Ecuador. lunes 18 de diciembre de 2017
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Reserva moral

Simón Ordóñez Cordero
Quito, Ecuador

“Los “salvados” de Auschwitz no eran los mejores, los predestinados al bien, los portadores de un mensaje; cuanto yo había visto y vivido me demostraba precisamente lo contrario. Precisamente sobrevivían los peores, los egoístas, los violentos, los insensibles, los colaboradores de la “zona gris”, los espías. […] Sobrevivían los peores, es decir, los más aptos; los mejores han muerto todos. […] Ellos, e incontables otros, murieron no a pesar de su valor, sino precisamente por su valor”.


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Esto dice Primo Levi, el escritor que se sentía tres cuartos italiano y un cuarto judío, que fue apresado por los fascistas italianos y luego llevado en uno de esos trenes de la muerte a ese paradigmático campo de concentración en el cual permaneció cerca de un año.

Los alemanes abandonaron Auschwitz a mediados de enero de 1945 y pocos días más tarde llegaron allí los primeros soldados rusos. Algunos meses después de su liberación, ya de regreso a su país de origen, Primo Levi empezó a escribir su primer libro y se consagró a la tarea de contar y reflexionar sobre su experiencia en aquel campo. De esos primeros años data “Si esto es un hombre”; varios años después escribiría “La Tregua” y, finalmente, un año antes de su muerte -ocurrida en 1987- publicaría “Hundidos y salvados”, el tercer y último libro de la “Trilogía de Auschwitz”, que quizá sea el más importante y lúcido relato sobre los campos de concentración del nazismo.

Son libros diáfanamente escritos y en ellos se entrecruzan y combinan el testimonio de lo que allí ocurrió, con el análisis y la indagación profunda de los mecanismos psicológicos que se utilizaron, del comportamiento de víctimas y victimarios, de la degradación moral que acompaña a un régimen de esas características. “Es ingenuo, absurdo e históricamente falso creer que un sistema infernal, como era el nacionalsocialismo, convierta en santos a sus víctimas, por el contario, las degrada, las asimila a él, y tanto más cuanto más vulnerables sean ellas, vacías, privadas de un esqueleto político y moral”.

El Lager o campo de concentración puede ser visto como un microcosmos, como un espacio experimental en donde se pueden observar los comportamientos humanos cuando ellos son sometidos a condiciones extremas. Allí la barbarie y el proceso de animalización al que fueron conducidos los prisioneros, sacaron a flote lo peor del ser humano, su lado más oscuro y egoísta, pues cuando el sometimiento es extremo y la sobrevivencia depende de un mínimo privilegio, de una mínima indulgencia, son pocos los que no traicionan, los que se atreven a resistir y poner por delante sus convicciones. Posiblemente esto último explique la extrema fortaleza de los totalitarismos y su capacidad de permanecer en el tiempo, pero eso quizá sea objeto de otro artículo.

Los campos de concentración son espacios donde las leyes, la ética y la moral han sido abolidas y, por tanto, dejan de constituir referentes de comportamiento; allí el abusivo o el criminal campean libremente mientras que el abusado no tiene resguardo ni amparo. Esos espacios dan cuenta de un poder arbitrario e ilimitado, donde únicamente prevalece la ley del más fuerte. Pese al carácter excepcional del campo de concentración y al extremo al que fueron llevadas las cosas, lo que allí sucedió no deja de sugerir y darnos muestras respecto de lo que también ocurre en el mundo totalitario, o de lo que pasa en cualquier régimen autoritario cuya institucionalidad ha sido devastada y el poder reside en un solo hombre y su grupo de acólitos.

Es por eso que la degradación moral de la que nos habla Primo Levi también fue común en los regímenes del socialismo real y en las dictaduras que durante muchos años gobernaron varios países de América Latina. Puesto que allí la posibilidad de vivir con cierta holgura no dependía del esfuerzo propio sino de los vínculos que se tuvieran con el poder, solamente aquellos que aceptaron colaborar y someterse fueron los que obtuvieron privilegios. Mucho de eso sucedió también durante los diez años de la Revolución Ciudadana; no solo los colaboradores más cercanos, también los intelectuales, los burócratas y los empresarios que se sometieron se degradaron moralmente a cambio de privilegios. El gobierno de los peores se fue conformando poco a poco; las personas medianamente decentes fueron relegadas paulatinamente y pronto el círculo del poder quedó conformado únicamente por los incondicionales. Los incapaces y los frustrados pronto coparon las distintas escalas del poder, pues “esto que ocurre en el microcosmos del Lager también se reproduce en el macrocosmos de la sociedad totalitaria: en ambos, por encima de la capacidad y el mérito, el poder se otorga generosamente a quien esté dispuesto a rendir homenaje a la autoridad jerárquica y de ese modo consigue la promoción social que en cualquier otro caso no hubiese alcanzado nunca”.

