El periodista debe ser una élite intelectual

Ernest Hemingway. Foto de Archivo, La República.

Diego Montalvo

Quito, Ecuador

Revisemos por un segundo el siglo XX. Yo recuerdo en una clase de redacción en la UDLA en la que nos preguntaron a qué tipo de periodistas admiramos y cuál nos gustaría emular. Por entonces estaba clavadísimo en la realidad de los años anteriores al 2000 y en eso descubrí mi verdadera vocación como periodista: usar siempre la palabra escrita pero no sólo para escribir noticias o redacciones de opinión sino también crear literatura.

Mientras en clase, la mayoría de mis compañeros de salón intentaban emular a los presentadores de televisión, yo recordaba, por el contrario, a figuras como George Orwell, John Steinbeck, John Dos Passos, Mario Vargas Llosa y Ernest Hemingway. Entendí que pese a que la realidad es el combustible del periodismo ésta también puede usarla como una herramienta para crear ficciones muy relevantes y de un carácter mucho mayor que el mero hecho de redactar primicias de coyuntura.

Por ejemplo, hay temas que el periodismo devela siempre como ideas cotidianas siendo la pobreza y la violencia lo más a la mano para una portada. Pero creo que ningún reportaje televisivo actual, al menos, puede llegar al nivel de entender la pobreza como lo hizo Orwell. Era corresponsal de la BBC —un medio altamente prestigioso en esos años— y el periodista era casi un peón alejado de los ejecutivos. Ropas harapientas, melena desarreglada y bigote hecho un desastre. No tenía ni para una caja de cigarrillos y sus manos siempre en los bolsillos para enfrentar el frío de Europa. Nunca ganó un premio literario o periodístico, pero 1984 y Rebelión en la granja son clásicos que se leen hasta hoy en día. Sus columnas y pensamientos eran más sagaces y duros que cualquiera de sus novelas y mientras escribía sus ensayos donde plasmaba su pensamiento más puro recopiladas en obras como Opresión y resistencia y Tiempos críticos, Orwell empezaba a vivir la precariedad más absoluta mientras trabajaba en su reportaje autobiográfico Sin blanca en París y Londres. Una frase lapidaria es la siguiente: «Hay otra sensación que constituye un gran consuelo en la pobreza. Creo que cualquiera que haya pasado apuros económicos la habrá experimentado. Es una sensación de alivio, casi placentera, al saber que por fin estás sin blanca. Has hablado tantas veces de la posibilidad de acabar en el arroyo… y resulta que ya estás en el él y puedes soportarlo. Eso te quita muchas preocupaciones».

La pobreza parece todavía ajena en una crónica televisiva quizá por el micrófono de última tecnología o el presentador bien vestido, pero Orwell escribía desde su pobreza, de su vivencia y desafíos. Esto no implica romantizar la pobreza, al contrario, busca demostrar que cuando el periodista no sólo arma coyuntura sino que se dedica a pensar y crear se vuelve un ser capaz de entender su realidad, la de los demás, sobreponerse y ser un faro de pensamiento. Cuando se publicó Homenaje a Cataluña que es parte de en un libro recopilatorio de su trabajo de reportería titulado Orwell en España él vio de primera mano al franquismo. Últimamente está de moda llamar “fascismo” a todo, excepto a lo que realmente fue. Sin intención de retroceder o de amilanarse, Orwell retrató esa España profunda y despiadada de una guerra civil sin una razón aparente donde los muertos al final no consiguieron nada. Franco se mantuvo en el poder y su figura se estableció vigente hasta 1975 cuando falleció.

Sin embargo, las ideas y las posturas del narrador británico quedaron y superó incluso al “generalísimo”. ¿Qué tal si se quedaba meramente en entrevistas banales al gabinete del dictador o escribiendo noticias diariamente sin pensar en lo que realmente pasaba? Quizá 1984 no se hubiera gestado nunca y Homenaje a Cataluña no se hubiera convertido en uno de los mejores libros de reportaría bélica de estos noventa años. En América la cosa tampoco pintaba bien en los años 30 y John Steinbeck retrató la Gran Depresión mejor que cualquier reportaje periodístico del New York Times o del Washington Post. No sólo porque ganó el Nobel de Literatura en 1962, sino porque con Las uvas de la ira entró en la más compleja realidad social recogiendo testimonios de personas reales que morían en los largos trayectos del Deep South americano y caían hasta muertos en los caminos atestados de polvo para ir de granja en granja o de algodonera en algodonera para conseguir un trabajo de lo que sea. En esto, no sólo hablo de la magnífica película que protagonizó Henry Fonda sino en que la obra cumbre de la novelística americana transgredió todo interés de un medio tradicional y ni éstos lograron estar al nivel de Steinbeck pues el autor ganó el Pulitzer con esa novela en 1940.

Nuevamente se entiende al escritor/periodista como una piedra importante para la intelectualidad y la cultura superando la tradición común de un reportero coyuntural. Así hay múltiples casos, en América Latina no sólo está Vargas Llosa sino Augusto Roa Bastos con Yo el supremo, Gabriel García Márquez con Relatos de un náufrago y Miguel Ángel Asturias con El señor presidente. Incluso, los conocimientos en política volvieron al periodista aún más élite y lo convirtieron en un diplomático y ejerció cargos de poder, pero muy apegado a su eje cultural. En Ecuador hay figuras como Juan Montalvo en el siglo XIX y Alfredo Pareja Diez-Canseco o Francisco Febres Cordero en el siglo XX. Si bien, Ecuador se quedó detrás del boom —quizá justamente por esa carencia de una élite cultural— es quizá el momento de recobrar esos años perdidos.

El periodista quizá debería dejar muchos clichés atrás, más en estos años donde el mundo está hambriento de intelectualidad por la falta de ésta. No siempre la política y el periodismo se enfrentan, es más, si el periodista es una élite intelectual puede conquistar estos espacios con sabiduría y si se aumenta un poco de ficción o de novelística, mucho mejor. Ya no hay en el país periodistas que escriban novela o que usen la realidad como herramienta primordial para criticar a la sociedad o al poder, pero de manera inteligente, sino que se queda en la coyuntura, en el amarillismo y en la agenda mediática en columnas impresas que para el día siguiente ya se pudren.

Si se miran estas figuras antes mencionadas quizá podamos entender que el rol de un buen trabajo es la trascendencia. En toda época por desgracia hay censura pero hoy esa censura ya no es tanto política o militar sino social. Se habla que la polarización afecta al trabajo periodístico, pero el cultural no. Quizá, si la realidad es asfixiante sea hora de salir y ejecutarse y ganarse más espacios además de los medios de comunicación. El periodista puede crear literatura o desarrollar ensayos hasta filosóficos e históricos ya que es la base para muchas cosas y eso en Ecuador casi no existe ya. Las corrientes culturales cambian, aunque actualmente pareciese que no existen gracias al TikTok o las redes sociales. El asunto es tomar la realidad y manejarla con más inteligencia y erudición. Quizá con las facilidades acompañar un título de periodista con uno de Escritura Creativa, de Historia, de Filosofía, de Filología o de Antropología sería ya romper lo mundano y poder pensar en ¿qué estoy aportando ahora? Truman Capote narró un crimen brutal en A sangre fría y superó cualquier crónica roja de periódico, justamente por su manejo del tema y su genio.

Es entonces quizá el momento de dejar de llorar y sentarse a crear a ganar otros terrenos. Necesitamos intelectuales y el periodista tiene el deber de convertirse en uno lo más rápido posible.

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