Ecuador. Domingo 23 de Julio de 2017
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Crónica desde la Zona del Desastre

Andrés López
Quito, Ecuador

Corría tan de prisa como podía, jadeaba y las gotas de sudor empapaban mi rostro.

Faltaba dos cuadras para llegar. Junto a mi, centenares de personas se precipitaban y gritaban: ¨¡encontraron uno vivo!” ¨¡está atrapado en los escombros!”.


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Cuando llegamos, una voz exigía silencio. Los rescatistas parecían sabuesos hurgando entre los fierros y los desechos de un edificio de seis pisos, del cual, solo quedaba la planta baja.

Era domingo 17, un día después del terremoto. Estábamos en Portoviejo. El sismo había desbaratado las estructuras de la mayoría de los edificios del centro de la ciudad. No había agua, ni luz, ni comunicación telefónica.

Ahora que lo pienso, no sé qué fue más impactante, si caminar en medio de una población devastada, o ver las expresiones de la gente. Gestos de terror, de angustia, de descontrol.

Por primera vez sentí que el periodismo era insuficiente porque la situación lo desbordaba todo. Supe que no habría texto capaz de reflejar el dolor que vi en los ojos de una señora. Llorando se acercó a pedirme ayuda porque no encontraba a su nieta. ¡Ayuda! ¡¿cómo podía ayudar?! Solo atiné a decir que el auxilio estaba en camino, (aunque solo era una presunción). Frustrado, la abracé y le dije que tuviera paciencia. Me sentí estúpido.

Regresé la mirada sobre las tareas de rescate y no habían noticias. Los socorristas deliberaban y trabajaban con cautela, como en una cirugía mayor. Entre la vida y la muerte solo media un movimiento brusco. La tensión era insoportable al imaginar debajo del concreto, vidas luchando por vivir, aplastados y sin moverse, como en un ataúd.

Al cabo de unas horas, los rescatistas anunciaron que el quejido humano había desaparecido y que ya no había esperanza de supervivencia. Claro, era el día de la muerte, y su presencia macabra dejaba en los barrios una estela de desolación.

Creo que desde el terremoto de Ambato, Ecuador no había derramado tantas lágrimas, nunca, un dolor semejante.

Tal vez por eso, tres días después del terremoto la ayuda solidaria de Ecuador y el mundo fue sorprendente. Miles de voluntarios, sin distingo de clases sociales, edad o género, se volcaron a los centros de acopio para clasificar y preparar kits de ayuda.

Viajé a la zona del desastre, esta vez a Tarqui, la parroquia más destruida de la ciudad de Manta para constatar cómo llegaba la ayuda a los damnificados.

La temperatura por la mañana era de 30 grados centígrados y a las 12h00 del día, subió a 35.

Más de seis mil personas hacían fila apelotonados, esperando a la intemperie que llegaran los camiones con comida. Bebés de pecho, niños llorando y fastidiados, mujeres embarazadas, adultos mayores, resistían el maltrato con estoicismo. Seguramente, el hambre era más fuerte.

La distancia entre el centro de acopio y el lugar de distribución era poco más de un kilómetro. La gente lo sabía y por eso reclamaban a gritos: ¡¿Por qué no llegan los camiones?!

Resultaba inexplicable. Unas horas antes, yo estuve en las bodegas y estaban repletas.

El tiempo sofocaba, pasaba lentamente. Eran las 10h00 de la mañana y el calor se volvía intenso. Una anciana se desmayó y no había una unidad médica. Uno de los vecinos derramó un poco de agua en su cabeza y otros la ventilaban con cartones.

A las 11h30 finalmente llegó un camión militar con agua y comida. Vi a un oficial que lideraba el operativo y le pregunté: ¿por qué la distribución de los víveres empieza a esta hora y no a las 6h00? “Esto se lo digo fuera de cámaras, dijo, la donación, clasificación y traslado de la ayuda fluye sin novedad, pero la distribución se estanca por los mandos políticos que buscan protagonismo y entonces el reparto es lento”. Yo agregaría, no solo lento, sino cruel e inhumano.

Desde muy temprano una unidad móvil del gobierno se ubicó en el lugar exacto dónde se entregarían las fundas con víveres. Las cámaras permanecieron apagadas e indiferentes mientras el caos reinaba alrededor, se encendieron solo para registrar la entrega de la comida.

Más allá de ciertas miserias humanas, el pueblo tiene un espíritu inagotable de solidaridad. Los ecuatorianos lloraremos a nuestro muertos pero tenemos la convicción de que la sangre derramada será inspiración para el futuro inmediato. La tragedia no terminará después de un mes o dos. La reconstrucción de las ciudades devastadas es una tarea de largo aliento y el Ecuador lo tiene claro.

Escuché decir que una catástrofe revela de qué material estamos hechos. Pues entonces con orgullo puedo decir que hay templanza, coraje, fe y optimismo en el pueblo ecuatoriano.