Buijo Histórico: Entre el encanto que se vende y el miedo que se vive

Local de comida en el malecón de El Buijo Histórico. Foto del 21 de mayo de 2022.

Michael Antepara

El Buijo, Ecuador

Hay lugares que no solo se habitan: se sienten. El Buijo Histórico, para muchos de quienes hemos crecido aquí, ha sido durante años un espacio de trabajo honrado, de vecinos que se conocen, de familias que todavía conservan la costumbre de saludarse, acompañarse y cuidarse. Por eso duele tanto ver cómo, en medio del desarrollo urbanístico que hoy rodea al sector, también ha ido creciendo una sensación de inseguridad que antes parecía lejana y ajena.

Nadie puede negar que el crecimiento de esta zona de Samborondón ha traído oportunidades. A nuestro alrededor han surgido ciudadelas, comercios, plazas y nuevas vías que, en teoría, debían integrarnos mejor al progreso. Y en parte ha sido así.

Sin embargo, junto con ese avance también han aparecido nuevas preocupaciones: el incremento del consumo y expendio de drogas, la presencia de personas desconocidas que entran y salen del sector sin control, y hechos delictivos que han ido quebrando la tranquilidad de un pueblo que antes era reconocido por su ambiente familiar.

Una de las mayores inquietudes entre los habitantes tiene que ver con el acceso al recinto. Durante mucho tiempo, el pueblo tuvo una dinámica más controlada porque contaba prácticamente con una sola vía de ingreso y salida, una especie de seguridad natural dada por la propia geografía del entorno. Hoy, en cambio, se ha abierto una nueva ruta para servir a la ciudadela construida dentro del Buijo, lo que facilita la circulación vehicular, pero también ha dejado al pueblo más expuesto, con menos capacidad de control sobre quién entra y quién sale.

No se trata de oponerse al desarrollo, sino de advertir que toda obra que modifica la vida de una comunidad debe ir acompañada de medidas reales de seguridad. De lo contrario, lo que para unos es comodidad termina convirtiéndose para nosotros en una puerta abierta a la inseguridad.

Porque al final no se trata de llenarnos de garitas, sino de pensar en todos los habitantes y respetar lo que ya funcionaba para el pueblo: esa única vía de acceso que, sin grandes obras ni anuncios, nos daba una seguridad que hoy sentimos perdida.

Lo preocupante no es solo lo que ya ha ocurrido, sino la forma en que el miedo se ha vuelto parte de la vida diaria. Hay familias que viven en constante zozobra al ver entrar carros y motos a cualquier hora sin saber quiénes son ni qué buscan. Hay pequeños negocios que abren cada día con esfuerzo y también con temor. Hay padres que ya no sienten la misma calma al ver a sus hijos caminar por las calles del barrio.

Y eso, para una comunidad que antes respiraba hogar, seguridad y cercanía, no es un cambio menor: es una herida emocional y social.

Quizá una de las señales más dolorosas de este deterioro sea lo que está ocurriendo con nuestros jóvenes. Mientras muchos estudian, trabajan y se esfuerzan por salir adelante, también hay otros que están quedando expuestos a entornos dañinos, a malas influencias y a redes que buscan normalizar el consumo o convertirlos en parte de cadenas de distribución.

Allí está una de las tareas más urgentes: trabajar para que los jóvenes no consuman, concientizarlos, advertirles a tiempo y cerrarles el paso a quienes pretenden destruir su futuro. Esa también es una forma de luchar contra el narcotráfico.

En mayo de 2022, un hombre armado entró al malecón del Buijo como si nada, cruzó el patio de comidas y disparó directamente contra su víctima. No era de aquí, tampoco lo era el joven que murió, pero el miedo sí se quedó a vivir con nosotros. Desde esa noche, cada padre ajustó horarios, cada niño perdió libertades y el malecón dejó de ser solo un lugar para jugar: se volvió el recuerdo de lo fácil que es entrar, matar y salir sin encontrar resistencia.

A partir de ese día, los intentos por seguir vendiendo al Buijo como destino turístico empezaron a fracasar: mucha gente dejó de venir, comenzó a vernos como un lugar peligroso y el patio de comidas, que antes tenía vida propia, se fue quedando vacío. Los locales que funcionaban allí terminaron cerrando, y aunque hoy se intenta reactivar el comercio con nuevos emprendedores, la afluencia no se ha recuperado y es cuestión de tiempo para que también ellos bajen las puertas por falta de clientes.

También han quedado en la memoria otros episodios violentos que golpearon a familias trabajadoras y a locales levantados con sacrificio. Cada hecho de este tipo no solo afecta a una víctima directa: debilita la confianza comunitaria, impone silencio, alimenta la incertidumbre y normaliza lo que nunca debería parecer normal. Un pueblo no puede acostumbrarse al miedo.

Por eso, al hablar del Buijo Histórico, no se está pidiendo confrontación ni escándalo. Se está pidiendo atención, prudencia y acción.

Se está diciendo, con sensatez, pero con firmeza, que el desarrollo no puede medirse únicamente por el número de urbanizaciones, comercios o vías construidas, sino también por la capacidad de proteger a las comunidades que han estado aquí desde antes y que merecen vivir con dignidad y tranquilidad.

El Buijo Histórico no quiere renunciar al progreso. Quiere avanzar sin perder su esencia. Quiere seguir siendo un lugar de gente humilde, trabajadora y honesta, donde todavía sea posible reconocer en las calles el sentido de familia, de comunidad y de esperanza. Pero para eso hace falta que la seguridad deje de ser un discurso y se convierta en una prioridad verdadera.

Todavía estamos a tiempo de corregir el rumbo. Todavía estamos a tiempo de proteger a nuestros jóvenes, respaldar a nuestros emprendedores y devolverles serenidad a las familias. Todavía estamos a tiempo de evitar que el miedo termine arrebatándole al pueblo lo que durante años lo hizo valioso: su humanidad, su identidad y su paz.

Pero eso no va a ocurrir con discursos vacíos ni con promesas de un «Buijo pintoresco» que solo existen en folletos y medios de comunicación. Porque mientras se nos pinta de colores para el turismo, se nos descuida en lo esencial.

Mientras el desarrollo urbanístico avanza a nuestro alrededor, nosotros quedamos como la mancha incómoda en un lienzo diseñado para otros. Un pueblo merece más que eso. Merece ser cuidado con la misma seriedad con la que se cuida cualquier otra zona del cantón, se cuida con acciones reales, con presencia y con compromiso hacia su gente.

Últimamente también he escuchado a gente de fuera decir que ‘el pueblo se va a beneficiar con el aumento de la plusvalía’. Quizá, en un papel, suene bonito. Para nosotros, que hemos crecido aquí, no lo es. Nadie quiere vender su casa ni su pedazo de tierra a cambio de irse a un lugar que no conoce, que puede ser más inseguro y donde no tiene raíces. Nosotros estuvimos primero que las urbanizaciones, las plazas y las cadenas comerciales.

Por eso duele que el desarrollo se presente como una especie de filtro que decide quién merece quedarse y quién, tarde o temprano, tendrá que irse porque ya no puede pagar el costo de vivir en su propio pueblo.

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