Ecuador. domingo 17 de diciembre de 2017
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El modelo de Yachay y Víctor Frankenstein

Álvaro Alemán

Alvaro Alemán
Quito, Ecuador


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La reciente polémica en torno al despido intempestivo del rector de la Universidad Yachay ha generado un revuelo en torno a los entretelones en el manejo de ese centro de educación superior. Lo que se ha levantado en el proceso, tal vez de manera desapercibida, es el modelo de Universidad que el régimen en funciones privilegia.

Yachay Tech ya nos dice bastante con su nombre, una curiosa mezcla de lenguas que deja fuera al español mientras posiciona al Kichwa y el inglés. Una traducción posible sería “Aprender tecnología”; aunque el asunto no es tan simple, como es casi siempre el caso, nuestra impresión de conocer a fondo el idioma que empleamos a diario no es sino una ilusión, una sensación de maestría y dominio de la que conviene desengañarnos. “Tecnología” nos ha sido heredado de la antigüedad, su sentido etimológico es “el tratamiento sistemático de un arte, una artesanía o una técnica” y su uso inicial hacia referencia a la gramática. De esta manera una traducción menos obvia de la institución universitaria en formación sería “aprender gramática” o “conocer el arte de las letras”. Como vemos, este sentido dista mucho del “proyecto” central de transformación de la matriz productiva de la llamada Revolución Ciudadana, un proyecto enteramente jugado por la captura de la tecnología moderna y su sometimiento al crecimiento económico del Ecuador.

Desde el llamado a un diálogo nacional reciente, que propone debatir el “país que queremos”, y que solo ha sido posible luego de meses de protestas y manifestaciones de inconformidad, entendemos que en el apresuramiento por granjear simpatías electorales ha quedado al margen la discusión de la “universidad que queremos”. Los mismos centros de educación superior ecuatorianos, tal vez preocupados por su propio fracaso en pensar la universidad y a la vez asediados por los múltiples organismos de control estatal que ahora gobiernan sus enfoques y programas, han bajado los brazos ante el aparente triunfo de una universidad instrumental, utilitaria, entregada a la adquisición de destrezas y habilidades técnicas.

Afuera de este programa devastadoramente triunfalista e incuestionado queda no solo el modelo de las humanidades, con su cuestionamiento implacable de la necesidad y de las certezas, sino la posibilidad misma de formar ciudadanos para la democracia.

El modelo vigente, no solo en Yachay, que es a no dudarlo, la joya de la corona de este modelo, sino en el enfoque educativo ecuatoriano en su conjunto consiste de un enfoque que piensa que el objetivo primordial de la formación de las personas es la enseñanza de destrezas y habilidades para la producción económica en lugar de la formación de personas capacitadas para pensar, leer, escribir, hablar y actuar según sus convicciones.

Este enfoque miope ha erosionado la capacidad de cuestionar la autoridad, ha reducido la simpatía de unos ante otros, sobre todo ante los marginales, diferentes y las minorías y ha lesionado gravemente nuestras posibilidades para abordar la complejidad de los problemas globales. La pérdida de estas capacidades básicas pone en peligro, como dice la filósofa Martha Nussbaum, la salud de la democracia.

No extraña entonces observar la inexistencia de becas educativas por parte de las autoridades del presente régimen en funciones para las Humanidades. Ni la Historia, ni la Filosofía, ni la Literatura, ni las Artes, ni la Música, son “objetivos de desarrollo”, Yachay traza un camino para el futuro de la educación superior ecuatoriana en que la instrucción en las destrezas básicas de escritura, lectura, expresión oral no tiene peso alguno; un camino en que el pensamiento crítico, inquisitivo, desobediente, irregular, no tiene cabida. Y es curioso porque la viabilidad misma del proyecto Yachay depende, plenamente, en su dimensión empresarial, de la capacidad imaginativa de los estudiantes, su habilidad para imaginar algo que no existe. La pregunta entonces deviene, ¿cómo hacer que las personas piensen distinto? ¿Cómo lograr independencia y autonomía reflexiva a partir de un sistema de absorción de tecnología importada? ¿Cómo enseñar a ser críticos a sujetos entrenados a obedecer?

La pregunta es válida para el sistema educativo ecuatoriano en su conjunto, al igual que a la sociedad ecuatoriana como colectivo. Si la cultura política, la administración institucional y el sistema educativo se rigen por una lógica de desprecio del otro, de obediencia debida y de triunfalismo instrumental, ¿cómo se puede innovar? ¿Cómo se crea? ¿Cómo se rompe el círculo?

Es esto precisamente lo que las humanidades cultivan: la imaginación, la creatividad, el pensamiento crítico riguroso, la curiosidad “improductiva”.

Y las humanidades hacen más: nos ponen en contacto con el pasado, enriquecen nuestras relaciones humanas en lugar de constituirlas como relaciones de mero uso y manipulación. El futuro hoy en día no depende de la innovación tecnológica, desde el siglo XIX la humanidad cuenta con muchas más reservas alimenticias de las que  se requieren, no hay razón material alguna que justifique la pobreza o el sufrimiento y la enfermedad humana innecesaria; y sin embargo, existe. La innovación tecnológica es el canto de sirena que permite la continuación de la depredación ecológica y la explotación de unos seres humanos a manos de otros. La solución no consiste en evitar pensar y actuar humanamente, debido a que una nueva invención podría preservar la inequidad mientras maximiza la ganancia. Las respuestas no están fuera de nosotros, en un remoto lugar accesible solo a doctores y técnicos y capitanes de industria y progreso, está dentro de nosotros, está en la posibilidad, final, si se quiere, de que logremos entender lo que ya sabemos.

La realidad es que el modelo de universidad de Yachay consagra el modelo político en funciones: en lugar de diálogo, imposición, en lugar de imaginación, dogma, en lugar de diversidad, universidad. Y no es que ciencia y humanidades se encuentren en las antípodas, ambas prácticas comparten una orientación crítica ante todo, un espíritu de diálogo y colaboración, de cuestionamiento y de inconformidad, algo que encontramos escasea en la llamada “ciudad del conocimiento”.  La anarquía propia de la ciencia y de las humanidades se presenta así como una elusiva presencia en Yachay,  como una demanda insatisfecha. Así lo formula Mary Shelley en su novela Frankenstein:

“Era distinto cuando los amos de la ciencia buscaban inmortalidad y poder; esas visiones, aunque inútiles, eran valiosas: pero ahora el escenario ha cambiado. La ambición del inquisidor parece limitarse a la aniquilación de aquellas visiones en que se basaba mi interés por la ciencia. Se requería de mi que cambiara quimeras de valor incalculable por realidades pobres.”