cualquier diálogo que podría tener con las grandes corrientes pedagógicas que existían ya en nuestro continente (por ejemplo, la pedagogía de la liberación de Paulo Freire en general y el pensamiento pedagógico de Manuel Agustín Aguirre en el caso ecuatoriano), sino que se presenta, por así decirlo, como la única ‘verdadera’ alternativa. En América Latina, las Universidades que proclaman seguir la filosofía de artes liberales no solo intentan copiar una falsa imagen del modelo norteamericano; el denominador común de estas universidades en nuestro continente es la exaltación de los dogmas y pensadores liberales/libertarios. Así, por ejemplo, bautizan a su infraestructura con nombres como el de F. A. Hayek, Ludwig von Mises, Ayn Rand, etc., o hasta hacen estatuas en su honor.

Al confundir ‘artes liberales’ con ‘pensamiento liberal’, la idea de una pedagogía inspirada en ‘artes liberales’ no es más que un falso estandarte para la promoción de ideales políticos. Esto puede ser comprobado fácilmente al entrar a sus páginas web y ver que, en la entrada de ‘artes liberales’, hay únicamente información anti-estatista y textos de personajes declaradamente libertarios/liberales en defensa del capitalismo y la propiedad privada como base de cualquier libertad. Pensar que liberalismo y artes liberales están intrínsecamente conectados no solo es un error conceptual e histórico (las artes liberales anteceden históricamente al liberalismo), sino lógico. Se asume que, puesto que el liberalismo habla de (un tipo específico o dimensión particular de la) libertad, es necesariamente liberador. Esta supuesta demostración no solo no prueba nada, sino que confunde efectos con composición de una entidad. Esto equivaldría a decir que las mordidas de un tigre son rayadas porque el tigre lo es, o que la enseñanza de la Biblia inmediatamente nos hace creer en Dios, o que aprender el mito del buen salvaje nos convertiría en buenos salvajes.

Ya en la primera mitad del siglo pasado, el gran filósofo norteamericano John Dewey – a quien el liberal Rorty consideraba uno de los tres filósofos más importantes del siglo XX junto a Wittgenstein y Heidegger – advertía ya del magno problema de usar espontáneamente liberal (como sustantivo que refiere a una tendencia política) como sinónimo de liberador (como forma de experimentar el mundo). Dewey es, sin duda, a quien debemos acudir para echar luces sobre este asunto, pues, a más de filósofo, fue indiscutiblemente uno de los pedagogos más influyentes en Estados Unidos y quien mantuvo con Robert Maynard Hutchins, President de la Universidad de Chicago, un intenso debate acerca de la naturaleza de las artes liberales allá en la década de los años 30. El problema, según Dewey, radica en que, si se piensa que un grupo de estudios o un cuerpo de pensamiento es ‘liberador’ (en el sentido de generar seres libres) por y en sí mismo, la pregunta por los efectos de la educación en la experiencia del mundo se da por resuelta sin antes haberla siquiera establecido. Una educación en ‘artes liberales’ debe, por el contrario, asegurarnos la habilidad de entender las necesidades y problemas del mundo en el que vivimos para reconocer situaciones que limitan nuestra libertad, y así encontrar, por así decirlo, los puntos de fuga y espacios de libertad en el presente. Así entendida, la educación es liberadora porque responde a las urgencias específicas e históricas de un lugar y tiempo determinado, y no porque refleje alguna tendencia política determinada.

El punto de Dewey es claro y simple: las siete ‘artes liberales’ (gramática, dialéctica o lógica, retórica, aritmética, astronomía, música y geometría) que emergieron en la Antigüedad Clásica estaban destinadas a formar al tipo de ciudadano libre que un tipo específico de sociedad necesitaba. Si las artes liberales tienen sentido para el mundo contemporáneo, entonces solo lo tienen en su aspecto más formal, esto es: en sus objetivos más generales de nutrir las habilidades y capacidades necesarias para que, en sus vidas cotidianas, los ciudadanos sean capaces no solo de participar en la vida pública, sino también de generar libertad frente a cualquier experiencia de opresión. Sin embargo, somos nosotros, seres de carne y hueso que enfrentamos los vaivenes de la vida cotidiana, quienes debemos descubrir qué materias y qué cuerpos de pensamiento responden a las urgencias de nuestro contexto y del mundo en el que vivimos.

Entonces, pues, si nuestra sociedad difiere de la estadounidense y de las sociedades de la Antigüedad Clásica, lo que se consideran ‘artes liberales’ no pueden ser ni lo mismo que en el pasado se pensaba que eran ni una ‘fórmula’ adoptada de otras realidades. Pensar acerca de nuestro contexto específico y establecer un diálogo crítico con él es la base de cualquier definición de qué mismo son las ‘artes liberales’, dado que, a decir de Dewey, ‘tal educación sería liberadora no a pesar de distanciarse ampliamente de las siete artes liberales del periodo medieval, sino precisamente porque haría en el mundo contemporáneo lo mismo que aquellas artes estaban destinadas a hacer en el mundo en el que emergieron’. Es decir, para saber qué materias de pensamiento son liberadoras y develan, en lugar de encubrir, el funcionamiento real de nuestras sociedades y sus mecanismos de reproducción de opresiones, lo primero que necesitamos es situarnos críticamente en nuestro lugar presente, lo cual requiere en primer lugar preguntarnos qué lugar ocupamos en nuestras sociedades y qué lugar ocupa nuestro país en el sistema-mundo. Es por ello por lo que, para Dewey, el adjetivo ‘liberal se aplica a una institución educativa que denota oposición a los reaccionarios y ultraconservadores, no que denota solo una preocupación con asuntos intelectuales e ideales. La palabra ha tomado significado económico y político en conexión con la lucha humana por la independencia económica y la emancipación humana’.

