Por Carlos Jijón
Guayaquil, Ecuador

Cosa curiosa, en los malhadados tiempos de la partidocracia era permitido protestar. Lo reflexiono mientras decenas de buses con campesinos son bloqueados en las carreteras para evitar que se dirijan a Quito a protagonizar lo que había sido anunciado como la madre de todas las protestas en contra de las concesiones mineras del Gobierno de Rafael Correa, un político que ha contribuido a la doctrina constitucional ecuatoriana con dos conceptos innovadores: el de los derechos de la naturaleza y el derecho a la resistencia.

Los pueblos tienen derecho a protestar contra sus gobiernos, nos dijeron mientras se redactaba una de las Constituciones más concentradoras del poder quizás desde la época garciana. Los resultados los podemos ver ahora, mientras miles de personas se han congregado en el Parque del Arbolito, antiguo símbolo de la resistencia del movimiento indígena, para apoyar al gobierno que los ha traído de distintas partes del país en decenas de buses, mientras que se ha advertido que los que transporten a la oposición podrán perder sus permisos de operación.

Yo no recuerdo que algo semejante haya ocurrido antes. Y no deja de sorprenderme que el gobierno impulsado por Alberto Acosta y los Pachakutik, a cuya instalación contribuyeron las hordas del MPD y el Grupo de Combatientes Populares (algunos de cuyos cuadros están presos desde la noche del domingo pasado, procesados por subversión) haya logrado lo que hubiera sido casi imposible para un gobierno de derecha: la concesión del campo petrolero de Shushufindi a una compañía norteamericana y otra argentina y la entrega a una compañía de capital chino de la concesión para explotar a cielo abierto las minas de cobre en la zona austral del país.

Yo creo que el régimen de Rafael Correa ha devenido en el más eficiente gobierno de derecha que recuerde la historia de la nación desde el retorno a la democracia. Si no fuera porque la democracia en sí misma ha sido prácticamente liquidada, la libertad de expresión pisoteada como no lo fue ni durante la dictadura militar de la década de los setenta, y la vergüenza de una política exterior alineada con la democracia cubana o la teocracia chiita en Irán. Bien es cierto que Febres Cordero también se describía como amigo personal de Fidel Castro y ni la democracia ni la libertad eran su fuerte.

En todo caso, no es esa la derecha que queremos los que somos partidarios de la libertad. Lo que esperamos es el candidato de una derecha democrática y liberal. Pero puedo entender las dificultades de esa derecha orgánica en presentar un candidato para oponerse a un gobernante que en realidad ya es todo lo que ella misma representa: una derecha no democrática y no liberal a la que no le preocupa la falta de libertades si es que hay oportunidad de hacer buenos negocios. Y puedo darme cuenta también que, hasta el momento, como lo demuestra la protesta de Salvador Quishpe, la verdadera oposición se encuentra en la izquierda.

Esa izquierda que se creyó el cuento de el derecho a la resistencia y los derechos de la naturaleza y que está descubriendo que, gracias a su reciente colaboración, ahora protestar está prohibido.