Ecuador. sábado 16 de diciembre de 2017
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Las campanas de la Compañía

Miguel Molina Díaz
Barcelona, España

Era una mañana clara y soleada cuando mi abuela me llevó a la Iglesia de la Compañía de Jesús en Quito y tomamos el tur guiado para conocer sus interiores. Ya había vencido el terror que de niño sentía por el cuadro del infierno. Por el contrario, las paredes bañadas en pan de oro y los detalles barrocos me conmovían al punto de despertar en mí obsesión por esa iglesia y, gracias a ella, por mi ciudad.

Miguel Molina Díaz
Barcelona, España


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Era una mañana clara y soleada cuando mi abuela me llevó a la Iglesia de la Compañía de Jesús en Quito y tomamos el tur guiado para conocer sus interiores. Ya había vencido el terror que de niño sentía por el cuadro del infierno. Por el contrario, las paredes bañadas en pan de oro y los detalles barrocos me conmovían al punto de despertar en mí obsesión por esa iglesia y, gracias a ella, por mi ciudad.

Cuando algunos clérigos quiteños se comprometieron con el proyecto americano las campanas de la Compañía fueron fundidas y convertidas en balas y municiones. Con esas armas los patriotas se enfrentaron al yugo español durante las batallas independentistas. Muchos años después, en la primera mitad del siglo XX, los hermanos Jesuitas decidieron mandar a elaborar campanas que sustituyan a aquellas que habían luchado en las batallas más importantes de nuestra historia. El día que ingresé junto a mi abuela a la sala en donde se exhiben esas campanas, que son réplicas de las originales, encontramos sobre el hierro el nombre del artesano que las elaboró: A. Caviedes.

No existen registros, según los artículos de prensa que encontré, que puedan arrojar datos biográficos sobre este genial y olvidado artesano. Sin embargo, yo lo conocí. Se llamaba Alfonso Caviedes y era mi bisabuelo por adopción. Yo lo adopté como tal. Fue el compañero de toda la vida de mi bisabuela Laly y el padre de mis tíos abuelos. Por eso, el día que encontré su nombre en las campanas de la iglesia más fascinante de mi ciudad y una de las más representativas de América, me pude sentir orgulloso de un origen que más allá de la sangre es absolutamente mío.

Los bisnietos de Laly lo llamábamos Alfonsito. Vivían en un Cumbayá rural, tranquilo y maravilloso del cual no quedan rastros. Su casa era agradable. Si mi memoria no me falla convirtieron su pequeño jardín en una especie de huerto y Alfonsito usaba un largo palo, confeccionado por él mismo, para bajar los aguacates del gigantesco árbol cuya sombra cubría la casa.

Su voz había casi desaparecido por el trabajo con el metal. Se le escuchaba poco. Tuvo dos obsesiones en la vida: su familia y su trabajo. Había heredado de su padre un taller en el que fabricaban trapiches artesanales para moler la caña de azúcar. Por eso estaba totalmente familiarizado con la metalurgia. Alguna vez oí que usaba los motores inservibles de carros dados de baja para hacer los trapiches. Los compraban a los mecánicos de Quito. Cuando yo lo conocí ya había cerrado su taller. Quedaba, según pude averiguar, en la calle Bogotá.

Era, literalmente, uno de esos hombres de los que ya no hay. Un caballero en todo el sentido de la palabra. No tuvo estudios pero manejaba perfectamente las matemáticas y la lógica. Dominaba la ortografía y la gramática. En alguna ocasión me dijo que su secreto para vivir más de noventa años era comer 4 huevos diarios. Para los insomnios me recomendó tomarme una copa de vino antes de acostarme. Por su avanzada edad él y Laly tuvieron que ir a vivir a la casa de mi abuela. En una ocasión hubo una fiesta y, mientras Laly se quejaba del ruido, Alfonsito pedía que lo sacaran a bailar.

Creo que su carácter jovial contrastaba con los nervios de mi bisabuela, sin embargo, no he vuelto a ver una capacidad tan grande de amar a una mujer. No podía pasar un minuto sin que Alfonsito esté pendiente de ella. Y tal vez por esa incapacidad que tenía de sentirla lejos se fue primero, el 31 de marzo del 2005. Murió mientras conversaba con su hijo. Su última voluntad fue que se lo velara con banda de pueblo. Con ello intentaba asegurarse de que no se lo despediría con tristeza. Así lo hicimos pero la tristeza no se pudo evitar.

He recordado a este artesano de trapiches ahora que mi ciudad está festejando sus fiestas de fundación. Pensar en Quito es triste. En dos meses asistiremos a unas elecciones que podrían prorrogar por cuatro años más ésta súbdita administración municipal que ha silenciado la voz de la ciudad y la ha conducido hacia un vergonzoso letargo cómodo. Pero recordar al bisabuelo que adopté, su integridad y las campanas de la Compañía me hace recuperar la ilusión por Quito. En las religiones sintoístas y budistas se utiliza las campanas esféricas Suzu, cuyo significado es ‘refrescante’, para iniciar las ceremonias. Ellos ven en las campanas una capacidad purificadora y sanadora del espíritu. Y ese, precisamente, es el efecto me provoca el recuerdo de mis bisabuelos cuando pienso en Quito. Son como campanas que suenan y resuenan.