Pero el problema va más allá: confundir el adjetivo ‘liberal’ de ‘artes liberales’ con el sustantivo ‘liberalismo’ socava precisamente lo que una pedagogía en artes liberales supone. Mientras enseñaba en China allá en 1919-1921, John Dewey afirmó que el poder de la educación en artes liberales se basa en la capacidad de cultivar la individualidad de tal manera que la simpatía y compasión social también se vean reforzadas, con el objetivo ser más empáticos con el sufrimiento de otros. El individualismo al que Dewey se afilia es, sin embargo, un individualismo realizado en y mediante la comunidad humana. Él lo denomina ‘individualismo democrático’, o ‘individualismo en democracia’, y se define como un ‘individualismo ético, no numérico; un individualismo de libertad, de responsabilidad, de iniciativa por y para los ideales éticos, no un individualismo violento y sin moral’.

Son bien conocidos los reparos que Dewey tenía del individualismo extremo que sustenta a la mayoría de los (pseudo)liberalismos (aclamados en las ‘universidades latinoamericanas inspiradas en las artes liberales’) en los que las comunidades humanas son presentadas como simples multitudes formadas de átomos no-sociales aislados coordinados por mecanismos de mercado. Aquellos ‘(pseudo)liberalismos’ son, para Dewey, precisamente los que abusan de la mentalidad laissez-faire y están presos en el ‘fetichismo del individualismo’. El problema de estos pseudo-liberalismos no es únicamente que hayan subsumido toda libertad a la libertad económica; sino que conciben al individuo como algo dado, completo por sí mismo, y a la libertad como una posesión siempre lista que solo necesita que se retiren las restricciones externas para poder manifestarse adecuadamente.  Esta quizá fue otra de las razones por las que él busco distinguir claramente entre ‘artes liberales’ y ‘doctrinas liberales’, principalmente de aquellas que eran utilizadas para justificar el status quo y para bloquear cualquier reforma social.

Por otro lado, una educación liberal auténtica debe profundizar nuestras habilidades para aprender de las personas con las que no estamos de acuerdo. La demonización del pensamiento de izquierdas en las universidades autoproclamadas de ‘artes liberales’ en América Latina es antitética con la curiosidad que debería ser la base de toda educación en ‘artes liberales’. Menospreciar a las teorías o personas con las que uno no está de acuerdo es siempre más fácil que escuchar atentamente a sus argumentos. Es por ello por lo que, para John Dewey, las artes liberales deben liberarse de cualquier identificación estática con ramas del pensamiento si es que su objetivo es realmente liberar al ser humano. Los que substituyen ‘dogmas por hipótesis, confundiendo educación y propaganda’ son, a ojos de Dewey, precisamente los primeros ‘enemigos de las artes liberales’.

Sin esta apertura y curiosidad mínima, cualquier ‘debate’ o intercambio de ideas es simplemente un camino que, en el mejor de los casos, conduce a la autocomplacencia y, en el peor de los casos, a la búsqueda violenta de chivos expiatorios (la ideología de género, los “progres”, y el marxismo cultural son solo unos casos entre otros). Al fin y al cabo, el objetivo de una educación basada en ‘artes liberales’, a decir de Dewey, debe caracterizarse por una actitud abierta, experimental y experiencial hacia la verdad y las soluciones colectivas para los problemas del presente, mas no en la veneración (o demonización) de pensamiento alguno.

El Open Curriculum, propuesto por la Universidad de Brown, defendido por Dewey y que caracteriza a las Universidades inspiradas en Artes Liberales, no solo tiene el objetivo de extender los conocimientos de los estudiantes más allá de sus campos profesionales/vocacionales: su objetivo principal es integrar la mayor cantidad de áreas del conocimiento y teorías para extender las ideas (para ampliar el ‘vocabulario’, diría Rorty) a las que el self puede recurrir para reflexionar sobre su situación de tal modo que encuentre soluciones a los problemas morales y prácticos de su día a día. Por dar un ejemplo, esto quiere decir que, inevitablemente, lo que muchos (pseudo-liberales) tachan como ‘ideología de género’ sería un cuerpo de pensamiento esencial para que personas de todas las identidades sexo-genéricas subalternas puedan enfrentarse con una realidad que muchas veces les cierra la puerta desde todas las direcciones posibles y para que todos sus conciudadanos seamos capaces de comprender la violencia institucional y personal a la que sus cuerpos están sometidos a diario.

Este es un paso más hacia la consecución de lo que el gran liberal Rorty llamó la ‘esperanza democrática’: ser capaces de ver la crueldad de todas las instituciones sociales (Estado, Mercado, Familia) y de nuestras idiosincrasias privadas para poder reformarlas de modo que expandamos cada vez la solidaridad necesaria en todas nuestras formas de socialidad. Afortunadamente, dentro de las universidades que declaran seguir una filosofía de artes liberales y la confunden con (pseudo)liberalismo, hay intelectuales que parecen ser más fieles a lo que las artes liberales suponen.

 

 

 

 

 

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