Ecuador. jueves 19 de octubre de 2017
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Refugiados y damnificados

Jesús Ruiz Nestosa
Salamanca, España

Las fotografías y los datos que encuentro en los periódicos de Asunción son estremecedores ante un panorama que, por más repetido que sea, no deja de producir una profunda desolación.

En el momento en que escribo estas líneas el nivel del río, en Asunción, es de 7,80 metros y se espera, se teme, que se llegue al nivel récord que se registró en 1983, vale decir, más allá de los nueve.


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Las cifras son dramáticas: según la Secretaría de Emergencia Nacional (SEN) hay unas 100.000 personas desplazadas y alrededor de 25.766 han sido albergadas. De ellas, la mayoría son de Asunción y proviene de los dos bañados, norte y sur, y de la Chacarita con un total de 13.400 familias. Después del último temporal 125.000 viviendas se quedaron sin energía eléctrica y hay localidades en donde no sólo la gente está aislada, sino además carece de agua potable.

Los datos de la Municipalidad de Asunción difieren con los de la SEN ya que asegura que las familias desplazas son 18.000 y también da una cifra mayor para la altura del río. Mientras tanto, se han lanzado a la búsqueda urgente de sitios donde ubicar a estas familias ya que los lugares que se previeron se encuentran sin poder recibir a una sola familia más.

Para nosotros esta parece ser la mayor calamidad del mundo y las instituciones encargadas de buscar y, sobre todo, de encontrar soluciones, aparentemente están sobrepasadas por el tamaño del problema. Sin embargo, quiero contrastar estas cifras, no para desmerecerlas, sino para que se tenga una mejor perspectiva de la lucha cotidiana por la supervivencia no solo en nuestro país.

A punto de culminar el año, la Organización Internacional de Migraciones (OIM) y la agencia de Naciones Unidas para refugiados (ACNUR) han informado que este año han entrado a Europa más de un millón de personas, más de un millón de refugiados principalmente de Siria, Irak y Afganistán, que huyen de una guerra atroz que asuela dichos países y, que para mayor desgracia, no tiene visos de lograr una solución. Se estima que este es el mayor desplazamiento de personas en Europa después de la II Guerra Mundial que fue de entre 12 y 14 millones de personas.

El solo hecho del desplazamiento no es el rasgo más dramático de esta historia. Quienes huyen buscan llegar a Europa y uno de los pocos caminos viables, en este momento, es a través de puertos de Turquía desde donde pretenden alcanzar las cosas griegas, especialmente la isla de Lesbos. Los traficantes de personas, por sumas muy altas, se comprometen a hacer la travesía a través del mar Egeo. Para ello utilizan embarcaciones muy frágiles que van sobrecargadas para obtener mayor ganancia. Es muy frecuente, mucho más de lo que uno se podría imaginar, que tales embarcaciones vuelcan o naufragan con todos sus ocupantes que terminan ahogándose si no tienen la suerte, rara, de ser rescatados por barcos patrullero griegos. Sólo en los últimos cuatro días han muerto 42 refugiados y casi la mitad, una veintena de las víctimas, fueron niños o bebés.

La tragedia más reciente fue de una embarcación con 29 personas a bordo. El resultado: 13 muertos, siete de los cuales eran niños. Un par de meses atrás, una fotografía de un rescatista sacando del agua el cadáver de un niño conmovió al mundo entero. Fue la primera, pero no la última. Desde entonces es frecuente ver la escena repetida, casi todos los días, en los periódicos europeos. La Organización Internacional de Migraciones ha dicho que por lo menos el 30% de las personas muertas en estas circunstancias, son niños. Sólo en el mes de octubre se ahogaron en aguas del Mediterráneo 90 niños, muchos de ellos bebés de menos de dos años de edad.

Quizá la magnitud de esta tragedia pueda ayudarnos a entender que la que estamos viviendo en nuestro país a causa de las inundaciones, es difícil, pero es manejable siempre y cuando haya la voluntad de encontrar soluciones. No es posible que nos pasemos varios años mirando al cielo para ver pasar las nubes sin tener presente que en cualquier momento podrá regresar El Niño azotando a decenas de miles de familias. Las zonas inundables no son un fenómeno político, ni económico, ni religioso, ni social. Es un fenómeno de la naturaleza que todos bien conocemos. ¿Entonces…? Si no está en nuestras manos controlar la fuerza de la naturaleza sí podemos, en cambio, controlar los efectos desastrosos que pueda ocasionar.