Ecuador. viernes 22 de septiembre de 2017
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Dunkirk

Carlos Jijón Jurado
Guayaquil, Ecuador

Una de las mejores cosas de las películas basadas en historias reales es que algo completamente absurdo puede suceder y nadie va a poder decir que es inverosímil.

Eso es algo que tiene por sobre la ficción y que muchos cineastas han aprovechado. Ahora es también Christopher Nolan, que hace unas semanas estrenó su primer trabajo basado en hechos reales: Dunkirk.


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El filme está basado en un evento específico de la Segunda Guerra Mundial en el que cientos de miles de soldados británicos se vieron acorralados por el enemigo en Francia en 1940. La película se enfoca en la paranoia y miedo vividos por los soldados así como de la valentía y audacia de personas tratando de salvarlos.

Y es una película de guerra muy lejos de lo habitual. Describiría “lo habitual” como una historia en la que hay gloriosos enfrentamientos en los que nuestros protagonistas deben sobrevivir para regresar a casa y comer pastel o algo parecido. En Dunkirk no hay nada así. Casi no hay enfrentamientos de ningún tipo. Tampoco tenemos mucha información acerca de los personajes. Y a esto va sumado una extraña forma de contar la historia muy usual para Christopher Nolan. La narrativa está fragmentada en tres secciones: una que ve a los soldados en la playa, esperando rescate; una que sigue a civiles en un barco tratando de efectuar tal rescate y otra en el cielo, donde la fuerza aérea trata de proteger a los soldados de ataques.

Diría que es un acercamiento muy diferente a la guerra que el que haya visto en alguna otra película recientemente. Por la naturaleza de la historia, lo central es la tensión y el miedo que sienten los personajes. No los vemos nunca confrontando a los nazis sino huyendo de ellos y sus ataques. De hecho, casi nunca vemos a los soldados alemanes, pero sabemos que están ahí en todo momento. Por eso se siente más como una película de terror durante la mayor parte del tiempo. La banda sonora está hecha para aumentar la tensión con un literal reloj para mantener un constante efecto de ansiedad en la audiencia.

Y hay muchas decisiones artísticas que van a resultar brillantes para algunas personas y desagradables para otras. Por ejemplo, no conocemos la vida personal de los personajes porque se trata de una historia universal, donde no son importantes las historias individuales sino el conjunto de ellas. A mí me pareció muy efectivo y pensé que era una forma novedosa de llevar la trama. Seguramente a otras personas les parecerá aburrido, pues no conocer a los personajes hace más difícil que te sientas involucrado en su lucha. También está la narrativa no cronológica y fragmentada, que para mí fue divertida pero indudablemente le va a resultar pretenciosa a otras personas. Estos dos grupos de personas pueden también ser llamados “personas a las que les gustan las películas de Christopher Nolan” y “personas que no pertenecen a ese grupo”.

Hay otros aspectos de la película que, creo, son más universalmente admirables. Las actuaciones, por ejemplo, de Mark Rylance, Kenneth Brannagh, Tom Hardy, Fionn Whitehead y Harry Styles son impresionantes. Lo más notable es que son siempre sutiles y casi mudas. La monumental escala del proyecto es otro innegable logro. Nolan es de los pocos directores trabajando hoy dispuestos a contratar y dirigir a miles de extras, ponerlos en locación y hacerlos trabajar junto a costosísimos efectos especiales. El resultado es que todo se ve real. Solo las imágenes de los soldados en la playa me dejaron con la boca abierta de lo bien que se veía.

¿Lo mejor de todo? Nadie puede decir que es incoherente, fantasioso o imposible porque de verdad pasó. Es bueno que de vez en cuando haya una historia sobre la persistencia humana y la esperanza en los cines. También es bueno que haya una película de efectos especiales donde parezca que hay una visión detrás de todo. No sé cuál de los dos casos sea más común.