Quito, Ecuador
Uno de los desafíos del cine es abarcar mucho tiempo de la vida de los personajes, para recogerlo en poco tiempo de película. Es en ese ejercicio en donde, generalmente, se pasa del realismo a la artificialidad. Rodrigo Sorogoyen, junto a Paula Fabra y Sara Cano, sortean ese desafío separando en diez capítulos, diez momentos que suceden a lo largo diez años distintos. “Los años nuevos” (2025) es una historia eminentemente millenial: Oscar y Ana nacieron el último día de 1985 y el primero de 1986, respectivamente. Los conocemos durante la nochevieja en la que ambos cumplen treinta años. Y los seguimos hasta los cuarenta, es decir, hasta el fin de año que viene. Tenemos la tentación de decir que nos situamos en la crisis de los treintas, pero, en realidad, a estas alturas podríamos decir que se trata de la extensión de una crisis generacional que comienza en la niñez, continúa en la adolescencia, y no parece terminar con la adultez. En esos diez años pasa lo que conocemos: empieza con sexo, para ir mutando recién en amistad, vida de pareja y rupturas aparentemente pacíficas; amigos que caen en la droga, padres que mueren o se separan, viajes que intentan revivir una relación rutinaria y rupturas menos pacíficas; largos silencios, un hijo, temporadas en el extranjero y reconciliaciones que generan otras rupturas. “Los años nuevos” aspira, sin grandilocuencia, a ser la radiografía de una generación con importantes dificultades para navegar el mundo de las relaciones estables. En el guion se discuten principalmente nuestras trabas para confiar, debidas a decepciones sufridas por divorcios mal gestionados de las generaciones anteriores. Es una hipótesis interesante. Pero lo hace desde un discurso igualmente endeble, dando testimonio, otra vez, de que somos una generación casi sin recuerdos o palabras que nos permitan imaginar otros caminos. Quizás la solución no sea “superar la desconfianza” para lanzarse siempre a nuevas aventuras, sino volverse confiable para construir una distinta. Una que haga menos daño y que no nos deje siempre, nuevamente, solos.

