Ecuador. lunes 11 de diciembre de 2017
  • Seguir en Facebook
  • Seguir en Twitter
  • Seguir en Google+
  • Seguir en YouTube
  • Seguir en Instagram
  • Seguir en LinkedIn

Teología a la carta

Por Bernardo Tobar
Quito, Ecuador

Encontré la curiosa expresión “Teología de la Prosperidad” en un reportaje reciente de la revista Semana acerca de Brasil, que ha visto reducido casi en un 20% el número de fieles católicos en las últimas dos décadas -aunque siguen siendo mayoría- en favor de otras religiones y sectas, convertidas muchas de ellas en verdaderos imperios económicos, que conciben la riqueza como un símbolo del favor de Dios y prometen salud y bienestar a sus seguidores a cambio de jugosas donaciones; casi un menú tarifado de milagros.

Por Bernardo Tobar
Quito, Ecuador


Publicidad

Encontré la curiosa expresión “Teología de la Prosperidad” en un reportaje reciente de la revista Semana acerca de Brasil, que ha visto reducido casi en un 20% el número de fieles católicos en las últimas dos décadas -aunque siguen siendo mayoría- en favor de otras religiones y sectas, convertidas muchas de ellas en verdaderos imperios económicos, que conciben la riqueza como un símbolo del favor de Dios y prometen salud y bienestar a sus seguidores a cambio de jugosas donaciones; casi un menú tarifado de milagros.

La expresión, además, me llamó la atención por la paráfrasis del planteamiento opuesto, la denominada Teología de la Liberación, que tiene origen en el materialismo dialéctico adaptado al Evangelio, pues aunque Marx pensaba que la religión era el opio del pueblo y la versión teológica ve en ella su liberación, en ambos casos el enemigo a vencer no es el pecado -como enseñó Jesucristo, evitando confusión con los asuntos del César-, sino los empresarios y el capitalismo, vistos como auténticos engendros del mal. En suma, una derivación del socialismo marxista adaptada para creyentes, de modo que en lugar de la hoz y el martillo puedan hacer el cambio político empuñando la Biblia.

Desde luego no son estas líneas para analizar concepto tan vasto -que dicho sea de paso la Iglesia Católica lo considera incompatible con su doctrina-, sino más bien para provocar reflexiones en torno a la manipulación que ha sufrido la religión para validar los dictados de la política, o las necesidades de negociantes disfrazados de predicadores. El ejemplo histórico más notable es quizás el de Enrique VIII, quien no pudiendo hallar en la ortodoxia católica aprobación para sus caprichos monárquicos y sus extravagancias maritales, inició la Reforma, que dio origen a la iglesia Anglicana, de la cual se autoproclamó cabeza.

A partir de entonces empezó a florecer una suerte de cristianismo a la carta, que toma del Vaticano solo lo que le apetece, de modo que la interpretación libre de las Escrituras permita ajustar la oferta a la manera más práctica y atractiva en función de las demandas espirituales de los feligreses, dado su contexto de lugar y tiempo. Las iglesias y sectas descoyuntadas de la autoridad Papal han ganado así popularidad en Occidente, pues tranquilizan la conciencia de muchos ofreciendo la salvación de las almas sin necesidad de recordarles ciertos compromisos y enseñanzas incómodos o incomprensibles para el gusto de la civilización contemporánea, donde hasta en lo espiritual reinan las modas y prevalecen las estadísticas.

Por esta vía hemos llegado a planteamientos tan incompatibles como el que ve en la abundancia con que Dios premió a Abraham la mayor dimensión del favor divino, y convierte hasta el culto religioso en mercancía, y su exacto opuesto, que olvidando la parábola de la explotación de los talentos y la exigencia de la multiplicación de los dones, la emprendió sistemáticamente contra el crecimiento empresarial, como si la opción preferencial por los pobres implicara que todos deban serlo. Eso sí, ambas tienen en común servir a intereses mundanos de espaldas a Roma.