Ecuador. domingo 17 de diciembre de 2017
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Coleccionistas

Juan Jacobo Velasco
Manchester, Reino Unido

Los coleccionistas de tomo y lomo deben ser personas muy peculiares, obsesivas, agudas, constantes. Amparadas en un anhelo, se golpean contra el cristal inabarcable del universo que quieren recrear. O, derechamente, reproducir para disponer de él. No importa cuán imposible sea la tarea, su fijación les marca un norte que no se detiene en detalles ni en la distancia que muestra la realidad cotidiana, que puede ser aclaratoria de que lo que se constituyó en un inicio como afición luego derivó en un juego adictivo que no conoce fin.

Juan Jacobo Velasco
Manchester, Reino Unido


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Los coleccionistas de tomo y lomo deben ser personas muy peculiares, obsesivas, agudas, constantes. Amparadas en un anhelo, se golpean contra el cristal inabarcable del universo que quieren recrear. O, derechamente, reproducir para disponer de él. No importa cuán imposible sea la tarea, su fijación les marca un norte que no se detiene en detalles ni en la distancia que muestra la realidad cotidiana, que puede ser aclaratoria de que lo que se constituyó en un inicio como afición luego derivó en un juego adictivo que no conoce fin.

El rasgo obsesivo del coleccionista extremo le saltó como un mono selvático a V, tras leer El museo de la inocencia, de Orhan Pamuk, y recordar a El coleccionista, de John Fowles. Las dos novelas son geniales cuando describen los entresijos de una fijación que alcanza derivas notables. Los dos libros también hablan del deseo de posesión, desde algo parecido al amor. Porque puede que El museo de la inocencia sea una historia narrada en clave romántica, y que parezca una hermosa descripción de la pasión amorosa de un personaje, pero, me parece, es más cercana al libro de Fowles en tanto funciona como un retrato de la siquis del obseso, que confunde el amor con la posesión total del sujeto-objeto al que le dedica tiempo y observación absolutos, al punto de dejar atrás incluso la vida personal en aras de imbricarse con su “amada”.

Y es que entre el sicópata que rapta a una chica para compartir con ella en la campiña inglesa, con la esperanza de que lo conozca y lo ame (Fowles), y el primo rico que va a visitar durante años a su amada -quien vive en un barrio pobre de Estambul- como una prueba de amor, cena en la casa de la familia de la chica casi todas las noches y roba todas cosas que ella ha usado (Pamuk), si bien media una atmósfera distinta (thriller sicológico versus nostalgia romántica) el resultado paralelo es la muerte del sujeto-objeto de la obsesión. A diferencia de la novela del turco, que está escrita como monólogo pero da cuenta de la asfixia que de a poco siente la protagonista, quien a la poste se suicida, en el libro de Fowles la víctima del rapto cuenta su visión de las cosas, sus ganas de escapar del cautiverio, la relación de poder que existe entre rehén y captor, y es víctima fatal del desenlace propio que genera la búsqueda de libertad.

Independiente del tono de la historia, las personas que son objeto de una obsesión terminan asfixiadas. Este mensaje retumba en la cabeza de V cuando piensa que el poder es en sí mismo un poderoso objeto del deseo. Ciertos políticos de a poco van acumulando instituciones, ciudades, países, como piezas de una gran colección. El perfil obsesivo les impide ver o escuchar más allá de sus propios intereses, de lo que en su cabeza retumba como discurso que legitima sus decisiones. De a poco, lo que comenzó como un juego, se convierte en una razón de vivir. Y el aire se enrarece, como ocurre en cualquier espacio cerrado en el que se acumulan colecciones.