Ecuador. Jueves 29 de septiembre de 2016
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Novelista cubana Wendy Guerra se ríe de paranoia de régimen con intelectuales

Wendy Guerra, novelista y poeta cubana.

Miami (EE.UU.), (EFE).- La escritora cubana Wendy Guerra retrata con fino humor en su última novela, “Domingo de revolución”, la vida bajo continua sospecha de los intelectuales en la isla, siempre bajo la vigilancia de un régimen obtuso que ahoga la libertad creadora.

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Contra la práctica de una narrativa complaciente con el canon oficial en la isla, Guerra (La Habana, 1970) tiene muy asumido que sus novelas jamás serán editadas en su país. Y se burla de ello.

Guerra arma un relato fundacional con gracia y audacia: la historia de Cleo, una joven poeta residente en La Habana, una autora bajo sospecha cuyo éxito, según la Seguridad del Estado y el Ministerio de Cultura, ha sido construido por el enemigo (la CIA) para desestabilizar el país y la revolución.

Subjetiva, emocional, reivindicativa, divertida, Guerra charló con Efe sobre “Domingo de revolución”, cuyo tono confesional y estilo es deudor de sus grandes devociones literarias, entre otras las escritoras francesas Marguerite Yourcenar, Françoise Sagan o Marguerite Duras.

Las historias de tinte autobiográfico que se trenzan en la novela narran la “imposibilidad de una escritora de vivir y publicar en Cuba, de comunicarse con las autoridades y hasta con buena parte del exilio”, que sospechan también de ella.

El juego irónico se desarrolla en el relato sin solución de continuidad. A la férrea censura que sufre Cleo en su país, y, por lo tanto, la nula posibilidad de publicar, se suceden las situaciones de desconfianza en buena parte del exilio cubano.

Y es que sectores del exilio “creen que ella es de la Seguridad del Estado, porque no pueden concebir que sea tan crítica viviendo en Cuba, y sospechan”, comentó Guerra en tono divertido.

Pero, bajo la capa de ironía y burla de la novela, se esconde una demoledora crítica de un régimen que sofoca el espíritu creador, que corrompe y carcome la independencia de los intelectuales, forzados, dice, a escribir o abordar temáticas abstractas, literatura para niños o especializadas en campos científicos, por ejemplo.

Para el resto de las obras, aquellas que “apuntan una cierta crítica a la realidad, las puertas están cerradas”, dijo con rotundidad.

A la postre, el andamiaje policíaco y censor lo que persigue, sobre todo, son los “episodios confesionales de un escritor ante su realidad”, precisó esta cubana graduada en Dirección de Cine en el Instituto Superior de Arte.

Escribir en Cuba para contar algo, para cambiar algo, para “transparentar algo”, prosiguió la escritora, es hoy todavía una condena segura a que el manuscrito del autor duerma en un cajón por los siglos de los siglos, aseguró esta valiente escritora.

Guerra se ha convertido en la voz de “tantas escritoras cubanas”, como su propia madre, que “murieron sin ver editada su obra, mujeres desconocidas como Reina María Rodríguez, que vive en su casa encerrada sin vida pública”.

Porque los “escritores que han tenido una visión crítica -alienta en su denuncia- son incomprendidos, marginados; solo publicas tu obra si no te metes con determinados cánones y tabúes como la misma realidad cubana”.

Guerra fue alumna de Gabriel García Márquez en su taller de guiones “Cómo contar un cuento”, impartido en la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños, y se considera una “nieta” del “boom latinoamericano”, recolectora de los “frutos maravillosos del mundo macondiano, ya parte de nuestra sangre, más que de una estética” determinada.

En cuanto al constante y creciente goteo de cubanos que se echan al mar para llegar, tras una travesía llena de peligros, a territorio estadounidense, Guerra expresó gran dolor y tristeza.

“Los cubanos tienen el referente de que quieren vivir de otra manera, tienen la información y quieren la posibilidad de elegir”, afirmó la escritora, quien relató que son hoy los propios padres continuadores de la revolución cubana los que animan a sus hijos a salir de la isla.

Y lo hacen por un simple motivo, porque “no quieren que sus hijos acaben como ellos, sin dinero, sin posibilidades, viviendo tres y cuatro familias en una vivienda”.

En su caso, abandonar la isla no es una opción: “Quiero vivir apegada a mi madre y a la oficina donde escribo cada día. Yo necesito muy poco para vivir; pero ya tengo 45 años y no sé si con 20 estaría diciendo lo mismo”, se sinceró. EFE (I)

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