Democracia iliberal: Orbán y sus lecciones para América Latina

El primer ministro de HungrÌa, Viktor Orb·n, en un acto organizado en BerlÌn por la revista polÌtica alemana "Cicero". Foto: Britta Pedersen/dpa

René Betancourt

Quito, Ecuador

¿Quién es Viktor Orbán y por qué debería importarle a América Latina? A primera vista, importa poco; un primer ministro húngaro, de un país pequeño de Europa Central, lejos de nuestras crisis, nuestros caudillos y nuestros demonios. Pero esa distancia engaña.

Orbán fue el gobernante de Hungría durante dieciséis años y se constituyó en el manual vivo de una forma de poder que América Latina conoce demasiado bien: ganar con votos, gobernar contra los límites y llamar “pueblo” a todo lo que obedece.

Su modelo se autoproclamó “democracia iliberal”, expresión que parece contradictoria y que consiste en conservar elecciones, partidos y Parlamento, mientras se debilita aquello que impide que un líder gobierne sin límites: jueces independientes, prensa libre, órganos de control, sociedad civil, minorías protegidas y normas electorales equilibradas.

En una democracia liberal, ganar elecciones no autoriza a capturar el Estado. En una democracia iliberal, el triunfo electoral se convierte en permiso para ocuparlo.

Orbán no fue un dictador clásico. No clausuró la democracia; la administró a su favor. No eliminó las elecciones; alteró sus condiciones. No abolió la prensa; colonizó buena parte de su ecosistema. No prohibió toda oposición; la obligó a correr cuesta arriba.

Esa es la lección para América Latina: el autoritarismo contemporáneo rara vez llega vestido de golpe militar. Llega con votos, lenguaje patriótico, enemigos convenientes y promesa de orden. Después desmonta, pieza por pieza, todo aquello que puede recordarle que ganar una elección no equivale a ser dueño del Estado.

Durante años, Hungría fue presentada como el laboratorio exitoso de una nueva derecha: nacionalista, cristiana, antiinmigración, obsesionada con la familia tradicional y convencida de que la democracia podía conservar las urnas mientras vaciaba sus contrapesos. Orbán no escondía demasiado el método. Reescribió reglas, debilitó controles, colocó leales en instituciones públicas, presionó a universidades y organizaciones civiles, y convirtió cada elección en una guerra moral contra enemigos sucesivos: migrantes, liberales, George Soros, ONG, personas LGBTIQ+, Bruselas, Ucrania.

Siempre había una amenaza nueva.

El problema de gobernar así es que llega un día en que la gente deja de mirar al enemigo señalado por el poder y vuelve la vista al hospital, al salario, a la escuela, al precio de la canasta básica. Ese fue el límite de Orbán: la economía se estancó, la inflación golpeó, los servicios públicos se deterioraron y la corrupción se volvió paisaje.

Mientras el ciudadano común vivía peor, el círculo cercano al poder parecía vivir mejor, entre contratos para aliados, empresarios favorecidos, familiares y amigos enriquecidos, y medios alineados. Ese contraste hizo más daño que cualquier consigna opositora. Muchos votantes no se volvieron liberales; simplemente dejaron de creer que el gobierno mejoraba sus vidas. Después de dieciséis años, ya no podía culpar eternamente a otros por lo que no funcionaba.

De esa grieta salió Péter Magyar, un exmiembro de Fidesz, el partido de Orbán, que conocía el sistema por dentro y no podía ser reducido al molde del opositor liberal ajeno al país. Su acierto fue hablarle también a la Hungría conservadora, rural y cansada, sin exigirle una conversión ideológica. Sacó la campaña de Ucrania, Bruselas y las amenazas civilizatorias, y la llevó a lo que la gente podía comprobar: corrupción, costo de vida, hospitales, escuelas, salarios y abuso de poder.

Además, caminó el país y entró en pueblos donde Fidesz había construido obediencia. Mientras Orbán hablaba desde la maquinaria, Magyar hablaba desde el territorio. El voto joven fue, en buena medida, un rechazo al horizonte cerrado que Fidesz ofrecía como destino.

Tampoco conviene leer el resultado como una victoria pura del progresismo liberal. Magyar es conservador, viene de Fidesz y ha sido prudente, incluso ambiguo, en asuntos culturales. Muchos progresistas húngaros votaron por él no porque encarnara todas sus aspiraciones, sino porque era la vía real para sacar a Orbán del poder.

No dejaron que lo perfecto destruyera lo posible. Allí hay una lección para las oposiciones democráticas: a un régimen iliberal no siempre se lo derrota con una candidatura que satisfaga todas las purezas ideológicas, sino con una coalición amplia, imperfecta y capaz de hablar con quienes alguna vez creyeron en el régimen.

La derrota también tuvo impacto geopolítico. Hungría no es una potencia, pero dentro de la Unión Europea podía bloquear decisiones sobre Rusia y Ucrania; con Orbán, Moscú tenía una pieza útil en Bruselas. Trump también apostó por él y perdió. La ironía es perfecta: el enemigo declarado del globalismo terminó buscando auxilio en una red internacional de aliados.

Pero Orbán perdió la elección, no el sistema que construyó. El orbánismo no desaparecerá por decreto, y la alegría de una noche puede convertirse pronto en impaciencia. Aun así, su caída deja una lección incómoda: un régimen iliberal no es invulnerable si todavía hay competencia electoral, liderazgo opositor y malestar organizado.

La democracia puede sobrevivir en terrenos inclinados, pero necesita calle, lenguaje común y ciudadanos dispuestos a votar incluso cuando les han repetido durante años que nada puede cambiar.

Ahí empieza la utilidad latinoamericana del caso. No se trata de buscar copias exactas de Orbán en nuestros países. Sería un error cómodo. La pregunta útil es otra: ¿qué gobiernos han aprendido a ganar elecciones para debilitar los límites del poder? ¿Cuáles usan la patria como contraseña de obediencia? ¿Cuáles prometen orden mientras desmontan los controles que permiten fiscalizarlos?

La fórmula cambia de acento, bandera y vocabulario, pero conserva una lógica reconocible: liderazgo personalista, polarización permanente, captura gradual de árbitros institucionales, propaganda moralizante, clientelismo político, desprecio por los contrapesos y fabricación de enemigos para ocultar problemas de gestión. En América Latina, esos ingredientes no son exóticos.

Tienen historia: caudillos, cadenas nacionales, estados de excepción, consultas populares, jueces presionados, prensa acosada y multitudes convocadas para confundir respaldo con licencia ilimitada.

La lección de Orbán no es que todo proyecto iliberal esté condenado. Estos gobiernos pueden durar mucho, hacer daño y conservar apariencia electoral. Se vuelven vulnerables cuando el relato deja de explicar la vida: el hospital no funciona, el salario no alcanza, la corrupción es innegable, los amigos del poder prosperan y el enemigo de turno ya no distrae. Entonces la propaganda puede seguir gritando, pero la realidad empieza a votar en silencio.

Orbán vendió orden, patria, familia y protección. Al final, demasiados húngaros vieron corrupción, aislamiento, deterioro e hipocresía moral. Ese es el dato más incómodo para sus aprendices, incluidos los latinoamericanos: incluso un poder construido para durar puede quedarse sin país.

Más relacionadas