Ecuador. lunes 11 de diciembre de 2017
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La peste

Hernán Pérez Loose
Guayaquil, Ecuador

Convirtió a su país en una de las naciones más corruptas del mundo, de acuerdo con los índices de organismos internacionales.

Las arcas fiscales sufrieron el más grande saqueo que la historia recuerda. Un ejército de nuevos ricos, vividores del Estado y sin otro mérito que su esbirrismo e inmoralidad, irrumpió de la nada. Viven hoy como reyes, declarando impuestos como pobres, si es que los declaran. Cómo habrá sido de corrupto su régimen que decretó que las coimas no causan un perjuicio al Estado, y que cuando se pagan “diferidamente” no son delito. Es un Estado que recibió el más grande flujo de recursos jamás imaginado, más de 300 mil millones de dólares. En manos de su cuadrilla de vivos e ineptos fue una riqueza despilfarrada y mal administrada. De haber sido manejados con un mínimo de inteligencia y honradez, otra sería la nación. Deja un país quebrado y endeudado, con desempleo y pobreza galopantes.


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Corrompió las instituciones como lo hacen los dictadores de la peor calaña. Contaminó el discurso y la arena pública a base del ultraje, la mentira y la vulgaridad permanente. Hizo gala de su poder para perseguir cobardemente y deshonrar a quienes pensaban diferente e inclusive la memoria de gente honesta. Insultó a activistas, indígenas, maestros e intelectuales y en especial a mujeres. Con el enorme poder de la billetera fiscal, asaltó todas las instituciones públicas. Puso de rodillas a la justicia y a los órganos de control, que los usó para perseguir a quienes osaron perturbar sus delirios enfermizos y asegurar su impunidad. No tuvo empacho en deambular por los juzgados, dizque como un ciudadano común, demandando por daño moral a quien le venía en gana; enviaba los borradores de las sentencias a sus jueces. Hasta obtuvo una que le permitió llevarse una fortuna sin pagar impuestos para construirse su casa. Algo que a un profesional le costaría años de trabajo, él lo obtuvo yendo al tribunal con guardaespaldas. Su mediocridad solo fue comparable con su vanidad. El culto a su persona le costó millones al fisco en propaganda, incluyendo un museo donde se exhiben solamente los regalos que dice no haber aceptado. No es una coincidencia que entre sus últimos actos estuvo condecorar al responsable del organismo electoral –que como a las otras instituciones él lo controla, según lo ha reconocido– e indultar a un sentenciado por peculado. Allí quedó retratado el lodazal de fraudes por donde le gusta navegar.

Pero como en la novela de Albert Camus, lo peor no fue la peste como tal sino las debilidades y miserias humanas que ella reveló. ¿Por qué se toleró semejante desgobierno de corrupción y mentiras? ¿No sienten vergüenza esos jueces, “juristas”, empresarios, y otros “referentes sociales” que colaboraron con semejante régimen o que guardaron mojigato silencio? Si todavía queda algo de esperanza es gracias a un puñado de periodistas y medios independientes –acosados y perseguidos–, baluartes que nunca pudo doblegar, y a una sociedad civil –especialmente sus mujeres– que comenzó a despertar. (O)

  • El artículo de Hernán Pérez ha sido publicado originalmente en El Universo.