Ecuador. lunes 18 de diciembre de 2017
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Un discurso sobre Javier Marías y el arte de leer

Miguel Molina Díaz
Quito, Ecuador

Uno de los nombres que más escuché durante el año delirante que viví en España fue el de Javier Marías.

Miguel Molina Díaz
Quito, Ecuador


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Uno de los nombres que más escuché durante el año delirante que viví en España fue el de Javier Marías. No lo había leído. Cierto domingo, al revisar las páginas de diario El País, me encontré con su columna y me convertí en su seguidor. En esa ocasión, asqueado por las maniobras sucias del gobierno de Rajoy, Marías hacía una valiente invitación a la desobediencia civil en un texto titulado ‘La baraja rota’.

A su obra narrativa –esencial, por lo demás– no había tenido acceso hasta ahora, gracias a un grupo de señoras que me obsequiaron la última novela del novelista español para conversar con ellas sobre su contenido. Ha sido una experiencia como pocas.

Confieso que al llegar a las primeras cien páginas tuve la impresión de estar frente a un mal libro. Al avanzar cien más, sucumbí a la indignación y me pregunté cómo un escritor tan admirado puede tomar el pelo de forma tan aburrida a sus lectores. Seguí leyendo, de todos modos, para no decepcionar a las señoras del club de lectura. Después de la página 300, algo, un presentimiento, me hizo pensar que un rompecabezas se estaba armando pieza por pieza y que algo fascinante aparecería ante mis ojos.

No puedo describir la conmoción que me envolvió las últimas cien páginas, sobre todo las últimas cincuenta. Todo el libro cobró sentido y de qué forma. ‘Así empieza lo malo’ es una metáfora de España o de las dos Españas que sobrevinieron al drama de la Guerra Civil y al horror del franquismo. Marías, con la frialdad de los años, esboza lo que significó la transición hacia la democracia: un pacto entre vencedores y vencidos.

Una Ley de Amnistía perdonó los crímenes sanguinarios –a sus autores, cómplices y encubridores– que se llevaron a cabo durante esas cuatro décadas de terror. La democracia nació gracias a un acuerdo de impunidad y muchos de los beneficiarios del franquismo, de la noche a la mañana, se proclamaron demócratas incorruptibles. Incluso retroactivamente: algunos de los que combatieron por Franco dijeron que siempre fueron republicanos perseguidos. Hubo también desfachatados funcionarios del servicio exterior franquista que, una vez inaugurada la democracia, calificaron de ‘exilio’ el tiempo que representaron al dictador en el extranjero.

Javier Marías, que vivió la proscripción y el exilio de su padre, el filosofo Julián Marías, recuerda por medio de su libro que la España de hoy –políticamente convulsionada, cuyo sistema institucional no despierta sino el asco de la mayoría de los jóvenes– es el resultado de la mentira. Todo, debajo de los adoquines, es mierda y sangre.

Pero también la novela de Marías es más que una radiografía de la historia española. Es un incisivo acercamiento a la complejidad del ser humano, lleno de contradicciones. Hay quienes dicen que Marías lo puede hacer todo por medio del lenguaje. Yo pienso que el lenguaje le ha permitido conocer todo acerca del ser humano.

Es un novela que se hunde en los espacios densos y sombríos de la vida matrimonial, para revelar que así como el amor no tiene límites, tampoco el rencor ni la desdicha. Una novela que se detiene, como una Epifanía, en el acto de vivir y lo intenta descifrar, en todas sus desbocadas dimensiones. El que ha escrito Marías es un libro que hiere, que lastima, pero que hace crecer y que transforma.

Esta experiencia me llevó a recordar el Madrid alegre que conocí: los vericuetos del Barrio de las Letras y el follaje verde de El Retiro, en donde con inmensa alegría me refugié a leer poemas de César Vallejo. Pero esa lectura, que invadió por completo mi vida al punto de arrasar con mi mente y robarse para sí toda mi concentración, me ha llevado a pensar largamente en el acto de leer. Marías, en su libro, no solo se revela como un lector sagaz e inteligente de la gran literatura, sino como un lector de su entorno y de la experiencia humana. Este escritor, por medio de su libro, lee a España pero también al hombre. Dice María Gracia Naranjo: “La obra literaria como tal es también una lectura… Todo escritor es un lector de la vida, un lector de las historias que vive”.

Y así como Marías lee la vida y escribe, el acto de leer sus novelas implica vivir. Mario Vargas Llosa, en el discurso con el cual aceptó el Nobel, confesaba que la cosa más importante que le aconteció en su vida fue aprender a leer, a la edad de 5 años. No en vano su discurso se llamó ‘Elogio de la lectura y la ficción’.

En principio ‘Así empieza lo malo’ me resultó confuso, sombrío, indigerible. Y es que leer también es y debe ser difícil, porque es una experiencia que abre camino en lo desconocido y exige valor y constancia. La recompensa fue grata: muchas de sus páginas me ofrecieron algunos de los momentos más intensos que he tenido en mucho tiempo.

Pienso, también, en las señoras del club de lectura que me incitaron a leer a Marías. Su solemnidad y, sobre todo, el respeto que el libro les inspira las convierte no en las últimas lectoras, como diría Piglia, sino en las últimas artistas, porque inevitablemente la lectura es un proceso que crea realidades. María Gracia Naranjo escribe: “Es la lectura la que se concibe como un arte en el sentido de que es esta la que concreta y delimita la obra, la que la ubica en perspectiva, la que le da vida”.

Leer a Javier Marías me ha revelado a mí mismo como lector. Leer no es una circunstancia: ser lector es una forma de vivir y de concebir el mundo. Y es un riesgo absurdo que nos enfrenta a nuestros fantasmas, un peligro que nos expone al horror de nuestras debilidades, algo que se incrusta en nuestras vidas y nos puede llevar a la lucidez, a la locura, a la conciencia o a la redención. Nosotros no hacemos la lectura. La lectura nos hace. Nos acontece. Es una experiencia que altera nuestra vida. Es una suerte, de pocos, cada vez de menos, de un puñado de delirantes y desasosegados lectores que deciden asumir el riesgo. La lectura es un milagro humano que cuando nos sucede, nos hace más humanos.