Ecuador. miércoles 13 de diciembre de 2017
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La importancia de ver telenovelas a tiempo

Víctor Cabezas
Quito, Ecuador

Vivimos en Latinoamérica, una región profundamente escandalosa donde la política se cuaja, a mi parecer, con los más profundos argumentos melodramáticos de  las telenovelas, una región donde el escándalo, los enfrentamientos, los descalificativos y demás juegos del lenguaje son protagonistas en la arena y coyuntura político-social.

Víctor Cabezas

Víctor Cabezas
Quito, Ecuador


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Vivimos en Latinoamérica, una región profundamente escandalosa donde la política se cuaja, a mi parecer, con los más profundos argumentos melodramáticos de  las telenovelas, una región donde el escándalo, los enfrentamientos, los descalificativos y demás juegos del lenguaje son protagonistas en la arena y coyuntura político-social.

Quien se considere latino y no haya percibido las sensaciones que emanan las telenovelas mexicanas, brasileras o colombianas, a mi juicio, debería encender el televisor y contagiarse de un poco de esa banal y frívola masa de gritos, risas, besos, caricias y pasiones; todas en búsqueda de algo común, la fascinación y el entretenimiento del público, quien quiera entender política en nuestra adorada región que encienda el televisor y vea:

Un padre abnegado, muy autoritario, con gran poder y con un recio carácter decide dejar el trono de su empresa para dejárselo a su hijo predilecto, a quien siempre confió las operaciones más importantes, el que nunca le podía fallar, ese arquetipo de “hijo pródigo”. El padre le dio su apoyo en el proceso para asumir el trono,  el hijo lo ganó y poco a poco fue tomando un rumbo distinto al del padre, se amistó con sus enemigos y promovió una política de gobierno muy autóctona e independiente. El padre se enfureció y arremetió continuamente contra el hijo, hoy ambos se enfrentan.  ¿De quien hablamos? Exacto, el caso Santos-Uribe.

El chico guapo del medio; Gobernador, Diputado, Secretario de Finanzas, entre otros cargos públicos desempeñados con un extraño nivel de súper-aparición en cámaras y shows televisivos, casado con una famosa actriz de telenovelas, llega a la Presidencia prometiendo a las mujeres de su país que hará lo posible por tener   “mejores telenovelas para el electorado femenino”, un político que sigue la lógica y el juego de las relaciones televisivas como máximo ente directriz de campaña. ¿A quien nos referimos? Enrique Peña Nieto, actual Presidente Mexicano.<

Esperaba durante largas horas en la autopista hasta que algún pasajero de los buses que presurosos pasaban, tirara algún retazo de comida, cáscara o envoltura, lo que fuera serviría para llenar el estómago; vivió en la extrema pobreza y en medio de una crisis social estuvo en el lugar y momento correctos, con gran liderazgo y carisma llego al poder para vengar a los ultrajados, olvidados y menospreciados a costa de lo que sea; su discurso era recurrente “nos explotaron, ahora estamos nosotros para explotar” llegó al poder para hacer la “justicia” y de paso recordar los males del pasado que como siempre en política “nunca volverá”, y con la hoja de coca en mano llegó a la Presidencia para quedarse. ¿De quien hablamos? Precisamente, Evo Morales hoy presidente de Bolivia.

Faltan casos, faltan muchos gritos, exaltaciones y exhibiciones en esta breve y humilde radiografía; al principio hablamos de cómo el fin de la novela es hipnotizar, entretener y fascinar, es muy curioso como estas historias están hechas de tal manera que logran  el mismo fin del melodrama, logran que los ciudadanos sintamos repulsión por el pasado, tranquilidad por el presente y sobre todo la frívola y mezquina esperanza de un final feliz. ¿En que medida somos simples observadores de un espectáculo? ¿Por qué esto ha llegado a ser una condición de la política latina?