Ecuador. viernes 24 de noviembre de 2017
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La temida verdad

Hernán Pérez Loose
Guayaquil, Ecuador

Durante su exilio en Occidente, Alexander Solzhenitsyn acostumbraba a decirles a quienes eran escépticos sobre el fin del imperio soviético que cuando se empiece a decir la verdad, todo se derrumbará.

Y así fue. Hubo ciertamente otros factores que contribuyeron al colapso de la Unión Soviética, pero, sin duda, el factor más decisivo fue la verdad. Tan pronto como el régimen abrió una rendija a través de la cual la gente pudo entender lo que realmente había ocurrido detrás de la fachada de años de propaganda, y de décadas de miedo, tan pronto como la gente comenzó a llamar las cosas por su nombre, la caída de la dictadura fue irreversible. Tales fueron las fuerzas que se desataron que hasta el propio Gorbachov terminó devorado por los acontecimientos. Él cometió el error de tantos otros de creer que eran suficientes unos pocos cambios de forma y de estilo, pero nada más.


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La verdad. Eso es a lo que más le temen las dictaduras, dictaduras como la de los Pinochet, los Castro, los Videla, o las mafias como la de la familia Gambino, o mafias como la que nos gobernó y saqueó durante la pasada década. Las unas y las otras, en el fondo, son iguales. Todas ellas a lo que más le temen es a la verdad. Temen que la gente comience a decirles lo que realmente son, que empiecen a llamar a las cosas por su nombre, que les digan que son delincuentes, vulgares asaltantes o ladrones. No es una coincidencia, por ello, que quienes están empeñados en impedir una investigación seria sobre los atracos de la dictadura se hayan ofendido porque se los tilde de alcahuetes. ¿Qué otro calificativo que el de alcahuetes puede haber para esta gente? ¿Cómo llamarlos sino mentirosos, por ejemplo, a aquellos que falsearon las estadísticas y las cifras económicas?

El sainete de imputarle a uno de estos personajes siniestros un delito que prácticamente está prescrito, y la renuencia a reformularle cargos más graves, y de los que hay ya evidencias, es el vivo testimonio de la presencia de ciertos enclaves que dejó la dictadura para asegurar su impunidad. Y las recientes declaraciones del máximo ejecutor de la metida de la mano del dictador en la justicia, que con gran desparpajo nos viene a decir ahora que no es culpa suya si allá los jueces le hacían caso al dictador, es la muestra más palpable de que los mafiosos que nos gobernaron sabían que gozaban de impunidad total. Sabían que bastaba la orden del dictador, o su sola presencia, para que nadie se atreviera a tocarlos. Pasamos, así, de la justicia del Cortijo a la justicia sabatina.

Ahora toca pasar de conocer y decir la verdad, a la sanción de los responsables y la devolución de lo saqueado. De lo contrario estaremos condenados a caer en los mismos errores, y pasar de una mafia a otra, como sucedió en Rusia. La consulta popular es un buen comienzo, pero solo es eso, un comienzo. (O)