Ecuador. lunes 23 de octubre de 2017
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“Las Babushkas de Chernóbil”, la dignidad por encima de la razón

"Las Babushkas de Chernóbil", la dignidad por encima de la razón.

Madrid, (EFE).- Rondan los ochenta años y sobreviven solas gracias a sus cultivos, que crecen en tierras altamente contaminadas, pero para las Babushkas de Chernóbil era más importante recuperar sus hogares que se vieron forzadas a abandonar hace 30 años por la explosión de un reactor nuclear.


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Su dura vida cotidiana es lo que cuenta el documental “Las Babushkas de Chernóbil” en el que las estadounidenses Holly Morris y Anne Bogart han querido demostrar que para estas mujeres el gran drama no fue la radiación sino la pérdida de sus casas y de su medio de vida.

“La verdadera devastación para ellas fue separarlas de todo lo que amaban”, explica Morris a Efe antes de presentar su película dentro del Festival Documenta Madrid, donde se proyectará mañana y el miércoles.

Apenas quedan un centenar -y todas mujeres- de las 1.200 personas que regresaron pocos meses después de que el Ejército ruso desalojara a toda prisa a unos 135.000 habitantes de una zona de 30 kilómetros alrededor de la central de Chernóbil, situada en territorio ucraniano pero cerca de la frontera con Bielorrusia.

Los niveles de radiación siguen siendo elevadísimos y los médicos solo se explican la supervivencia de estas mujeres por el hecho de que para ellas era mucho peor la angustia de estar lejos de sus casas, lo que también creen que es la razón de que la tasa de mortalidad sea mucho más alta entre las personas que se quedaron a vivir fuera de la denominada “zona de exclusión”.

Entre esos desplazados, los niveles de alcoholismo y depresión son enormes, resalta Morris, que hace hincapié en que las mujeres que decidieron regresar evitaron “la terrible angustia de estar lejos”.

Hannah Zavorotnya, Maria Shovkuta y Valentyna Ivanivna son tres de estas mujeres, que cuentan a la cámara con naturalidad cómo es su cotidianeidad. Pescan en aguas contaminadas, cultivan frambuesas o repollos en tierras con unos elevadísimos niveles de radiación o buscan setas que absorben el plutonio o el uranio del suelo.

Hace 30 años la explosión de un reactor de la central nuclear de Chernóbil destrozó sus vidas y sus sueños, pero para ellas era esencial regresar al lugar que las vio nacer y del que nunca antes habían salido.

“Amo mi tierra natal y mis tumbas”, afirma Hannah mientras siembra flores sobre la sepultura de su hijo, que murió de apendicitis cuando tenía dos años.

Y se ríe mostrando los huecos de su dentadura cuando simula caminar encorvada: “así andan los que vienen de fuera a visitarme”, asegura muy erguida.

“Cuando regresé, fui una de las primeras en volver, me arrodillé, cogí un puñado de tierra, la besé y dije: ‘nunca más me volveré a ir'”, cuenta Valentyna después de que Hannah recordara que en los pueblos a los que las llevaron tras la evacuación ni siquiera querían acercarse a ellas para darles agua por miedo a la contaminación.

Pese a todo, estas duras mujeres siguen en pie y con unos análisis limpios que ni los médicos se explican.

Una historia que Morris conoció cuando hace cinco años viajó como periodista a Chernóbil con motivo del 25 aniversario de la explosión.

“Un mes más tarde ya estaba allí tratando de conseguir los permisos y un año después comenzamos a rodar”, explica la realizadora.

Mucha burocracia y muchas dificultades para rodar, sobre todo por la limitación estricta del tiempo que podían permanecer en la “zona de exclusión” les permitió a ella y a Bogart entablar una cercana relación con estas mujeres, de las que les impresionó “su fuerza y su respeto por su cultura”.

Un respeto patente en un documental que también cuenta con el testimonio de algunos trabajadores sociales que mantienen un mínimo y esporádico control con estas mujeres, o de los expertos que miden de vez en cuando los niveles de radiación.

Una historia llena de amor que las directoras llevarán, tras su paso por Madrid, a Ucrania, donde se exhibirá tanto en Kiev como en un pueblo a las afueras de la “zona de exclusión” e incluso en dos de las aldeas del interior.

“Para estas mujeres es muy difícil salir y al fin y al cabo esta película fue hecha para ellas”, afirma Morris. EFE (I)