Ecuador. martes 12 de diciembre de 2017
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“Sovoz”: el lamento del reconocimiento de uno mismo

Juan Romero Vinueza
Quito, Ecuador

“Sovoz” de Yuliana Ortiz Ruano (Esmeraldas, 1992) es un poemario divido en dos secciones imaginarias: una, en la que el eje fragmentario se estructura en XIV pedazos de un solo poema largo; y otra, en el que el poema toma su rumbo, con títulos propios que desencadena otras relaciones semánticas.

“Sovoz” significa “en voz baja”. Este poemario es como un susurro de un niño que busca, en una nostalgia constante, poder palparse y sentir que existe. La voz poética es cercana a un juego de los sentidos, que quieren definir la existencia de un hablante lírico y de su genealogía perdida: un viaje hacia al embrión, sin conocerlo del todo bien.


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El poema de Ortiz Ruano es un canto que lastima, que se va configurando como una elegía del autoconocimiento. La repetición de un yo que no sabe, a ciencia cierta, qué hace, ni porqué está aquí, ni si desea morir o no, ni qué es en esencia él mismo. Todo esto es el gancho para que el poema extienda sus alas y siga creciendo, disparándose hacia muchos lados distintos, como una explosión:

«Lo que existe es una bestia, / con moño y camisas oscuras… impermeable al mundo. / Pero yo no soy el mundo / Soy una pelusa gris, fragmento de hoja seca / prendida en su cuello.» (VII, Sovoz)

La existencia del hablante lírico se pone en duda. La muerte es la idea que está rodeando una gran cantidad de los fragmentos que tiene este poemario. La voz poética, dice: «Busco la tristeza, / busco sus caderas / las palpo como a mí. / Busco muerte o verso, / como mirarse reflejado en un espejo / sin hallar diferencia. // Las Ítacas de ambas / son la nada.» (III, Sovoz) Palpar a la tristeza, como si fuese su propio cuerpo, es una imagen que nos llena de ternura y, a la vez, de desolación: un cuerpo que es más tristeza que carne.

El texto evoca, de una manera, selectiva lo que el hablante desea conocer (encontrar) en su búsqueda poética. En el fragmento, “Busco muerte o verso” la imagen está construida como una suerte de verso de Vicente Aleixandre, poniendo en vela dos opciones que no están claras, que no poseen una certera determinación, mediante la conjunción “o” (que nos permite jugar con la verdad de un enunciado y con la pertinencia del otro): el verso puede ser muerte –o viceversa–, porque se los puede leer como si fuesen uno solo: «como reflejado en un espejo / sin hallar la diferencia.» (III, Sovoz)

Pero la muerte de la que habla la voz poética, no es sólo la muerte del mismo hablante, sino la de todo lo que le rodea y que, a la vez, es parte de ese cuerpo inconcluso que ha dejado de ser carne para pasar a formar parte de un éter que se niega –o es incapaz– de morir del todo. En el fragmento I, la voz plantea: «Te extraño / ayer le hablé de ti al pájaro que / dormía en mi lóbulo izquierdo / ahora yace decapitado.» (I, Sovoz) En estos versos, se expresa la imposibilidad de que una continuidad se dé en torno a la comunicación que espera tener el hablante lírico, para poder contar su tristeza. El inicio de esta comunicación es real, existe, pero luego se trastoca y muere. El mensaje no llega, verdaderamente, al destinatario y sucumbe en una caída que lo decapita.

En “Sovoz”, también se expresa otra de las constantes que dan vueltas y se pasean por todas las líneas del poema: la idea de la madre, como un eje para encontrar a la genealogía perdida. Es, como el fragmento anteriormente mostrado, una acción que inicia, pero que se ve truncada en su intento: «Madre sostiene / el vestido verde con encajes, / y baila un vals desolador / mimando a una niña inexistente.» (IV, Sovoz) La madre baila, mientras mima a una niña que no existe, que quizá jamás existió. Esa niña inexistente es la voz poética, que entiende que el simple hecho de nombrarse no la hace ni tangible, ni real.

«Mis amigos / están muertos / solo que ellos / todavía no lo saben» (IX, Sovoz) En este otro fragmento, la muerte está planteada como una incertidumbre maniática, esta es la afirmación de la voz poética que, cada vez, se acerca más a una disolución entre la realidad y la palabra. Dichas palabras siempre serán una manera de nombrar, de dar existencia a algo que, en un mundo de imágenes tangibles, (ya) no existe o tal vez nunca existió.

En uno de los poemas de este libro –quizás el más bello de todos–, denominado fragmento V, se enuncia:

«que en mi vientre tengo / la fuerza del Pacífico, / y un llanto de tambores / golpeados por manos / callosas y negras. […] que aunque soy mujer no estoy hecha para parir: / mentiras sumisiones o hijos […] bajo tus alas de pseudo-cóndor patriota, / porque yo no tengo patria, / porque mi patria / es el canto primero de mis ancestros, / en la isla de mi apellido materno.» (V, Sovoz)

El reconocimiento de la voz lírica, como una más de una genealogía que se encuentra en la “isla de mi apellido materno”, hace que el hecho de nombrarse deje de ser una tristeza incalculable que se mantiene en el texto, sino que se transfigure en una alegría a pesar de esa tristeza. Este poema es la reinvención de una propia patria –¿o el descubrimiento de la misma, y la reconfiguración de la palabra patria?–, a través del canto primero (poesía) de quiénes antecedieron a este texto, de quiénes ya no están en el mundo, pero quiénes aún permanecen en las líneas ocultas de este libro.

El poema hace énfasis en poseer “la fuerza del Pacífico, / y un llanto de tambores / golpeados por manos / callosas y negras”, para poder ejemplificar mejor la alegría que se enraíza y se concentra a través de una historia triste, de una mitología propia que le ha sido arrancada, sin permiso de nadie. Además, de ese afán propio de la voz poética por hacerse a sí mismo, como un dios que sabe que puede malear a su creación. En este caso, ése dios es su propio dios, y se vuelve voluble, polvo de estrellas, una mujer que no está hecha para parir “mentiras sumisiones o hijos”, pero sí para parirse a sí misma como un poema desolado que no halla otro remedio que no sea nombrarse para poder existir.

Con estas cortas reflexiones en torno a estos “escritos deformes” –como la autora denomina a sus textos–, podemos ingresar de manera más abierta en su universo poético. Al hacerlo, descubriremos que lo que sucede con este texto, en realidad, podría resumirse en dos versos propuestos por la voz poética, en uno de los fragmentos del libro. Esos versos, son simples, pero duros y complejos en su formulación: «Esto no es un poema, / es un llanto entrecortado.» (VI, Sovoz)