Ecuador. lunes 18 de diciembre de 2017
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Lampedusa, Ciudad Juárez

Joaquín Hernández
Guayaquil, Ecuador

El Papa Francisco I va a Lampedusa. Es su primer viaje fuera del Vaticano. No es una visita de jefe de Estado ni está en juego ninguna soberanía estatal. Ningún séquito. Va a rendir tributo, -¿por qué no a llorar?-, ante una de las tragedias del mundo contemporáneo más importantes, por cierto, que los señores Snowden, Assange y los juegos pirotécnicos de una confrontación que al final no aparece por ninguna parte mientras los verdaderos “condenados de la tierra” -la frase es de Fanon ciertamente-, pagan en silencio su tributo por no ser espías, ingenieros informáticos, denunciantes o simplemente hombres de poder.

Joaquín Hernández
Guayaquil, Ecuador


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El Papa Francisco I va a Lampedusa. Es su primer viaje fuera del Vaticano. No es una visita de jefe de Estado ni está en juego ninguna soberanía estatal. Ningún séquito. Va a rendir tributo, -¿por qué no a llorar?-, ante una de las tragedias del mundo contemporáneo más importantes, por cierto, que los señores Snowden, Assange y los juegos pirotécnicos de una confrontación que al final no aparece por ninguna parte mientras los verdaderos “condenados de la tierra” -la frase es de Fanon ciertamente-, pagan en silencio su tributo por no ser espías, ingenieros informáticos, denunciantes o simplemente hombres de poder.

¿Contribuyen esas estrellas de lo inmediato a despertar a una “sociedad anestesiada, acostumbrada al sufrimiento de los demás” que se embebe en polémicas que no terminan en nada mientras, al mismo tiempo, en todas partes perecen, malamente, inocentes que no merecen ninguna atención? Solo tienen la vida.

“¿Quién de nosotros ha llorado por la muerte de estos hermanos y hermanas, de todos aquellos que viajaban sobre las barcas, por las jóvenes madres que llevaban a sus hijos, por estos hombres que buscaban cualquier cosa para mantener a sus familias? Somos una sociedad que ha perdido la experiencia del llanto” dijo Francisco en una de sus últimas homilías.

Desde 1990 han perdido la vida 9 000 personas en el canal de Sicilia. 2 700 durante el conflicto de Libia en 2011. Todos los días se embarcan en el “tren de la muerte” centroamericanos y sudamericanos unidos por la misma desesperación, condenados también a un horrible destino pero incapaces de seguir viviendo en sus países de origen. En Ciudad Juárez, uno de los puntos rojos de la terrible frontera mueren también mujeres y hombres, asesinados sin piedad, seres que tienen un rostro, un nombre, una historia.

El senado de los EEUU acaba de aprobar una reforma a la ley de inmigración. Implica la legalización de más de 11 millones de indocumentados. Pero hace de la frontera común una verdadera fortaleza militarizada. No será fácil para la mayoría de los 11 millones de latinoamericanos regularizar su situación. Pero está abierto el camino. Los que quieran llegar ahora afrontarán suplicios mayores que ellos. Y seguirán llegando y, la mayor parte, muriendo o sufriendo penalidades espantosas.

Muchos países de América Latina se han preocupado de Snowden. Parecería que algo grande está en juego. Esa es la condición posmoderna: el simulacro permanente. “La ilusión por lo insignificante, por lo provisional, nos lleva hacia la indiferencia hacia los otros, nos lleva a la globalización de la indiferencia”. Nadie dice nada sobre esta reforma del senado de los EEUU para los 11 millones de indocumentados. Son anónimos para los grandes titulares, para las entrevistas de expertos, para las declaraciones retóricas.

“Te pedimos por tanta indiferencia hacia los demás, por quien se ha acomodado, por quien se ha encerrado en el propio bienestar. Te pedimos ayuda para llorar por nuestra indiferencia, por la crueldad que hay en el mundo…”.

* El texto de Joaquín Hernández ha sido publicado originalmente en el diario HOY.