Ecuador. lunes 18 de diciembre de 2017
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No callarás

Juan Jacobo Velasco
Santiago de Chile, Chile

Si hubiera un decálogo periodístico, el “no callarás” sería un mandamiento fundamental. Incluso, por economía de medios, en él se podría sintetizar la esencia del periodismo. Informar es hablar. Informar es indagar para hablar de todo. Informar es indagar, a través de la contrastación y las preguntas, para hablar de todo lo que ocurre en un país y en el mundo, desde las eventualidades más cotidianas de las calles y hogares, a las complejas que se entretejen (y muchas veces se esconden) en los extramuros del poder.

Juan Jacobo Velasco
Santiago de Chile, Chile


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Si hubiera un decálogo periodístico, el “no callarás” sería un mandamiento fundamental. Incluso, por economía de medios, en él se podría sintetizar la esencia del periodismo. Informar es hablar. Informar es indagar para hablar de todo. Informar es indagar, a través de la contrastación y las preguntas, para hablar de todo lo que ocurre en un país y en el mundo, desde las eventualidades más cotidianas de las calles y hogares, a las complejas que se entretejen (y muchas veces se esconden) en los extramuros del poder. En el hablar puede haber errores de fondo y de forma, inexactitudes y falta de prolijidad, que ciertamente socavan la claridad y veracidad de la información y el mensajero, pero no puede faltar un espíritu crítico (y autocrítico) de búsqueda permanente de la verdad, que configura la idea de un buen periodismo. El no callarse, con todas sus limitaciones, siempre es preferible, como ejercicio de búsqueda de una aproximación a la naturaleza de las cosas –de todas las cosas-, a la opción del silencio.

Tengo la impresión de que con la Ley de Comunicación, el poder político en el Ecuador –y no me refiero solo al Gobierno y a nuestra bienaventurada revolución ciudadana- se anotó el triunfo más importante, borrándole el “no” al mandamiento. Cualquiera, a partir de ahora, determinará las características del bozal institucional que amordazará a la prensa. Dependerá de un censor institucional (la Superintendencia de Medios) medir, desde su libre albedrío e interpretación, conceptos tan interesantes como el del linchamiento mediático. Lo llamativo de esta idea en particular –aporte indiscutible de nuestra revolución- será su definición jurídica y probatoria. ¿Bastará con una pedrada de la prensa? ¿Con dos, tres, cinco? ¿Con la repetición corifea de otros medios? ¿Y qué pasa con las sabatinas, las cadenas nacionales y los encabezados en la corporación mediática estatal cuando reproducen la furia gubernamental contra cualquier persona o institución que se atraviesa en su campo visual, conformando ya no un linchamiento, sino una horrenda vejación mediática? ¿Será causal de investigación y sanción?

Lo terrible de la Ley y la institucionalidad inherente es que, más allá de este Gobierno, se convierte en un arma funcional al poder. Y como ocurría con la Ley heredada de la dictadura, es de las pocas cosas que el poder político no revertirá en el futuro, pues le garantiza capacidad coercitiva y le facilita la impunidad. Este bozal se adecua a la fuerza y saña que el dueño del poder quiera aplicar. Pero hay algo en la esencia del periodismo –y de las sociedades que tienen una idea y práctica de la democracia- que logra imponer su voz, sin importar cuán amordazada, silenciada o distorsionada por los bozales se encuentre. La verdad de los hechos es un hilo de voz que requiere un compromiso por reproducirla. El periodismo –el buen periodismo- es el que se juega la vida por ese compromiso. Optando por no callar. Siempre.