Ecuador. sábado 16 de diciembre de 2017
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Informalidad

Juan Jacobo Velasco
Santiago de Chile, Chile

El empleo informal (EI) ha seguido un largo camino conceptual. En su inicio, el paradigma soñado era transitar desde el EI a una dinámica de creación de empleo formal (EF) más estable, de ingresos superiores y con relaciones laborales claras, producto del crecimiento del autoabastecimiento a través de la industrialización. Empero, la industrialización fue limitada al igual que la expansión del empleo asalariado. Entonces se comenzó a hablar de un problema estructural. En América Latina, el Programa de Empleo para la región (PREALC) generó un potente marco teórico para medir la informalidad. Sus hallazgos recalcaban las presunciones: el EI era mayor al EF y tenía baja productividad, concentración geográfica en núcleos pobres y malas condiciones laborales y de ingresos.

Juan Jacobo Velasco
Santiago de Chile, Chile


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El empleo informal (EI) ha seguido un largo camino conceptual. En su inicio, el paradigma soñado era transitar desde el EI a una dinámica de creación de empleo formal (EF) más estable, de ingresos superiores y con relaciones laborales claras, producto del crecimiento del autoabastecimiento a través de la industrialización. Empero, la industrialización fue limitada al igual que la expansión del empleo asalariado. Entonces se comenzó a hablar de un problema estructural. En América Latina, el Programa de Empleo para la región (PREALC) generó un potente marco teórico para medir la informalidad. Sus hallazgos recalcaban las presunciones: el EI era mayor al EF y tenía baja productividad, concentración geográfica en núcleos pobres y malas condiciones laborales y de ingresos.

La opción de PREALC, dado que se trataba de un problema estructural, era reforzar las capacidades de producción y eslabonamiento del EI con el EF, a través de mecanismos de financiación de bienes de capital, de asociatividad y de capacitación, en los que el Estado ocupaba un rol fundamental.

En la orilla liberal, con Hernando de Soto a la cabeza, se veía a la informalidad como una respuesta de mercado, que evitaba la maraña de impuestos y regulaciones que entrababa la producción formal. La solución radicaba en destrabar (o liberalizar) las relaciones laborales, de manera que pudiera facilitarse el tránsito entre los EI y EF. Finalmente, en 2003 la OIT comenzó a ampliar la discusión al instalar el concepto de empleo en la economía informal, que además del EI incorpora los trabajos precarios en el EF, como los asalariados que no tienen aportes jubilatorios o gozan de condiciones contractuales límite, fenómenos que crecieron desde la década pasada.

Estos debates han permitido llegar a ciertos consensos: el EI es un fenómeno que también atañe al sector formal porque se relaciona a condiciones precarias de empleo; el objetivo es el apoyo a mejorar las condiciones del EI, sea por el lado institucional como con herramientas que ayuden a mejorar su producción; el nuevo enfoque que se le quiere dar al EI se abre en un contexto inédito tanto a nivel de América Latina en su conjunto como en la mayoría de países en lo individual, cuando en la última década por primera vez desde los ochentas se generaron empleos de manera significativa (la tasa de desempleo regional llegó a los niveles de mediados de los noventas, antes de la crisis mexicana) y estos nuevos puestos de trabajo fueron en su mayoría EF y es por eso que se vuelve cada vez más relevante buscar los nichos de EI en el sector formal. Ya sea por factores institucionales, como las reformas tributarias que estaban enfocadas en la formalización de las relaciones de producción, como por las iniciativas de universalización de la cobertura de seguridad social, el nuevo paradigma supone un cambio de visión y un enfoque más integrado entre la política pública sociolaboral y productiva, como de las iniciativas privadas.

* El texto de Juan Jacobo Velasco ha sido publicado originalmente en HOY.