El gobierno de la Revolución Ciudadana sacó provecho de todos estos mecanismos. A cambio de la sumisión y la obediencia cerril, abrió las puertas para que los deshonestos e incapaces copasen todos los espacios de poder y para que desde allí pudiesen cumplir sus aspiraciones de enriquecimiento y ascenso social.

Fue así como se forjaron redes de corrupción y complicidad. Casi nadie quedó al margen de esa estructura perversa y las instituciones de control y el aparato de justicia fueron tomados y puestos al servicio del latrocinio y la impunidad. Altos y medianos funcionarios del régimen, jueces y asambleístas, conformaron una inmensa trama de corrupción amalgamada por el delito, la complicidad y el silencio: “No basta con relegarlos a tareas marginales; la mejor manera de atraparlos es cargarlos de culpabilidad, ensangrentarlos, comprometerlos lo más posible; así habrán contraído con sus jefes el vínculo de la complicidad y no podrán volverse nunca atrás. Esta manera de actuar es conocida en las asociaciones criminales de todos los tiempos y lugares, (y es) siempre practicada por las mafias[…]”.

Mucho de lo que aquí se dice fue denunciado y conocido hace ya bastante tiempo y los procesos judiciales que hoy se siguen contra algunos destacados miembros de la banda, confirman la verdad de aquellas denuncias y la rectitud de quienes las hicieron. Quedan, sin embargo, varios miembros de ese aparato de despojo que aún no han sido procesados y a quienes no podemos olvidar. Los colaboracionistas, los cómplices, los que se humillaron y callaron ante el abuso y la corrupción, se mantienen en el poder y aparecen hoy como adalides de la moral y de la lucha anticorrupción. Como ocurrió en la Alemania de post guerra, argüirán que no sabían, que también fueron engañados, que lo hicieron porque creían en el proyecto y las personas. Quizá lo mismo haga esa enorme parte de la sociedad que guardó silencio, que trató de pasar inadvertida y que cerró los ojos, por pusilanimidad o miedo, ante el abuso y la corrupción. Quizá esa sea la excusa para eludir la vergüenza de una sociedad que soportó por diez años un gobierno como el de Rafael Correa.

Los miembros del régimen que subvirtió la moral de la sociedad, los que protegían a los ladrones y que con absoluta desfachatez decían que las coimas eran acuerdos entre privados o que los sobreprecios eran errores de buena fe, al parecer han llegado al final de su camino político. Pese a eso, no han tenido empacho en autoproclamarse “reserva moral de la patria”.

Todos sabemos que las cosas son totalmente diferentes. La reserva moral de las sociedades han sido siempre aquellas personas que resistieron a los poderes arbitrarios y corruptos, aquellas que nunca callaron ni se dejaron humillar por los sátrapas y los malvivientes, los que aún a costa de su bienestar han puesto por delante sus convicciones y su dignidad personal para intentar frenar el abuso y la prepotencia, los que no bajaron la cerviz ni colaboraron con un poder abyecto. Reserva moral fueron personas de la talla de Nelson Mandela, Václav Havel, Arnulfo Romero, Andréi Sájarov, Alexander Soljenitsin o Ernesto Sábato.

Reserva moral fue Juan Montalvo enfrentado a un sátrapa como Ignacio de Veintimilla; reserva moral son Julio Cesar Trujillo, Isabel Robalino, Simón Espinosa, a quienes una justicia controlada por ese gobierno sentenció a prisión y al pago de indemnizaciones por haber atentado a la honra de uno de sus ladrones y sirvientes. Reserva moral han sido los periodistas y dueños de medios de comunicación que no se amilanaron ante la arbitrariedad y el abuso; reserva moral son las personas sencillas y laboriosas, que se ganan el sustento con esfuerzo, dedicación y trabajo honrado.

Que quienes se envilecieron y degradaron el país, que los arbitrarios y corruptos hoy hablen de que ellos son la “reserva moral de la patria”, no solo constituye una enorme desvergüenza sino también una falsificación absoluta de la realidad. Por eso, cuando el ex presidente Correa pronunció esa desfachatada y alucinada frase, recordé que en los altos del portón que cruzó Primo Levi al abandonar el campo de concentración, colgaba un cartel con una frase de un cinismo desconcertante: “Arbeit Macht Frei”: “El trabajo nos hace libres”.