Ecuador. domingo 17 de diciembre de 2017
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Fuera Correa Fuera o ese grito que clama en el desierto

Víctor Cabezas
Quito, Ecuador

Fuera Correa Fuera es el grito de quien clama en el desierto.

Víctor Cabezas

Víctor Cabezas
Quito, Ecuador


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Fuera Correa Fuera es el grito de quien clama en el desierto. Los gritos, los miles de gritos clamando en el desierto. Ha llegado el Papa  y cierta facción de la oposición se ufana de haber reunido muchas voces exigiendo, amenazando o simplemente vaticinando la salida del Presidente mientras la caravana de Francisco cruzaba la avenida seis de diciembre. No hay nada más que decir, no hay nada más que pedir, Rafael Correa tiene que salir de Carondelet. El pueblo que sale a las calles campante a defender la democracia y las libertades se hartó de su presencia. No va más. La democracia, las instituciones, la república, todo ha perecido ante una  posibilidad: el desarraigo, el despido.

¿Y después? Después veremos quien sale, después se convocarán a elecciones –en defensa de la democracia y de valores republicanos- y elegiremos a otro líder que seguramente, pretenderá “refundar Ecuador”, “cambiar el país”,  “transformarlo todo”, “dejar el triste pasado de la revolución ciudadana atrás”. Esto ya lo hemos vivido, nos conocemos muy bien los escenarios, los actores y discursos que van aflorando para construir en el futuro la patria soñada.

En el mañana, cuando recuperemos la democracia, cuando Rafael Correa haya salido, entonces llegarán los días prometidos, refundaremos este país y lo limpiaremos de todos sus males. Tranquilos, las marchas y los gritos exacerbados son un antídoto de acción inmediata. Tan pronto salga Rafael Correa de Carondelet, tendremos de nuevo un Ecuador libre, respetuoso de los derechos ciudadanos, democrático, pero primero, Fuera Correa Fuera.

Y mejor si llega el Papa y podemos gritar a viva voz nuestra consigna frente a sus bendiciones. Mejor si conoce el país que tenemos, mejor si comprende la voluntad de cierto sector aireado de la oposición. Mucho mejor si rescatamos la democracia al tiempo que la destruimos. Seguro que su versatilidad y capacidad de resurrección nos permitirá negarla y atropellarla para después aspirar a que renazca como el ave fénix. Renacerá de las cenizas que dejarán nuestros gritos, los anhelos de la felicidad futura, lo odioso de la estabilidad, las ínfulas de nuestra rebeldía, las promesas de los políticos de turno.

Sin duda las manifestaciones ciudadanas son una forma pura de resistencia civil, es un hecho que en la calle se escucha mejor y las grandes conquistas de la sociedad se han logrado desde los gritos y el espíritu rebelde. Está bien, a todos les gusta el diálogo, la concertación y toda esa marulla de términos amigables que en el fondo ocultan la incapacidad de una sociedad para comprender sus limitaciones y del Gobierno para crear mecanismos idóneos de participación ciudadana. Los quiteños, guayaquileños, ambateños, cuencanos y tantos otros han salido a las calles a demostrar su descontento y eso es absolutamente legítimo. No hay que hacer una apología al golpe de estado, no es necesario prostituir conceptos y estirarlos para convencer de que aquí hay un “golpe blando”. Lo que es vergonzante es la consigna, lo inentendible es el Fuera Correa Fuera. Seguro que muchos de los marchistas no se identifican con esa frase golpista que ha enterrado las instituciones del país. Estoy seguro que no todos los marchistas están de acuerdo en perpetuar ese círculo vicioso, ese padecimiento continuo.

Esto es como el presagio de un pueblo que pretende romper las cadenas de sus manos para poder cerrar el candado de su propia celda. Pero la democracia renacerá y si no lo hace siempre habrá un futuro para soñarlo. En todo caso, lo más terrible de ser un país democrático es que ahí ya no podremos pensar y luchar por ser un país democrático. Y entonces todo sería simplemente aburrido.