Ecuador. viernes 15 de diciembre de 2017
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Carlos Fuentes descansará en cementerio de París junto a Cortázar y Vallejo

El cementerio parisino de Montparnasse, donde próximamente descansarán los restos del escritor Carlos Fuentes, fallecido el pasado martes, acoge las tumbas de un sinfín de artistas, intelectuales y literatos, como las de Julio Cortázar y César Vallejo.


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El mexicano, realizó hace dos años todas las gestiones necesarias para ser enterrado en este cementerio de París, ciudad a la que le unen fuertes lazos debido a su estancia como embajador entre 1975 y 1977 y, fundamentalmente, a que es en este cementerio donde reposan los restos de sus hijos Natasha y Carlos.

Según aclaró el pasado martes un portavoz de la Embajada mexicana en la capital francesa, serán los familiares del escritor quienes decidirán “los tiempos y las formas” de su traslado desde México, donde falleció, al cementerio parisino.

Aunque no de forma intencional, el literato compartirá recinto con el poeta peruano César Vallejo, que llegó a la ciudad en 1923 para dejar atrás desengaños amorosos y una vida de trabajos penosos en las minas andinas, y se quedó hasta su muerte.

También con el argentino Julio Cortázar, que en 1951 aterrizó en París, para trabajar como traductor en la Unesco y que, pese a dominar completamente el idioma y ser naturalizado por el presidente François Mitterrand en 1981, nunca quiso escribir en francés.

Paradojas del destino, el escritor de “Rayuela” acabaría enterrado en este cementerio de la capital francesa pese a haber afirmado con frecuencia que vivir en Francia le había hecho descubrir hasta qué punto se sentía latinoamericano: “hay que estar lejos para amar la casa”, aseguraba… citando a Apollinaire.

Y es que, aunque algo alejado del halo célebre de Père Lachaise o del regusto pintoresco de Montmartre, el cementerio de Montparnasse se inauguró en 1824, en un espacio que había servido sucesivamente de vertedero y camposanto de tumbas anónimas.

El recinto, segunda necrópolis por tamaño dentro de París con 19 hectáreas, albergó durante muchos años lápidas sin nombre (las de personas que morían sin que nadie reclamara su cuerpo), que en la actualidad comparten historia con muchas celebridades francesas y extranjeras.

Edificada en un batiburrillo de estilos contemporáneo, clásico, haussmaniano y “Art Nouveau” su nombre transpira lirismo desde el nombre: el Mont-Parnasse (o Monte Parnaso, en español) se considera la patria simbólica de los poetas, por tratarse de la morada del dios Apolo y de las musas en la mitología griega.

Poetas como el simbolista Charles Baudelaire, cuyos restos descansan a la sombra de los tilos, fresnos y coníferas que bordean las avenidas de este camposanto.

Igualmente están allí las tumbas de otros literatos como Guy de Maupassant, autor de “Bel-Ami”, Marguerite Duras o el Premio Nobel de literatura, dramaturgo y novelista irlandés Samuel Beckett, que comparte una sencilla lápida de mármol con su esposa en la senda principal del cementerio.

El autor de “Esperando a Godot”, que haciendo alarde de su humor absurdo hasta el final pidió que su tumba fuera “de cualquier color, siempre que sea gris”, vivió en París, adoptó el francés como su segunda lengua, y quiso quedarse en la ciudad también tras su muerte.

No lejos de su lápida, se encuentra la de quien podía haber sido a su vez Premio Nobel si no hubiera rechazado tajantemente la distinción, el filósofo Jean-Paul Sartre, así como la de su alter-ego femenino, la también pensadora existencialista Simone de Beauvoir.

Las palabras de la lengua francesa quedan a buen recaudo en este campo de lápidas gracias a los fundadores de los dos diccionarios más famosos: Littré y Larousse.

Montparnasse cuenta con otros exponentes extranjeros, como el fotógrafo surrealista Man Ray o la ensayista y militante Susan Sontag, ambos estadounidenses, o el escultor ruso Zadkine.

Si los amantes del rock acuden en peregrinación a tirar cerveza, cigarrillos y otras sustancias psicotrópicas a la tumba de Jim Morrison en el cementerio de Pere Lachaise, los nostálgicos de la “chanson française” tienen su contrapartida con Serge Gainsbourg en Montparnasse.

La lápida de quien cantó “Je t’aime… moi non plus” aparece cubierta de billetes de metro en honor a su canción “Le poinçonneur des Lilas”, sobre un trabajador de esa estación del suburbano de la capital francesa, en la que Gainsbourg ya adelantaba que “no hay sol bajo tierra”.

Sea con sol o sin él, multitud de extranjeros se vieron irremediablemente atraídos por esta ciudad que inhala y exhala cultura, para vivir, trabajar y posteriormente, descansar eternamente en ella. EFE