Ecuador. jueves 14 de diciembre de 2017
  • Seguir en Facebook
  • Seguir en Twitter
  • Seguir en Google+
  • Seguir en YouTube
  • Seguir en Instagram
  • Seguir en LinkedIn

La feria del despilfarro

Juan Carlos Díaz Granados
Guayaquil, Ecuador

Las personas se preguntan con quién estábamos mejor: con el enajenado del ático o con el presidente actual.

El ex presidente tuvo una ventaja: el elevado precio del barril del petróleo. Usó un modelo fiscalista en el que el Estado lo era todo. Como quien se ha ganado la lotería y desprecia la inversión privada.


Publicidad

Nunca antes en la historia republicana un gobierno había tenido tanto dinero. Ni lo dilapidó tan rápido. Llegó a tener déficit fiscal con un barril de petróleo a ochenta dólares, lo cual implica un excesivo gasto público, que en el discurso oficialista se justificaba con causas loables. Fue un pésimo administrador.

En la empresa privada y en la economía doméstica, priorizamos. Se puede gastar hasta donde alcanza la sábana. No se realizan proyectos desfinanciados o que no sean sustentables. Tampoco se tolera a los corruptos o negligentes.

El socialismo del siglo XXI promueve lo contrario. Un gasto público infinito que debe ser pagado por la sociedad civil, sin importar que desmejore el poder adquisitivo de los ciudadanos.

Si no fuera por la camisa de fuerza del dólar, hoy tuviéramos billetes de cien mil sucres devaluados, como los bolívares que circulan en Venezuela, cortesía de la gestión de los compinches socialistas de ese país. La devaluación solamente beneficia al Estado. A nadie más. La dolarización es tan importante, que el socialismo del siglo XXI no pudo eliminarla, aunque fue su intención.

Alegan moralidad para explicar acciones perjudiciales. Por ejemplo: que no se puede despedir a los maestros y a los médicos para disminuir el gasto, cuando nadie solicita eso. Sin embargo, pagan más en deuda externa que en salud y educación juntas.

Los recursos públicos se han perdido en infraestructura innecesaria; corrupción; compras públicas con precios extraordinariamente altos y en las empresas públicas que pierden nuestro dinero gracias a su ineficiencia.

Nos robaron todo, excepto la esperanza, como el loco afirmaba premonitoriamente. Esto fue posible porque se ejecutó un plan sistemático para eliminar el control sobre la administración de la cosa pública. Se feriaron nuestros recursos. Todas las funciones del Estado cometieron y cometen delitos de omisión por estar al servicio del partido, sin mantener la independencia necesaria para evitar desequilibrios por excesos.

Estamos peor que antes. Continuamos con el modelo económico fracasado, cuando ha quedado demostrado que nuestra calidad de vida ha desmejorado. Tenemos déficit fiscal, un fuerte endeudamiento público y ahuyentamos a la inversión por falta de seguridad jurídica, como lo dicen todos los índices económicos del mundo.

La diferencia es que hoy, el barril de petróleo no está sobre los cien dólares y eso impide que el Estado siga siendo el actor principal de la economía. Un modelo insostenible, porque es el crecimiento del sector privado quien mantiene a los gobiernos. Pero para eso, se debe reactivar a la economía. El inconveniente es que todas las medidas que toman son recaudatorias, para seguir solapando el despilfarro. No se basan en lograr el bienestar de los mandantes.

El jefe de Estado debe rectificar. No debería reciclar a los cocineros, sino sacarlos de su gobierno, porque fueron los causantes de esta situación. También debería despedir a aquellos miembros de su gabinete que no están dispuestos a dialogar, pero sí a imponerse, siguiendo la receta sin sazón ni razón del demente.