Ecuador. jueves 14 de diciembre de 2017
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Las contradicciones de los Populistas: De Eva a Andino

Por Miguel Molina Díaz
Quito, Ecuador

Hace poco se estrenó en Broadway el musical “Evita” basado, por decirlo de algún modo, en la vida de Eva Perón, la ex Primera Dama de Argentina. Sin embargo, conforme avanza la obra, la real intensión del arte se devela: el cuestionamiento al poder. Elena Roger, la actriz que representa a la primera dama, encarna a la perfección no solo la personalidad contradictoria de la aclamada Eva sino la verdadera contradicción de los proyectos populistas latinoamericanos. Su gracia es más que conmovedora, es simplemente irresistible.

Por Miguel Molina Díaz
Quito, Ecuador


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Hace poco se estrenó en Broadway el musical “Evita” basado, por decirlo de algún modo, en la vida de Eva Perón, la ex Primera Dama de Argentina. Sin embargo, conforme avanza la obra, la real intensión del arte se devela: el cuestionamiento al poder. Elena Roger, la actriz que representa a la primera dama, encarna a la perfección no solo la personalidad contradictoria de la aclamada Eva sino la verdadera contradicción de los proyectos populistas latinoamericanos. Su gracia es más que conmovedora, es simplemente irresistible. Sus palabras no solo se llegan a incrustar en lo profundo del electorado sino que logran un delirio popular únicamente comparable con el amor más sincero, apasionado y salvaje. Su interpretación de “Don’t Cry for me Argentina” deja sin palabras, como si la conclusión del musical fuera: ¡que resucite Eva!

Pero a la vez, dentro de las inaccesibles paredes de la Casa Rosada se encuentra su Alter Ego: una mujer obsesionada por el poder. Su creencia en la misión mesiánica de Perón no solo secuestra su capacidad de raciocinio sino sus principios políticos y el recuerdo de su humilde vida pasada. Ambiciona un mandato eterno y esta dispuesta a todo para lograrlo. Una diferencia abismal hay en su trato hostil a la servidumbre del palacio y sus promesas enternecedoras durante sus discursos. Se la ve arrasando, con su imagen solvente, en sus visitas a las tiendas y gobiernos de Europa. Se le ocurre, por fin, la idea fundamental de su ingenio: ser la compañera de formula de su marido. Pero llega la fatalidad -¡destino cruel e irónico!- y su propio cuerpo se convierte en el único límite a sus pretensiones. Se ve impedida, por su débil salud, de optar por la carrera electoral.

Durante la obra hace caso omiso a las advertencias que un joven Che Guevara –o sea el actor Ricky Martín- le hace para enmendar su camino. Su muerte es devastadora y las lágrimas llenan por completo las calles del territorio argentino. La que fue segunda economía del mundo con el surgimiento del siglo XX se encuentra en banca rota, a pesar de que los grandes culpables –Eva y Perón, por su puesto- se convierten en un mito popular. Pienso en los Perón, precisamente en estos momentos de la historia latinoamericana, cuando los personalismos de los políticos han resurgido, aprovechándose de la convergencia ciudadana por cambios sustanciales, y están escribiendo los capítulos más nefastos de nuestra involución política y cultural.

El peronismo es, por excelencia, el mejor ejemplo –podría decirse que el padre- de los procesos populistas, contradictorios y demagogos de nuestra región. Para corroborar sus obsesivas creencias en sus misiones proféticas y, sobre todo, su manía por el poder, basta recordar el atentado deplorable que le hicieran al más grande intelectual y escritor de nuestro continente: en 1946 nombraron a Borges, que hasta entonces se desempeñaba como Director de la Biblioteca Nacional, como inspector de pollos, gallinas y conejos. Así son los populistas ahogados en su prepotencia e intolerancia, en la ficción de su bondad y en la loca certidumbre de su razón.

Que lejos están de la verdadera izquierda los –no me cansaré de decirlo- proyectos populistas de nuestros días, disfrazados de falsas revoluciones. Acaban de aprobar una moción para votar por artículo la retardataria –tomando en préstamo palabras del vocabulario presidencial- Ley de Comunicación. Ablandan el camino para que el colegislador de Carondelet haga y deshaga y expida y publique, como su antojo lo crea más conveniente, el arquetipo legal con el que sepultarán la libertad de prensa.

Hasta el agotamiento les dijimos que en un sistema democrático se debe establecer para los medios responsabilidad ulterior más no cesura previa porque eso lesionaría la libertad de expresión e información (¡que ingenuos fuimos! Si eso era precisamente lo que buscaban.) Y produce, más que tristeza, vergüenza el hecho de que todos los revolucionarios apoyen una ley que exige a los periodistas estudiar comunicación para ejercer el periodismo: ¡Que falta les hace leer a García Márquez! (Sobre todo el texto “El Mejor oficio del mundo” sobre el periodismo.) Él sí hombre revolucionario y de izquierda, el interlocutor de la cultura latinoamericana.

Ojala que, después de aprobar la ley sepulturera de la libertad informativa, no vuelvan a mencionar el nombre de Salvador Allende en sus discursos cargados de desconocimiento. Muy lejos se han ido de la izquierda que defiende y proclama los derechos humanos y las libertades fundamentales de la mujer y del hombre. Muy cerca están de seguir los pasos miopes de Eva. Más allá de todo, en cuanto al asambleísta Mauro Andino –máximo símbolo de la ceguera fatal que describía Saramago-, espero que al pasar de un par de décadas, su soledad no sea lo suficientemente desgarradora para que no salga al frío de la noche, incapaz de soportar su propia conciencia y el peso inexorable de sus recuerdos y pesadillas, y vencido exclame, citando a ese mismo García Márquez que no leyó: “¡Carajos! ¿Cómo voy a salir de este laberinto?”.