Ecuador. domingo 10 de diciembre de 2017
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Soleá por blues

Bernardo Tobar Carrión
Quito, Ecuador

Con la cara sombreada de lamento, esculpida a golpes del destino, cruzada por un gesto de dolor por existir, una mujer con 70 y largos años sube al escenario y recibe el micrófono como si se tratara de una posta al Cielo. Se le ilumina el rostro y un no se qué transforma su mueca sufrida en la expresión más acabada de la alegría de vivir; el corazón le late al compás del bajo, cuya vibración es la suya. Ahora se contonea, en medio del cortejo de acordes, vive, gobierna, hipnotiza. Ha hecho arte de su grito reprimido; la dureza le ha templado las cuerdas de la voz; retenerla a punto de llanto, rebelde, le ha dado ese color que no es técnica, ni ensayo, ni solfeo de conservatorio.

Bernardo Tobar Carrión
Quito, Ecuador


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Con la cara sombreada de lamento, esculpida a golpes del destino, cruzada por un gesto de dolor por existir, una mujer con 70 y largos años sube al escenario y recibe el micrófono como si se tratara de una posta al Cielo. Se le ilumina el rostro y un no se qué transforma su mueca sufrida en la expresión más acabada de la alegría de vivir; el corazón le late al compás del bajo, cuya vibración es la suya. Ahora se contonea, en medio del cortejo de acordes, vive, gobierna, hipnotiza. Ha hecho arte de su grito reprimido; la dureza le ha templado las cuerdas de la voz; retenerla a punto de llanto, rebelde, le ha dado ese color que no es técnica, ni ensayo, ni solfeo de conservatorio.

Es vibración de historia, con los desgarros, falsetas y contrastes que imprimen los calores sofocantes del mediodía, seguidos de los fríos glaciales de la discriminación, sin abrigo, instructor ni más nota que un día más de sobrevivencia. Es el canto sin pasaporte de tabloide ni gancho de masas, del que no se vive, pues se vive para el canto. Cobran poco o nada por cantar, pero pueden morir si no lo hacen. En el Norte, el blues es catarsis de los afroamericanos.

Se rompe la sexta cuerda de la primera guitarra, la melódica, que el guitarrista no para de tocar mientras la encuerda con tanta naturalidad que su maniobra hubiese pasado por una variante inusual para arrancarle música, a no ser por una herramienta templadora que aparece por breves segundos, delatando la anormalidad de la estampa y el suceso que la hizo necesaria. Y la música sigue, con los acentos que al arte añaden las habilidades mecánicas para arreglar y afinar sobre la marcha los instrumentos que se quejan a mitad de la ejecución. Todo es parte de exhalar música como si fuera el aire que se respira.

Y junto a la tarima, gente vestida en código de blues, es decir, de cualquier manera, a su manera; nadie acude a ver ni a ser visto, porque el boliche que vio reinar B.B. King, a Buddy Guy, a Eric Clapton, a Hooker, a Ray Charles, es inmune a la moda y al paso del tiempo, el estilo está bajo la piel y las parejas, capturadas por el ritmo de cadencia irresistible, bailan dejando en el aire lazos tan sensuales como en el tango -sí, el blues se baila-, y tan a compás como una soleá flamenca, como una solea por bulerías, por blues… Que el tango también se crió en el arrabal, de la mano de los fracasados -el éxito tiene algo de vulgar, como dice Sábato a través de uno de sus personajes-, hasta que Gardel lo transformó en marca país.

Y el cante ritual, profundo y estremecedor, con que los gitanos expresan su trashumancia desde la India hasta los puertos de Cádiz, sin más instrumento, si tal es la suerte del día, que una fragua, un martinete, o los pies si la percusión ha de fundirse con el baile, comunica también esa leyenda de traspatio, la que se omite en los textos convencionales. Chicago o el Albaicín, todos los días del año.

Son géneros raciales, pero sin nacionalidad, universales. No recomendables para turistas, porque quien no lleva el blues o el soniquete, no se aventura; y quien lo lleva, pertenece allí como cualquiera.

* El texto de Bernardo Tobar ha sido publicado originalmente en el diario HOY.