Ecuador. viernes 15 de diciembre de 2017
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La banalidad del mal

Jesús Ruiz Nestosa
Salamanca, España

“Lo sorprendente es la enorme brecha que existió entre la mediocridad de los protagonistas y el desmesurado mal que hicieron” es uno de los tantos intentos de la filósofa judeo-alemana Hannah Arendt (Hannover, 1906 – Nueva York, 1975), una de las pensadoras más notables del pasado siglo, para tratar de encontrarle una explicación al nazismo y el Holocausto. Su nombre se hizo conocido para el público cuando la revista norteamericana “The New Yorker” la envió a Israel como periodista con la misión de escribir sobre el juicio que se le siguió allí al criminal nazi Adolf Eichmann en 1961, después de que los servicios secretos israelíes lo secuestraran de Buenos Aires.

Jesús Ruiz Nestosa
Salamanca, España


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“Lo sorprendente es la enorme brecha que existió entre la mediocridad de los protagonistas y el desmesurado mal que hicieron” es uno de los tantos intentos de la filósofa judeo-alemana Hannah Arendt (Hannover, 1906 – Nueva York, 1975), una de las pensadoras más notables del pasado siglo, para tratar de encontrarle una explicación al nazismo y el Holocausto. Su nombre se hizo conocido para el público cuando la revista norteamericana “The New Yorker” la envió a Israel como periodista con la misión de escribir sobre el juicio que se le siguió allí al criminal nazi Adolf Eichmann en 1961, después de que los servicios secretos israelíes lo secuestraran de Buenos Aires. Los artículos fueron reunidos y ampliados luego para ser publicados en forma de libro: “Eichmann en Jerusalén (La banalidad del mal)”, que apareció en inglés aquel mismo año. Existe traducción al castellano con este nombre (Editorial Debolsillo, Barcelona, 1999).

Se acaba de estrenar la película que la realizadora alemana Margarethe von Trotta le ha dedicado a esta filósofa que, lejos de ser una biografía, se centra en el juicio a Eichmann, los artículos que ella escribió y, sobre todo, en el enorme escándalo que produjo su publicación, pues ni aquellos ni el libro posterior reflejaban lo que el público, no solo los judíos, querían escuchar. Incluso ella quedó sorprendida ante las declaraciones que hacía el acusado desde el interior de una cabina de cristal a prueba de balas, puesta en el centro de la sala del tribunal. Aunque el tema le quedó grande a Trotta y no pudo llegar a la humanidad de Arendt, que resultó un tanto acartonada, sí fue un acierto de cómo presentó las sesiones del juicio a través de películas documentales en blanco y negro y la forma en que ellas se integran al resto de la película. Además, la voz del acusado sirve como monótono sonido de fondo dando sus explicaciones como interminable letanía.

Dos fueron los “errores” que cometió Arendt para despertar la ira de sus lectores. Se detuvo en un tema que hasta entonces se prefería pasar a su lado de puntillas, para no airearlo: la colaboración que prestaron algunos líderes judíos a la política de “la solución final” como bautizaron los nazis al genocidio judío. Los críticos negaron que tal cosa hubiera existido a pesar que en la película se recogen declaraciones de algunos de aquellos colaboracionistas que fueron insultados por los asistentes.

El segundo “error”: consideró a Eichmann una persona absolutamente normal, un burócrata al igual que cientos que se limitaron a realizar su trabajo –montar toda la infraestructura para que los judíos fueran enviados por miles a los campos de exterminio– de la manera más eficiente posible. Cuando se esperaba que Eichmann fuera considerado como una suerte de aborto de la naturaleza, Hannah Arendt les dijo: no. “Y otro [psiquiatra] consideró que los rasgos psicológicos de Eichmann, su actitud hacia su esposa, hijos, padre y madre, hermanos, hermanas y amigos, era ‘no solo normal, sino ejemplar” (p. 46). Hubiera sido más tranquilizador lo de hombre monstruo, pues su reaparición sería más difícil.

Abriendo las puertas de la normalidad al mal –y he aquí cuando ella habla de una frase que se volvió famosa: la banalidad del mal–, se establece la posibilidad que la historia se repita. Décadas después, las guerras de “limpieza étnica” en la antigua Yugoslavia, en Macedonia y extensas regiones de África le darían la razón que entonces se la negaron.

Cuando el claustro de profesores de la Universidad Columbia de Nueva York le pidió su renuncia debido al escándalo desatado por sus publicaciones, ella respondió con una clase magistral en la que explicó cómo puede actuar un hombre que ha renunciado a su facultad de pensar porque se la entregó a otra persona que piensa por él, y cómo es capaz de cometer los más espantosos crímenes y no sentir haber hecho nada malo porque él se limitó a cumplir con su deber, cumplió según el principio de la obediencia debida. Si bien la película no menciona su rica bibliografía (“Sobre la revolución”, “Sobre la violencia”, “Los orígenes del autoritarismo”, etcétera), al menos puede servir para despertar la curiosidad de muchos y regresar a su obra.

* Jesús Ruiz Nestosa es periodista y escritor paraguayo. Su texto ha sido publicado originalmente en el diario paraguayo ABC, el 12 de julio de 2013, bajo el título de “Eichmann en Jerusalén”.