Ecuador. martes 12 de diciembre de 2017
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La angustia de buscar familiares entre cuerpos calcinados

CIUDAD DE MÉXICO (MÉXICO), 21/12/2016.- Fotografía cedida hoy, miércoles 21 de diciembre de 2016, de Dafne García, la primera niña mexicana en vivir con un corazón mecánico, y que fue atendida en el Hospital Infantil de México Federico Gómez, en la capital mexicana. Se trata de un par de ventrículos artificiales instalados a una consola que sustituyeron al corazón enfermo y le permitieron a Dafne recuperar la salud de sus órganos mientras esperaba el donador, un niño de cinco años fallecido de un tumor cerebral. EFE/HOSPITAL INFANTIL DE MÉXICO/SOLO USO EDITORIAL

En el centro forense y en el mercado de pirotecnia del municipio mexicano de Tultepec, que se asemeja a un escenario de guerra tras las explosiones del martes, familiares de desaparecidos buscaban hoy desesperados algún indicio que les ayudara a encontrar a sus allegados.


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Una tarea a contra reloj y en el desconsuelo, marcada por el horror que supone rastrear en listas y en morgues, repletas de fallecidos, ajenos o conocidos.

“Están irreconocibles los cadáveres”, dice Helen, antes de quedarse sin palabras, como si todas las imágenes y olores que lleva sintiendo desde la mañana le asaltaran los pensamientos de golpe.

La joven forma parte de una familia dedicada por entero a la pirotecnia y busca a su padre, de 58 años, quien desapareció la tarde del martes cuando estalló el mercado de San Pablito de Tultepec, en el central Estado de México.

El resto de sus allegados logró salir con vida de la que, con al menos 32 muertos y una docena de desaparecidos, ya se considera una de las mayores tragedias por explosión en México.

En el Servicio Médico Forense (Semefo) de Tlalnepantla, Helen y tantos otros familiares pasan por la tortura de tener que revisar varios cuerpos, completamente calcinados, para poder identificar a sus seres queridos.

Otros familiares siguen todavía en el mercado preguntando por los suyos a las autoridades, que tienen cercado el lugar mientras elaboran los peritajes que ayudarán a entender qué sucedió, y a los voluntarios, vecinos y curiosos que hoy se congregaban alrededor de este gran espacio.

Entre lágrimas, Concepción Hernández busca a su madre y a su hermano, de 65 y 29 años, respectivamente, quienes ayer se encontraban comprando en este mercado, calificado hace apenas nueve días como el más seguro de América Latina por el Instituto Mexiquense de la Pirotecnia (Imepi).

“Mi mamá tenía mucho miedo, siempre me decía que era horrible que fuera a morir quemada, siempre platicábamos”, relata descarnada.

A un lado de este enorme recinto al descubierto, Sandy Martínez se apega a una de las vallas. Ha perdido a su tía, y busca a sus dos primos, de 15 y 9 años.

“Estamos impotentes de no saber nada. Mi tía ya sabemos donde está, cómo terminó, pero los niño no. No sabemos nada, nada”, lamenta con una frialdad, como en shock, que contrasta con su semblante desencajado.

El secretario de Gobierno del Estado de México, José Manzur, dijo hoy que no prevé que haya más cuerpos en los escombros del mercado, conformado por pequeños locales a ras de suelo y de una sola planta.

No obstante, en la noche todavía se llegaron a percibir gritos en la zona, asegura Beatriz Hernández, una voluntaria que, sin apenas dormir, este miércoles se dedica a hacer acopio de víveres y agua en lo que queda del mercado y, junto a un grupo de vecinos, informar a los allegados sobre la lista de desaparecidos.

“En la noche se escuchaban ruidos, escuchamos a un niño de 2 años que gritaba, pero no se podía entrar en la zona, y cuando se entró, ya no se escuchaba nada”, apunta.

Ante una gran presencia de medios, a la búsqueda de una imagen que representara la desolación causada por la catástrofe o una declaración que resumiera el dolor de la tragedia, trabajadores de los establecimientos aledaños recordaban las deflagraciones.

“Fue algo inesperado, e inmediato explotó como un cuarto de mercado. Y se hizo un hongo e inmediatamente se prendió todo, todo”, recuerda José Morales, propietario de una chiquita tapicería ubicada frente a San Pablito.

Con 71 años, a Morales se le quemó gran parte de los muebles que colocaba cada día frente a su establecimiento.

“Si no me movía de aquí, me mataban los pedrones que caían” y la “lluvia de lumbre”, remacha este hombre, que define el mercado como “una bomba de pólvora” y la catástrofe del martes como “una guerra”.

Federico, un vigilante de un almacén de herrajes para la construcción, rememora cómo en apenas cinco minutos la cadena de explosiones arrasó con todo.

“Los proyectiles que saltaban eran como armas letales”, dice apuntando hacia el local que vigila, con una parte del techo metálico abierto por la lluvia de proyectiles.

Sin dormir, describe un escenario dantesco, con decenas de personas, unos 60 según las autoridades, que sobrevivieron con “piernas y brazos fracturados, algunos moribundos, y una señora de edad muy mal herida”.

Transcurridas 24 horas de las explosiones registradas en este mercado de Tultepec, permanecen inciertas las cifras finales de víctimas y las causas de una de las explosiones más trágicas de la historia reciente de México.

Mientras, arraiga el dolor y la angustia en decenas de familiares y centenares de damnificados. EFE (I)