El falso indigenismo de Evo Morales
Miami, Estados Unidos
Evo Morales no es un indígena como su propaganda y el diseño oficial de su imagen lo presenta.
Evo Morales no es un indígena como su propaganda y el diseño oficial de su imagen lo presenta.
Hace una semana conversé con mi gran amigo R sobre política ecuatoriana. Cuando lo hacemos partimos por el análisis de los acontecimientos recientes, con esas lecciones que desde la contingencia remarcan la naturaleza siempre sorprendente de nuestra política local y sus sinos históricos marcados por la intensidad de los personalismos, la utilización de la fuerza y los arrebatos autoritarios. Es claro que la historia actual solo tiene precedentes que nos retrotraen a una serie de personajes pasados –García Moreno, Alfaro- y recientes –LFC-cuyos patrones de comportamiento y naturaleza parecen mezclarse y manifestarse en esa rara combinación que cobra la forma de nuestra revolución ciudadana.
La literatura, fruto y testimonio de la sociedad de cada tiempo, se ha complicado. El relativismo ha despojado de referencias esenciales también al universo de la estética, donde anida la verdad, la belleza de la simplicidad. Un trazo, un gesto, una línea, unas pocas palabras enlazadas por el duende que atisbó Lorca bastaban para darle magia a la lectura, ese hechizo que trasciende el argumento, que baila sobre la tinta, que se desnuda de su prenda semántica, e invita, seduce, inspira.
Es una de las garantías más antiguas de los estados modernos. Las conductas cuya ocurrencia acarrean una sanción deben venir descritas por el órgano legislativo de forma clara, precisa e inequívoca. Ambos elementos de la norma, esto es, tanto la conducta que se describe como una infracción, como la sanción que ella desencadena, deben necesariamente estar libres, en cuanto a su expresión, de ambigüedades o confusiones. El ciudadano debe saber con total certeza cuáles son los límites de su libertad y cuál el castigo que deberá sufrir por su transgresión.
Hoy cumplo cinco meses en el extranjero y presiento a Quito como un silencio muy pesado que atraviesa recuerdos de luz. Creo, sin embargo, que pese a su belleza y a ciertos hechos puntuales que la han enaltecido, hoy vive uno de los momentos más amargos de su devenir histórico. Quito sufre una ausencia de liderazgo que se parece mucho a la orfandad y, sobre todo, a la soledad. No le demos más vueltas al asunto. Quito carece de líderes. Carece de una voz que represente y defienda las aspiraciones de la ciudad.
La animosidad nacionalista, esa plaga que debió haber sido arrasada después de lo que causó durante todo el siglo XX, ha tenido sus rebrotes en los últimos años en algunos gobiernos progresistas latinoamericanos, entre ellos el ecuatoriano. Como si ser de izquierda significara forzosamente adherirse de forma obligada a una nación, un país o una región. En el caso ecuatoriano, el “revival” nacionalista es curioso porque contiene, también, a saber: dosis de humor y ridiculez, sesgos de oportunismo, y una magnífica coyuntura para la política de alarido y desfile.
Pensé que luego de escuchar a Bob Woodward, el mejor periodista de los Estados Unidos, saldría renovada, llena de bríos para ejercer la profesión más bella del mundo, que no tiene horario, ni fecha en el calendario. Así, como el amor, del que una no tiene la culpa.
La revolución Bolivariana se considera revolución hermana de la revolución islámica. Ambas se ven como movimientos que representan a las masas y además ambas se oponen al así llamado imperialismo norteamericano y a su influencia en sus respectivas regiones. El gobierno de Hugo Chávez, así como el de su sucesor Nicolás Maduro, representa hoy el segundo gran aliado de Irán luego de Siria. Venezuela apoya las ambiciones nucleares de Irán e incluso ayuda a este a evitar sanciones internacionales mediante su sistema bancario. Irán por su parte apoya la revolución bolivariana.
Los 33 presidentes y dignatarios que visitaron La Habana se quedaron maravillados. Ninguno sabía cómo, aunque fuera muy precariamente, con los edificios en ruina y al filo de la catástrofe, Cuba conseguía sostenerse. Acaso con la excepción de Nicolás Maduro, que tiene dotes de vidente y un diálogo permanente con los pájaros, lo que lo mantiene plenamente informado.
Toda política económica sensata debe tener como su principal objetivo la creación de riqueza. Adicionalmente, y dependiendo de las circunstancias y de la ideología de quien la aplique, puede haber un mayor o menor énfasis en redistribuir la riqueza. Pero la prioridad en «crear» tiene que estar presente.
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