Ecuador. domingo 17 de diciembre de 2017
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¿Colegas enemigos?

Joaquín Hernández
Guayaquil, Ecuador

El reciente artículo de Enrique Krauze “Intelectuales contra la Intelligentsia” suscita inquietudes y alimenta malentendidos. Es el problema de los artículos que analizan a vuelo de satélite problemas complejos y se agotan en sacar conclusiones más o menos brillantes, más o menos generales, a costa de eliminar el paciente tejido de la historia.

Joaquín Hernández
Guayaquil, Ecuador


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El reciente artículo de Enrique Krauze “Intelectuales contra la Intelligentsia” suscita inquietudes y alimenta malentendidos. Es el problema de los artículos que analizan a vuelo de satélite problemas complejos y se agotan en sacar conclusiones más o menos brillantes, más o menos generales, a costa de eliminar el paciente tejido de la historia.

A propósito de Gabriel Zaid, Krauze retoma su tesis de que los legítimos representantes del saber en la historia latinoamericana habrían sido los escritores y las revistas (no indexadas para decirlo en una palabra de moda) sin precisar nombres por cierto. Sin embargo, este monopolio ilustrado se habría resquebrajado desde hace algunas décadas por la acción de los académicos universitarios que no estarían interesados en el saber sino en las “credenciales de saber…para acceder al poder”. De acuerdo a esta visión un poco idílica y bastante maniquea, serían entonces los escritores que vivieron antes de estos académicos, quienes habrían creado sus grandes obras no contaminadas por la relación saber-poder. Curioso olvido del mundo real en que vivieron los escritores en el siglo XIX y comienzos del XX, para poner algún límite cronológico que Krauze no hace, y que está registrado en, por ejemplo, La ciudad letrada de Angel Rama de tanta significación para el estudio de los intelectuales en América Latina.

O más simplemente releer los magníficos artículos de los escritores de la revista Sur, nada académicos como Borges, Bioy Casares o las hermanas Ocampo, que cuestionaron duramente la legitimidad del peronismo durante su primera etapa sobre todo y que hasta hoy son recordados, con ira y rencor, por haberse opuesto al Líder. No está de más recordar que los “académicos de duro corazón” como llamaba indignado el peronista Arturo Jauretche a Borges y a los articulistas de Sur no tenía nada que ver con los académicos de Zaid.

Para mostrar la validez de la tesis de Zaid, Krauze recuerda los enfrentamientos de la guerra civil salvadoreña y nicaragüense, reduciendo esos sangrientos conflictos a guerras entre universitarios. Olvido completo del contexto de las guerras de finales del último período de la guerra fría que comenzaron en los cincuenta y se extendieron hasta casi los años noventa. Imprecisiones lamentables en un historiador que habla del influjo de “religiosos medioevales que quisieron imponer su maqueta monástica a la sociedad”, cuando los únicos religiosos que existieron fueron producto de la Modernidad sin ningún sabor monástico. Y, last but non least, la falta de un análisis de lo que significaron los Acuerdos de Paz a la vez que la composición variada de los grupos que participaron en dichas guerras: desde demócratas hasta maoístas por un lado, desde conservadores hasta demócratas cristianos por otra.

El análisis de Krauze/Zaid desilusiona. Es el pago por ofrecer síntesis cerradas de la historia, adornadas por grandes conclusiones que desconocen el duro trabajo del detalle.

* Texto publicado originalmente en el diario HOY.