Quito
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No me halagues que me enojo
Buenos Aires, Argentina
Parecería razonable, al menos en algún sentido, que respondamos con una ofensa a quién nos ha ofendido. O, se puede decir de otro modo, esa sería la manera instintiva que tendríamos para reaccionar ante lo que consideramos una afrenta en nuestra contra. Así lo había descrito Fernando Mires en su artículo «Jesús en política», en donde entiende, creo yo de modo muy acertado, que aquello ocurre porque quien nos ofende es un «eximio seductor», pues con su palabra sucia, con su violencia, nos invita a reaccionar igual. A acudir, se diría, en venganza. El malvado busca, entonces, que seamos iguales a él; y, si lo logra, dice Mires, «seremos, definitivamente, iguales a él. Alcanzado ese punto desaparecerá toda diferencia entre ofensor y ofendido. Esa será la hora del triunfo final de la ofensa».
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