Ecuador. sábado 16 de diciembre de 2017
  • Seguir en Facebook
  • Seguir en Twitter
  • Seguir en Google+
  • Seguir en YouTube
  • Seguir en Instagram
  • Seguir en LinkedIn

Plano secuencia real

Antonio Villarruel
Quito, Ecuador

Lo mejor que se puede decir del documentalista ambateño radicado en Alemania Darío Aguirre es que es un cineasta heterodoxo.

Antonio Villarruel
Quito, Ecuador


Publicidad

Lo mejor que se puede decir del documentalista ambateño radicado en Alemania Darío Aguirre es que es un cineasta heterodoxo. Que no se parece a nadie. Que es un extraño.  Sus dos largometrajes, “Cinco Caminos a Darío” (2012) y “El Grill de César” (2014), no dialogan con nada de lo que la corta tradición cinematográfica ecuatoriana ha producido, y habría que hacer un buen esfuerzo para saber si se pueden tender puentes con otras producciones latinoamericanas. Si algo parece familiar es tal vez la insistencia por una narración articulada desde la primera persona y la continua observación del yo. Y poco más.

Pero la cosa no queda allí. Aguirre es especialmente hábil para conjugar lo íntimo y lo público, y tal vez para proponer que la tajante separación entre estos dos espacios es solo una ficción de la reglamentación y las buenas costumbres. En sus mejores momentos, las dos películas de Darío Aguirre son parte de una misma comedia triste sobre un tipo que se busca a sí mismo en el lugar donde vive, donde nació y donde hay gente que se llama como él. Esos lugares y esas gentes no son explicadas por Darío; de hecho, le explican a él.

“El Grill de César”, su última película, narra la historia de un joven ambateño que vuelve a su ciudad al enterarse que la parrilla de pinchos que regenta su padre se hunde en una crisis económica ya anticipada por su madre, a quien, en esa estancia, ve enfermar gravemente. Pero tal vez esto no es lo más relevante. La película de Darío Aguirre intenta trabajar el espeso y pequeñísimo mundo de las ciudades medianas del Ecuador, donde el deseo de superación es contenido por la traba de la costumbre, donde el peso del miedo y la falta de dinero son circunstancias, o tal vez pretextos, para relamerse en una rutina anodina y autocomplaciente. Pero también donde ese mismo deseo de superación adquiere su cariz más ridículo y menos esencial, quizá el de ser de forma irrevocable una invención de una atmósfera extranjera que interrumpe existencias que no quieren someterse al mandado del orden y el éxito. Aguirre se ha dado tiempo para pensar una ciudad mediocre como Ambato, repleta de callejuelas saturadas por rótulos altisonantes, edificios sin terminar de pintar y todo tipo de estridencia visual, desde la ciudad que puede construirse con lo que va dejando su memoria, pero sobre todo sus afectos. Y ha encontrado un espacio razonablemente feliz.

En su regreso temporal a los Andes desde Hamburgo, el cisma de encontrarse con un presente desgastado y con una familia envejecida convencen a Darío a ayudar a su padre para poner orden en el pequeño restaurante que ha logrado instalar en la parte baja de su casa. Darío tiene los números, las fotos modernas de los plácidos restaurantes de comida rápida de Alemania. Su padre no tiene ni estudios ni ganas ni dinero, menos la imaginación de resolver su crisis maquillándose una y otra vez. Quiere el tiempo para conversar con la gente de la carnicería, con las mujeres que le venden la fruta y le indagan sobre su salud y la de su mujer.

Mientras esto sucede uno asiste a los esfuerzos de un hombre desterrado por cavar un pequeño espacio para sí mismo. Hace yoga, desentierra y manguerea sus lienzos, opera hojas de cálculo electrónicas y toma fotos de lo extraño que puede ser algo que alguna vez fue suyo. Y entonces la película adquiere su razón de ser, que no es otra que la de proponer una narración nueva donde la idea del humor y del ridículo no sean distantes, sino que expliquen y justifiquen la creación. Después de lo que uno ha tenido que mirar en el cine ecuatoriano, es conmovedor encontrarse con un cineasta que, en cámara, se potencia al representarse como alguien incompleto y poco mundano, como un sujeto que regresa de cuando en cuando para darse cuenta de que entre las varas de metal que salen como púas de su casa hay también cine, y que éste no necesita de florituras innecesarias. La realidad del cine es real, parece contar Darío Aguirre. Con este gesto, sin apenas darse cuenta, coloca una piedra enorme en los cimientos del pequeño edificio del cine de este país.