Ecuador. Sábado 3 de diciembre de 2016
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Translúcido

Carlos Jijón Jurado
Guayaquil, Ecuador

No hay nada necesariamente malo con retomar ideas que ya han sido usadas.

Puedes encontrar formas de hacerlas nuevas e interesantes, de encontrar caminos que nadie antes ha considerado. Cada año hay al menos una docena de películas sobre personas lidiando con enfermedades terminales, pero las aceptamos porque enfrentarse a la muerte es uno de esos conflictos inherentemente humanos que han inspirado historias desde el inicio de los tiempos. También es posible que una película no haga nada nuevo sino que se quede flotando en ideas que ya han sido exploradas millones de veces. Ese es más o menos el caso de Translúcido.

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Translúcido es una película del director Leonard Zelig que acaba de estrenarse en cines del país. Cuenta la historia de Rubén, que decide que va a acabar con su vida después de descubrir que tiene cáncer terminal. Vemos entonces las repercusiones que esta decisión tiene en su vida personal y las reacciones de sus seres queridos.

La cinta consiste principalmente en escenas de personas conversando y, por tanto, depende de las actuaciones y el diálogo para sostener la historia. Para mí, las partes más fuertes del largometraje. Los actores, particularmente Roberto Manrique que interpreta a Rubén, son carismáticos y llenan las escenas de energía. También hay un evidente cuidado por el diálogo que parece haber sido escrito por alguien a quien de verdad le gustan las películas de Richard Linklater.

El principal problema para mí fue la narrativa. Translúcido al parecer no es fanática de las historias tradicionales con cosas anticuadas como comienzos y salta directamente al final. La película empieza una vez que Rubén ha decidido cómo lidiar con su cáncer. No vemos cómo era su vida antes del diagnóstico, ni cómo reaccionó, ni las razones que lo llevaron a tomar su decisión. Todo queda implícito o es dicho en voz alta, quebrantando la regla casi sagrada de “muestra, no digas”. Y no digo que haya que obedecer todas las convenciones narrativas como si fueran ley pero, en este caso, no veo como no pudo haber mejorado las cosas.

Por ejemplo, la película tiene muchas escenas en las que Rubén habla con sus amigos y las cosas se ponen sentimentales, pero no hay ningún preámbulo. La escena sentimental es la primera en la que vemos al amigo y no nos podemos interesar en personas que no conocemos. Si nos hubieran presentado al personaje y explicado su relación con Rubén, la escena probablemente sería muy poderosa. Es la diferencia entre leer que alguien se divorció en el periódico y recibir una llamada de tu mejor amigo diciéndote que se va a divorciar.

Tampoco hay un tono claro. El filme pasa frecuentemente de lo serio a lo alegre a lo triste pero no parece sentirse del todo cómodo con ninguno. Por eso no sé cómo se lo recomendaría a alguien. ¿Se supone que es un drama esperanzador? ¿Una comedia? ¿Película romántica? No tengo una respuesta definitiva. Es decir, es posible hacer una película cómica sobre un tema serio (50/50 de Jonathan Levine tiene la misma premisa básica y funciona porque sabe balancear lo triste con lo cómico), pero Translúcido es muy desordenada en este aspecto. Hubo muchos momentos en los que no me quedó claro si lo que estaba viendo debía de ser gracioso o triste y solo quedé confundido.

Sobre lo técnico (que es obviamente la parte favorita de cualquier persona leyendo esto) es bastante competente, sin nada que resalte demasiado. Visualmente parece que le succionaron el color con una aspiradora, pero filmado con imaginación como para que las interminables secuencias de personas conversando no se vuelvan aburridas. La música es en un par de momentos muy efectiva y añade a la experiencia, pero la mayoría de veces parece que la seleccionaron buscando “música triste” o “feliz” en youtube dependiendo de la situación. Supongo que la mala música y la buena música se cancelan entre sí y el problema desaparece.

La verdad es que puedes perdonar muchas cosas de Translúcido gracias al buen ritmo que lleva. Nunca es larga ni aburrida ni hay escenas innecesarias. Las ya mencionadas buenas actuaciones y diálogo son suficientes como para que ver la película sea perfectamente disfrutable. Pero el hecho de que la historia sea débil hace que toda la substancia recaiga en sus meditaciones sobre la vida y la enfermedad. Cosas que ya has escuchado miles de veces si alguna vez has prendido por accidente un televisor.

* El texto de Carlos Jijón Jurado ha sido publicado originalmente en el blog “Carlos Jijón escribe”.

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