Ecuador. martes 12 de diciembre de 2017
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Un Rajá, un loro, blasfemia, el 30S

Álvaro Alemán
Quito, Ecuador

Este 30 de septiembre—cumpleaños de mi hermana—se celebró, por quinto año consecutivo el día internacional del derecho a la blasfemia.

Álvaro Alemán

Álvaro Alemán
Quito, Ecuador


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Este 30 de septiembre—cumpleaños de mi hermana—se celebró, por quinto año consecutivo el día internacional del derecho a la blasfemia. La conmemoración fue lanzado por el Centro para la reflexión (Center for Inquiry), una organización que postula que “para oponerse y suplantar los relatos mitológicos del pasado y los dogmas del presente, el mundo necesita una institución dedicada a la promoción de la ciencia, de la razón, de la libertad de pensamiento junto con valores humanistas”. El día se ha convertido en una forma de resaltar el encarcelamiento, la tortura y asesinato en el mundo de personas que denuncian la religión en su conjunto o ciertas prácticas o figuras religiosas en particular . La elección del día fue con motivo de la conmemoración de la controversia de caricaturas publicadas en el diario Jyllands-Posten.

La blasfemia de unos, por supuesto, es la libertad de expresión de otros; sin embargo existen en el planeta numerosos gobiernos (7 en particular) en donde ser ateo puede significar la pena de muerte, mientras que otros Estados castigan la apostasía, ambas formas de blasfemia.   El derecho a la blasfemia es válido para combatir estados con poderes omnímodos que emplean sus propias leyes en contra de la blasfemia para bloquear todo intento de cuestionar sus poderes y actos, muchos de ellos, demostrablemente corruptos. El derecho a la blasfemia se opone a la intimidación y la violencia de los creyentes en contra de las minorías. En 2012 por ejemplo, un hombre saudita de 23 años, Hamza Kashgari escribió en Twitter que mientras veía en Mahoma una figura devocional, personalmente no creía en la divinidad del profeta. En pocas horas este hombre enfrentó agitación social que le obligó a salir del país. Incluso fuera de él, mientras cambiaba vuelos en Malasia, fue deportado a Arabia Saudita a enfrentar cargos que podían llevarlo a ser ejecutado. Los tres tweets de Kashgari le costaron, en suma, casi dos años en la cárcel antes de su liberación en octubre del 2013 cuando volvió a las redes sociales e incluyó en su primer mensaje un “Gracias a Dios” que denota la clara posibilidad de que su libertad se logró bajo coerción religiosa.

Las iniciativas anti blasfemas no son sin embargo, exclusivas de la teocracia, en EEUU, en este mismo mes, un joven de 14 años del estado de Pennsylvania, subió fotografías a Facebook en que simulaba un acto sexual con una estatua de Jesús. El fiscal del condado de Bedford, William Higgins acusa al adolescente de “desecrar un objeto venerado” en que éste podría enfrentar dos años de prisión en un centro de detención juvenil.

La blasfemia es así un acto, ciertamente vigoroso, inusual, vehemente; es expansivo en cuanto pone a prueba precisamente los límites de la libertad individual, pero también es una expresión de autoafirmación y de resistencia. Es precisamente, la conducta en la que incurren los adolescentes en todos los entornos que habitan; es adicionalmente, si cambiamos los términos de referencia, una manifestación que emite justamente la mejor respuesta posible dentro del proceso educativo: una postura crítica ante la realidad. Ante la blasfemia cívica o educativa hay varias respuestas posibles, junto con varias maneras de conjurar este peligro/oportunidad. El gran educador hindú (y premio nobel de literatura) Rabindranath Tagore, uno de los teóricos de la educación más interesantes y creativos del siglo XX solía contar una historia al respecto:

Un cierto Rajá tenía un loro hermoso y se convenció a sí mismo de que este debía recibir formación educativa así que llamó a todos los sabios de su imperio. Estos debatieron profusamente la metodología a emplear y sobre todo acerca de los libros de texto necesarios. “¡Los libros de texto no pueden faltar para nuestros fines!” exclamaron. El pájaro recibió una edificación bella y nueva: una jaula de oro. Los maestros enterados mostraron al Rajá los revolucionarios e innovadores métodos de instrucción que habían pensado. El método fue tan impresionante que el pájaro, a comparación, lucía ridículamente fuera de lugar. Y entonces, “Con el libro de texto en una mano y la vara de medición en la otra, los maestros doctos le dieron al pobre pájaro lo que propiamente se pueden llamar ¡lecciones!”. Un día, el ave falleció. Durante un buen tiempo, nadie se percata. Los sobrinos del Rajá reportan el hecho: Los sobrinos dicen, “Su majestad, la educación del pájaro ha terminado”.-“¿Y ahora salta?, preguntó el Rajá.-“Nunca!, dijeron los sobrinos.-“¿Y vuela?”-“No”.-”Tráiganme el pájaro” dijo el Rajá.

El ave le fue traída. . . El Rajá tanteó su cuerpo con un dedo. Solo crepitó su relleno de hojas de libros. Fuera de la ventana, el murmullo de una ráfaga veraniega entre los brotes de las hojas de asoka volvía melancólica la mañana de abril.

Vale pensar así en una educación de aulas doradas y métodos de instrucción maravillosos, importados por sabios desde el exterior; en entusiasmos patrióticos que llevan a los ciudadanos y servidores públicos al paroxismo de una represión que enfrenta la blasfemia en todas sus manifestaciones, incluso las juveniles, con inusitada violencia y fervor. En estos tiempos en donde lo sacro y lo profano se confunden cotidianamente en el Ecuador recordemos las buenas intenciones de los educadores del loro de Tagore, y en los resultados.