Ecuador. martes 12 de diciembre de 2017
  • Seguir en Facebook
  • Seguir en Twitter
  • Seguir en Google+
  • Seguir en YouTube
  • Seguir en Instagram
  • Seguir en LinkedIn

En la Bienal de Venecia: De Piero della Francesca a Berlusconi

MIGUEL MORA – Roma – EL PAÍS El arte no es ‘cosa nostra’. Este es el provocador título de la masiva exposición. Hay más de 260 artistas y muchos de ellos son anónimos. Autor de la selección: el crítico Vittorio Sgarbi, amigo y defensor a ultranza de Silvio Berlusconi, personaje bufo y tertuliano asiduo en televisión. Su propuesta para festejar los 150 años de la unidad del país en la 54º Bienal de Venecia ha dividido en dos a críticos y visitantes. Para unos, es un bazar feo, populista y kitsch. Puro berlusconismo artístico. Para Sgarbi y sus seguidores, se trata de una radical transgresión de los prejuicios elitistas del arte actual.


Publicidad

El pabellón italiano, situado en el Arsenale, es una informe acumulación de piezas, fotos, pinturas e instalaciones. La arquitecta Benedetta Tagliabue ha llenado el espacio con la bulímica botica reunida por Sgarbi, en la que cabe todo y lo contrario de todo. Hay retratos del propio crítico y de Berlusconi junto a una pieza de Piero della Francesca; un cuadro de un perrito con zapatos rosa, pinturas naïf (unas voluntarias y otras sin querer); piezas de consagrados cono Kounellis o Pirelli, recortes de entrevistas con artistas, como Maurizio Cattelan, que se han negado a participar… Y en el jardín, una estrella porno, Vittoria Risi, exhibe su silicona sentada en una silla de poliuretano firmada por Gaetano Pesce.

Silla diseñada por Gaetano Pesce (Barbara Zanon - GETTY)

 

El criterio de selección ideado por Sgarbi ha consistido en pedir a cerca de 200 intelectuales, amigos, periodistas y autores que eligieran un artista o una pieza que les gustara. El resultado ha recibido críticas feroces: “Un circo donde en vez de animales hay artistas”, “una feria de pueblo”, “nombres valiosos junto a diletantes”, “enorme mermelada visual”, “depósito de inmundicia”.

El comisario, nombrado por el Ministerio de Bienes Culturales cuando lo dirigía Sandro Bondi, dimitido a raíz de los desastres de Pompeya, dice que ha renunciado a su papel como una toma de postura política. Su intención era sacar al arte contemporáneo de “los prejuicios y el pensamiento único” que imponen comisarios y galeristas. Salvarlo del influjo comercial de firmas como Prada o Trussardi, culpables según la derecha berlusconiana de haber creado un “canon elitista y radical chic”.

Sgarbi ha atacado a “los sedicentes críticos que juzgan sin ver” y a los que “inventan obras-marca para comercializarlas”. “Hoy parece que la directora de Vogue sea Vasari”, ha afirmado, antes de atacar a Anish Kapoor y a Julian Schnabel: “Palladio vale por 1.800 kapoor, y el artista llamado Schnabel, que se pasea en pijama, ha colocado un aborto en el Sansovino”. Con gente como Achille Bonito Oliva, ha añadido, “el arte se ha convertido en un sanatorio separado del mundo, al cual solo acceden los médicos y parientes de los enfermos, y solo de forma accidental reciben visitas de personas sanas”.

Según el editor de libros de arte Paolo von Vacano, “la exposición es un oprobio, un horror que marca el nivel más bajo de la historia de la Bienal”. La idea de partida, añade, “es discutible y quizá interesante, pero ha sido ejecutada de forma penosa. La muestra es una especie de Frankenstein, una mezcla de artistas buenos, malos y regulares que refleja el vacío político y cultural creado por 20 años de berlusconismo. Toda ética y moral ha sido arrasada, como en el peronismo. Vale todo. Destruir Pompeya, malvender el Coliseo a Tod’s o dar un premio especial en Venecia a una actriz porno checa amiga del jefe. Es la antipolítica de Berlusconi, pero desde el arte. Por fortuna, el régimen se está hundiendo a los ojos de todos. Entre otras cosas, porque Berlusconi y Sgarbi no saben lo que es Internet”.

No todo el mundo, sin embargo, está en contra. El centenario Gillo Dorfles ha escrito en Il Corriere della Sera que Sgarbi ha tenido el mérito de potenciar el pabellón italiano, y ha definido como “positivo” su empeño de “implicar a la gente de la cultura en la selección de las piezas”. Aunque ha matizado que el experimento ha sido “parcialmente fallido porque hay pocas personas que sepan de arte contemporáneo en Italia, y eso supone que muchos artistas y personalidades son del todo ineptos mientras otros son demasiado célebres, como Pirelli o Novelli”.

La polémica, como el régimen, parece destinada a durar todavía unos meses. Sgarbi ha decidido llevar la Bienal a todas las regiones italianas siguiendo el método del Arsenale. Ahora hará exposiciones de artistas autóctonos en las principales ciudades del país. Críticos, galeristas, artistas y personalidades locales han sugerido 3.500 nombres, y unos 1.500 han llegado a la final del concurso.